Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Tocar otro cuerpo con los ojos

“Lo terrible es que mi cabeza no es cuadrada”

A veces pienso que solo yo siento repulsión, odio o desafecto hacia mi cuerpo, o simplemente que estoy sola ante tal belleza, ante las tantas veces que vacilo mis partes sin que me dé pena. Yo quisiera que algunas cosas sean como yo quiero, dedicarme a mí misma algunos escritos sin que piensen mal de mí, desatar la furia de otros al caminar, querer sentirme amada por la gente, no sé, hacer cuanto yo quisiera, pero lo terrible es que mi cabeza no es cuadrada; así como los poemas que encuentro en Otras Lecturas del Cuerpo de Maylan Álvarez (Unión de Reyes, 1978).

De tarde me acuesto a leer un libro que sin dudas logró acaparar mi atención, despedazarlo, ingeniármelas para no dormir en una tarde fresca, saborearlo una y otra vez, quedar enamorada de tales poemas. Quise condenarla por el culto al pesimismo, pero me hallé sintiendo lo mismo que la poeta, sentí que no era uno más, logré entender esas repulsiones que desde adolescente me exigía, quería enseñorearme de todo a mi alrededor, solo con mi cuerpo.

Porque sé que no soy una mujer hermosa y los estereotipos de bellezas son más fuertes; pero yo siempre he logrado ver tanta belleza en mí y también tanto desagrado. Y solo en estos poemas nace la sensación de encontrarme a mí misma, y ser feliz por momentos. Un canto, el corum de mujeres que tal vez envejecen, pero yo que aun soy joven sé que llegaré a más de 40 y escribiré lo mismo:

Es posible que la luz en esta habitación no sea idónea, /Pero aquí he descubierto una arruga, /Un pliegue sinuoso junto al ojo izquierdo. /Ante los indiscretos confesaré que paso mis dedos/una y otra vez por la zona/y me obliga a acariciar la ceja en un estallido de complicidad. /Somos mi desnuda cara y yo.

Pareciera también que Álvarez muestra una visión totalitaria e individual, que presta atención a esos orgullos que se posan en la cabeza de cualquier ser humano, a esa visión antropológica de las cosas, a una indiscutible enseñanza de lo normal, una vivencia crecida de vivir y sentir, y volver a vivir, y saber que un día se muere. La autora logra agradecer un ciclo de vida, también y las maldades de la naturaleza al recordar que el tiempo pasa.

Con los ojos puedo tocarlo todo. /O casi todo.

Nos deja desarmados ante lo universal, porque toda vida tiene forma de cuerpo y el cuerpo no es necesariamente forma de vida. Con esas simples cosas que guardan los ojos se acumula tanta sabiduría, repitiendo una vez más: ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! Porque se puede tocar otro cuerpo con los ojos, o con esa lectura del cuerpo que es inminente. Sentí también que me tocaban, los senos, la boca, la espalda, los propios ojos y hasta los pies, que también son feísimos.

Me hablan de una soledad que no tiene regreso, me deja un sabor a cenizas excitante, un grito tras la puerta, un vicio incansable; porque dicen las que todo lo saben que bebo poco agua, que estoy fumando demasiado, que sonrío demasiado, que demasiado me han visto reclamar con mi boca.

Este poemario se presenta en tres partes, como un cuaderno fisionómico, queriendo explicar otras perspectivas desde un aspecto proverbial, sabiendo que no sé es cuerpo sin no se es fragmentado en partes; porque se piensa desde cualquier órgano: común, ordinario, vulgar, científico o poético. Caminar sobre estos poemas también es algo frenético, erótico y absurdo, se convierte también en nuestro asunto personal, entre la autor, un lector cualquiera, algunas partes del cuerpo, y yo que leo como loca. Este poemario también me desarma, porque no solo a mí le gusta un café exprés a solas.

II.

Si empiezo a unir todos estos versos, siento que alguien me manipula desde arriba, que me tienden una trampa para creer que este libro es mío y que está escrito por mí. Casi me convencen de no escribir sobre otro, porque me da hasta morbo saber que estoy delirando, ni me importa que a veces amanezca, porque solo quiero que mi cuarto se extienda. Alguien me toca la espalda, y ahora no sé si soy yo o la estúpida idea de que este libro y estas ideas me pertenecen. A mi juicio, Maylan Álvarez quiere eso, logra empujarnos hacia un delirio ignoto, hacia ese precipicio que es el cuerpo. Somos como esos ojos descritos en este caudal de poemas, no sé bajo qué circunstancias se escribieron o cuáles fueron los móviles para hacernos leer tan excelentes versos, coherentes, desprejuiciados y hasta ofensivos.

…porque nadie puede cagar por ti/ de la misma manera que nadie puede leer por ti. /Conjugar dos momentos trascendentales te reafirma cuán humano o no te comportas en circunstancias extremas.

Yo igual que ella pude escoger otro argumento para este poema, o para esta incitación, porque recorrer sus palabras también es recorrer las mías; porque sus ideas son muy cubanas. Otras lecturas del cuerpo pudiera catalogarse como un diario de adolescente, como las anotaciones de una joven o las reflexiones de una mujer adulta, ya casi a punto de envejecer. Soy también esa mujer que hace reflexiones de lo insignificante, de lo cotidiano, de lo imperceptible para otros comunes, ordinarios.

No busco en ella salidas, sino respuestas que me hagan feliz, que quede bajo ciertas peñas y rasgue mi espíritu, quebrantar estas palabras o aquellas palabras que doblegan el alma. Porque el poeta ya no es poeta, sino el cronista de una generación, el sostén propio de una época. Sus poemas también son parte de la identidad cultural, de los caminos que cuentan, de las experiencias suyas y mías, de todos.

Es práctica en su verso, sigilosa, paciente, atrevida, fuerte, con carácter poético, si pudiera nombrarse de esa manera tener el temple necesario para conmover a un lector. Es capaz de sobreponerse a una multitud y ofrecernos signos de individualidad, queriendo entonces alzar su voz por encima de otras voces, atinando al amparo de los dioses, sujetando nuestras manos a las suyas, nuestras cabezas a su cabeza.

Otras lecturas del cuerpo, es también síntesis de placer, de prematuras concepciones, de magia entre las letras. No se sabe leer sin releer, sin que los ojos no sean más que el arado; produce un sobresalto solemne, retórico en sí mismo.

Estaremos encantados de escuchar lo que piensas

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