Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Libreros cubanos (Jacobo León Ron)

De Jacobo no tengo ninguna foto.

Cuando lo conocí, en 1996, no existían las cámaras digitales (creo) y no era tan frecuente estarse sacando fotos todo el tiempo. Rara vez me “sacaba una foto con alguien” como dice mi amiga Montserrat Doucet.

Pasé esa vez (en octubre del año pasado), como de costumbre, a ver qué me aguardaba en la librería Centenario del Apóstol. Después de un rodeo largo y caluroso, secándome el sudor con mi toallita de mano y siguiendo los pasos que siempre doy, me topé con seis números de la revista Enigma.

¡Cosa más grande… encontrarse una es un milagro, pero seis de un solo golpe es un abuso…!

Norma Fuentes Lugo, la librera, se alegró cuando me las vio tomar. “Te llevas un tesoro”, me dijo.

Comenzamos a conversar y, sin aviso, salió a relucir Jacobo.

-Tú venías acá cuando estaba él…

-Sí, claro, lo recuerdo muy bien. Una vez me faltaban 80 kilos para un libro y me lo rebajó. Era Las cosas que yo amo, un libro de poemas de Eliseo Alberto…

-Él era así… muy buen promotor y entregado a su trabajo.

– ¿Está bien?

-No. El murió hace dos meses. Estaba muy enfermo.

Una avalancha de recuerdos comenzó a rodar por la librería.

Es extraño, muy extraño, cuando empezamos a hablar de épocas y personas que ya no están, que desaparecieron, pero que de una manera extraña permanecen intactas en nuestra memoria. “Hoy como ayer”, como dice el bolero del Benny.

Y el librero Jacobo permanece intacto en la mía. Con la misma presteza y delgadez de antes. Moviéndose simultáneamente en todas direcciones. Estando en todas partes. Recomendando y contando cuentos. Diligente e hiperactivo en su trabajo.

Un día las cosas no fueron fáciles y se marchó de la librería. Lloró al despedirse. En ella fue feliz y se realizó.

Creo que un día nos encontramos por la calle. Nos reconocimos de inmediato. Nos saludamos con el mismo afecto y naturalidad de siempre, como si fuera lo más natural que un librero cubano y un librero colombiano se cruzaran por una calle habanera y se dieran un abrazo después de decirse: “Niño… estás perdido…”.

Jacobo León Ron, pasa a habitar en el cielo de los libreros.

Allá todos, con nuestras luces y sombras, nos daremos algún día la mano.

Y seguiremos recordando cómo, los libreros, de una manera extraña hacemos parte del libro que conseguimos y entregamos.

Somos un recuerdo que ojalá sea una sonrisa.

Veo en el muro de Ada Nidia Hernández Peña que mañana, 24 de julio, van a recordarlo en el parque de 25 y O, cuando se cumple un año de su fallecimiento. Me uno a esa memoria con este texto que no es otra cosa que el intento de preservar a aquel que hizo de su vocación un servicio y que se nos adelantó para transformarse en una presencia libresca en todos los que alguna vez tuvimos el privilegio de conocerlo. Y comparto la foto que subió Ada. En ella estás y estoy. La nuestra, la que nunca nos tomamos, habitará en mí hasta cuando sea el momento.

 

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