Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Las virtudes no tienen colores, ni los príncipes

Amanda nos atraviesa de una manera tan delicada que, en el momento cuando leemos su historia parece que relata parte de la nuestra. Amanda puede ser el pretexto para que a todos se nos vayan de las manos al hojear, un libro tan bien pensado como lo es No todos los príncipes son azules, del avileño Eduardo Pino González (Morón, 1970) de la editorial Ediciones Ávila en el 2013.

Pareciera esta historia de ficción no tan de ficción como pudieran decir muchos; lo cierto es que esta pequeña niña desentraña y pone al descubierto nuestros miedos. Es como si fuera el filtro por donde todos vemos otro mundo. Escribo en caliente. Escribo porque este libro me ha hecho reencarnarme en tantas historias que, sin lugar a dudas, describen a mi generación. Amanda puede ser también la manera de quitar nombres y poner otros nombres a aquellas cosas que la sociedad llaman perjuicios.

La osadía de Pino en contar historias como estas, recoloca los conflictos de las nuevas formas de familia, en un suceso ordinario, y no tan escandaloso para los mayores. Este libro me hizo recordar frases como las del Principito, hay cosas que los mayores no entienden. Y pudiera ser esta alegoría una virtud en el escrito o una imitación, pero creo que desde la axioma aporta muchísimo a las tragedias resueltas por Amanda, la niña que nos hace vibrar. A mi juicio, la manera en que se resuelve el tema de los colores en la historia, es como la secuencia de la Historia Humana.

Las líneas rectas no son las que esquematizan la forma la redacción de esta novela, creo que el autor se encarga de hacernos ver en círculos, rectángulos y otras tantas formas, una diversidad que está implícita en todo el argumento. No creo en dogmas; Amanda es capaz de enseñarnos que existen muchos puntos de vista.

Que somos parte de un universo lleno de contradicciones elaboradas por nosotros mismos; y es aquí donde Eduardo Pino nos apunta a una unidad y lucha de contrarios. Una niña es capaz de hacernos reflexionar sobre cómo llevar nuestras vidas, cómo apreciar la visión del otro. Y me detengo en este aspecto. El otro en esta historia es visto desde tres puntos de vistas a mi criterio.

El primero es desde la historia que cuenta Amanda, desde sus conflictos de niñez y cómo ésta nos presenta su contexto o historia de vida; son las experiencias de una niña tan inteligente como la de las niñas de la vida real. La segunda visión señala a todos aquellos mayores  que la rodean. Ellos son capaces de aturdir y complejizar la historia de una manera muy sutil, son ellos los que dinamizan el entramado en esta mini-novela, que  nos deja ver la esencia de los hombres. Es trabajada desde la visión de un Dios que entra y sale a su antojo, dejando que las mismas peripecias de la niña nos dejen a la expectativa.

El escritor tal vez pueda ser ese mayor o esa niña que es presentada, puede ser también las propias palabras que exponen una realidad apabullante y a la vez mística. La tercera visión a mi juicio, son los perjuicios hechos contextos, la realidad propia es un protagonista que nos deja con las manos vacías; desarmados.

Invito a leer esta novela que parece un tratado psicológico y sociocultural, nos introduce in sideout en la mente de Amanda mediante lo onírico. Es precisamente en el conteo de los príncipes azules, donde la irrealidad de vivencias tal vez desde lo místico, se hace vida y replantea un grupo de cuestiones referente a la relación realidad-sujeto.

Amanda no está sola. Se acompaña de amigos que pudieran ser otra mini-novela dentro de la dramaturgia presente. Pino es capaz de usar bien las palabras. Si hubiera abusado de las acciones pudiera no clasificarse como novela infantil, sino como la breve historia fatídica de un infante; pero no, las intervenciones salvan esta historia que es para todos y todas. Y señalo algo, que a mi juicio, estorbó en la narración; y sin ser contradictoria, creo que la historia abusa de la adjetivación. Destaco la idea de que esta historia es para todos y todas, porque no creo justo catalogarla como para niños, muchas veces mal valorada.

Existe una historia paratextual que no nos separa al leer, pues en ellas nos vemos descubiertos todos cuanto se acercan a la fatuidad descritas acerca del ser humano. Esta novela pudiera ubicarse en el tipo de novelas existenciales. Las virtudes no tienen colores, así como los príncipes. Es loable la capacidad del autor al adentrarnos a una cotidianidad emergente.

El tratamiento de la muerte fue muy bien trabajado, la niña en esta historia entiende que la gente se va, aun los seres queridos. La solución que nos propone es decir adiós, sin que nos mine los excentricismos humanos.

Amanda pudiera ser la tipificación de un futuro o el cúmulo de todo el conocimiento de un milenio. Es también la manera en que los niños simplifican los avatares de los adultos, que de tan complejos, logran hacer crecer a los niños. Amanda se niega a crecer.

Pareciera también esta novela un centro litúrgico, los símbolos utilizados son decodificados por el propio personaje. Al lector adulto no le es complicado leer, a un niño mucho menos. De la semiótica aprendimos que los signos y los símbolos no son puestos al azar, sino que de ellos también coexisten diálogos que juegan de conjunto a la historia central. El autor es perspicaz al emplear elementos de la realidad ordinaria, tales como la lluvia, las plantas, los animales, un bastón, los colores, una pared, una casa; en función de una magia que solo Amanda es capaz de entender.

Aprecio mucho el enlace hecho por el autor con la historia de Alicia en el país de las maravillas, en esta ocasión Amanda describiendo cómo es su país y el lector conectándolo con el suyo. Esta niña nos deja un grito en las venas y aclama con gran fuerza: ¡Hey, tengo un corazón!

La apelación a los sentimientos, es otra de las virtudes de la novela, en algún momento todos padecemos de lo mismo que Amanda, disfrutamos de sus alegrías, de sus medias-alegrías y de sus fastidios. Todos hemos tenido alguna tía Matilde, un abuelo Nicolás, un papá ausente, un novio de mentiritas como Rigo, a alguien tan especial como Freddy de pelos amarillos y aretes o a un tío Andrés.

Ellos compensan la vida de Amanda, sin tabúes ni pretextos. No todos los príncipes son azules, no es más que el diario de aquellos que ya perdimos la infancia, de los que ya somos minados como adultos, y estamos llenos de miedos por el qué dirán de los otros adultos que conviven junto a nosotros. El final es lo más fascinante, una solución en la trama tal vez esperada, lo cierto es que nos alivia y alivia a todas las Amandas que hemos conocido. Excelente final; se los recomiendo con el deseo de que puedan encontrar los colores de una nueva historia que empieza en la última página.

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