Las lecturas: esas extrañas y dobles militancias

Hace un tiempo que, desde el taller Aula de Poesía llamé la atención sobre tres escritores que debiéramos leer un poco más: François Mauriac, Thornton Wilder y Truman Capote. Resulta que en determinados momentos, la escritura se estanca y necesitamos de algunos detonadores. Vienen a funcionar como suplentes alimenticios, vitamínicos, que regeneran las neuronas.

Rilke lo decía a su modo: Me atasco. Me asomo a la ventana. Bebo. Nada. Abro mi libro de cabecera y salta la luz. Allá dentro, en esas páginas, está el agente catalizador que nos impulsa.

Con el tiempo vamos acumulando libros que nunca vamos a leer. Sería necesaria otra vida, otra reencarnación para volver a ellos. Otros que leemos a media y hay un algo que nos detiene en ese camino. Están aquellos que, a saltos, un capítulo sí otro no, algunos versos, un poema completo, pero se quedan ahí en ese marasmo.

Siempre hay un fetiche, un amuleto, el talismán que viene a salvarnos de ese horror que es la página en blanco. Escritura y lectura, como  hermanas gemelas que a veces se llevan mal, coinciden en un punto en que el vacío se regenera.

André Gide se consolaba con los clásicos rusos. Thomas Bernhard se refugiaba en una biblioteca sin estufa y se reconciliaba con Goethe y un Virgilio maltrecho y comido por las polillas.

Estas extrañas y dobles militancias habrá que buscarlas como lo hacen hoy día los especialistas del comportamiento humano en cuanto a sexualidad se refiere.

Casa escritor tiene una historia de vida como lector. Esos choques frontales con la literatura de verdad, con el texto que nos pone en duda ante el acto de escribir, ese libro que no debió escribirse sino por uno mismo. ¿Era Horacio el que decía leonis ungue calamus est plus noxius (la pluma es más dañina que la uña de león)? Esto es para no mencionar a san Pablo en relación al daño de la lectura.

Mucha literatura pesa sobre nuestras cabezas. La carrera de fondo que inicia todo escritor sucumbe por las trabas del tiempo y las barreras de sus contemporáneos.

El horros pascaliano llevado a la página en blanco busca otros derroteros, un gesto, un café, una rosa amarilla sobre el escritorio. Pero sigue siendo la misma literatura ese motor, ese engrane menor o mayor que da el impulso necesario.

Ahora que los libros inundan el país y el ciberespacio, pienso en los textos que nunca vamos a leer. Pienso en los autores que no van a conocer el orgasmo de provocar orgasmos en otros escritores – lectores. Así mismo me detengo en los restantes en busca de François Mauriac, Thornton Wilder y Truman Capote con los cuales inicié mis primeras elucubraciones ilícitas con la literatura. Tal vez de golpe me encuentre El Guardián en el trigal, Rayuela o aquel tomito color verde de Anábasis y otros que hacen posible otros libros.

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Licenciado en Estudios Socio Culturales (2012). Miembro de la UNEAC. Ha ganado los premios de poesía José María Heredia (1992-1997), Pinos Nuevos, Calendario... Labora en la sección cultural de la radio CMKC, Radio Revolución.

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