El día que entré a la casa de Dulce María Loynaz

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Está en 19 y E en El Vedado, La Habana. Pero se llama Centro Cultural Dulce María Loynaz y forma parte del Instituto Cubano del Libro. Casi siempre que voy a la capital paso por el Centro, pero ahora mismo al regreso de España pasé por la casa de Dulce María Loynaz.

Lo confieso ahora avergonzado. Tanto tiempo pasaba sin detenerme sabiendo que en aquella casa, en aquellos cuartos, estuvo y anduvo la Loynaz. En este año esta casa celebra su centenario y en ella hubo sesiones de trabajo de la Academia Cubana de la Lengua presidida por la Premio Nacional de Literatura en 1987.

Fui con la poeta tunera Liliana Rodríguez, la invité a ver la casa de Dulce María. Pregunté por el museo y amablemente me dijeron que esperara y me llamaron a Deyanira Calzadilla Betancourt, museóloga, especialista, una mujer apasionada con el patrimonio.

Ella nos paseó por las diferentes salas y habló de los abanicos, la puerta principal, el águila en la fuente, la cocina, las salas de recibimiento y la sala íntima. Y vimos en un armario ediciones príncipes con dedicatorias especiales. Eso en la planta baja.

Ascendimos por la escalera. En el descanso se impone el vitral que ahora forma parte de la cubierta de la reciente edición de Jardín, la novela de Dulce María Loynaz publicada por Letras Cubanas con notas de Zaida Capote.

Arriba, Deyanira muestra los jarrones, uno de ellos, japonés. Y cuando Deyanira abre las mamparas me quedo boquiabierto. No sabía que allí estaba la capilla, un lugar muy íntimo donde Dulce María hacía sus oraciones. Queda allí un lugar para la historia católica. Y está allí la Virgen de la Caridad del Cobre. Aproveché para hacerle una oración en nombre de ella y mío.

Deyanira habló de las habitaciones, en una de ellas descansaba la amiga poeta, Premio Nobel de literatura, Gabriela Mistral.

Ahora la casa de la Loynaz es un centro de promoción cultural. Se ha transformado en oficinas desde donde se convocan eventos e importantes premios. Pero qué bonito sería que allí siempre estuviera un punto de venta de libros de la Loynaz, que esas salas fueran un museo abierto todo el tiempo, un destino turístico para que cubanos y extranjeros, amantes de la Loynaz, que no son pocos, vuelvan a descubrirla una y otra vez; que puedan descubrir el lugar de la autora de los poemas de amor de su preferencia. Esa sería una forma permanente de promoción de la Premio Cervantes, de la poesía y la literatura cubana, de darle más valor a lo nuestro, a lo que enaltece.

Por estos días veo / leo en las redes sociales cómo escritores cubanos llegan a uno y otro museo del mundo buscando reconocidos sitios donde vivieron o reposan los escritores que admiran; y estoy seguro que si habilitamos bien y promovemos este sitio serían muchos los que irían allí a hacerse una foto, a buscar un poema, un libro, un afiche, una postal.

Ahora paso y miro las puertas, las estatuas. Siento el espíritu de la Loynaz y su poesía. Pienso en una sentencia de ella que dice:

La cultura sigue… y es a ella a quien debemos servir; la hora difícil no excusa el cumplimiento de este deber a los llamados a hacerlo. Por el contrario, mas los obliga y los requiere.

PD: Recuerdo el poema Últimos días de una casa, que no es esta casa. Leo sus poemas y ensayos.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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