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Cuarta edición de “Cien horas con Fidel”, se presenta en Santiago de Cuba por Ignacio Ramonet

Presentamos las palabras de Ignacio Ramonet para la cuarta edición del libro Cien horas con Fidel.

Preludio a la cuarta edición

FIDEL, LA FUERZA DEL ESPÍRITU

A Dalia Soto del Valle Jorge

Han pasado doce años desde la publicación de Cien horas con Fidel. Y en estos años, yo no había vuelto a releer el libro. Acabo de hacerlo para preparar esta nueva edición y mi sentimiento es que fue una suerte inmensa, infinita, haber podido compartir tantas horas de conversación con un protagonista político de la talla de Fidel Castro. Además, ahora que el Comandante ya no está, he sentido un placer muy especial al pasar de nuevo, releyendo el libro, tantas horas otra vez con él, en su compañía, en su intimidad, reescuchando en mi cabeza su voz tan particular, bajita, ligeramente enronquecida y próxima, amigable y fraterna. Su léxico tan rico, tan amplio, tan preciso. Su portentosa sinceridad: “No le diremos nunca una mentira” son sus últimas palabras en el libro. Y su formidable humanismo. ¡Qué ser humano!

En noviembre de 2017 tuve la oportunidad de intercambiar en diferentes ciudades de Cuba con jóvenes universitarios, fue una enriquecedora experiencia, vivida en compañía de mi amigo Luis Morlote. El pretexto era la presentación de la edición cubana de mi libro El imperio de la vigilancia. Mientras, revisaba Cien horas con Fidel. Tuve la ocasión de ir a Santiago de Cuba a dar una conferencia en la Universidad, unos días antes de que se cumpliera el primer aniversario del fallecimiento del Comandante. Obviamente aproveché —constituía, en realidad, el objetivo principal del viaje— para acercarme a la “Piedra”, en el cementerio Santa Ifigenia. Era la primera vez que iba. Allí estaban sus cenizas, depositadas en el corazón de una colosal esfera de granito pulido, semejante a un suave y gigantesco grano de maíz, con una sencilla placa de mármol verde serrano y su nombre, en dorado, claro, rotundo, evidente: FIDEL.

Caía el atardecer entre rosa y dorado, y reinaba en el lugar una serenidad casi mágica. Ni las aves se oían. Me acerqué con unas flores, sobrecogido, en medio de un íntimo silencio. Ahí estaba, pues, Fidel. De pronto me pareció oírlo. Sí, escuchaba su voz, su amistoso saludo… Sentí escalofríos… Percibía en las ondas del aire la fuerza de su espíritu… Como si la mole de granito fuese incapaz de retener la energía misteriosa emitida por los átomos del gigante… Sentía su palpable presencia… Una sensación física, casi cuántica… ¿Era mi imaginación? Estuve un momento interactuando en espíritu con él. Muy consciente de que esta a viviendo una experiencia, para decirlo de alguna manera, paranormal… entendiendo súbitamente más incluso que el propio día de su muerte— la tremenda amputación afectiva que su partida representaba. Mi miserable orfandad me apareció e repente… Se me saltaron las lágrimas… lentamente, me despegue de la “Piedra” y me alejé estremecido por este breve y milagroso contacto con el espíritu de Fidel. Las palmas reales velaban el lugar como guardianes silenciosos. Y la oscuridad de la noche recubría ahora la totalidad del campo santo.

Me puse a reflexionar sobre tantas cosas que habían ocurrido en el mundo en esos doce años transcurridos desde la primera edición del libro, dándome cuenta de que muchas de ellas habían sido anunciadas, con insólita premonición, por el propio Comandante, visionario en nuestras conversaciones, y confirmándome una vez más las cualidades por las que distinguía a Fidel como político el presidente francés Francois Mitterrand: “su capacidad de anticipar el futuro y su sentido de la historia”.

En primer lugar, a partir de 2008, la brutal crisis financiera que desestabilizó al neoliberalismo y al mundo e hizo tambalearse durante todo un decenio a la globalización neoliberal. Asimismo, la aceleración del cambio climático, sobre cuyos riesgos tanto insistió Fidel y que se ha convertido efectivamente en la principal amenaza para la sobrevivencia de la humanidad O el peligro nuclear que preocupaba enormemente al Comandante cuando muchos lo consideraban ya como una contingencia del pasado, de los tiempos de la Guerra Fría, y que el presidente estadounidense Donald Trump, en su irresponsable obsesión contra Corea del Norte, y para espanto del mundo, ha vuelto a colocar en la agenda contemporánea del terror

Quizás lo más inaudito es que, hallándose entonces en pleno vigor y lejos de imaginar que un repentino accidente de salud lo quebrantaría seriamente el 26 de julio de 2006 (cuando ya se había publicado la primera edición de este libro), Fidel anunció exactamente lo que haría en caso de que le ocurriera algún percance: “yo, si realmente no me siento en condiciones de hacer algo [de ejercer el poder], llamo al Partido y digo: ‘Miren, no me siento en condiciones’. […] Si tú piensas que no estás en condiciones de cumplir el deber, dices: ‘Me está ocurriendo esto, por favor, alguien que asuma el mando; yo no puedo en estas circunstancias’. […] Si a mí me pasa algo mañana, con toda seguridad que se reúne la Asamblea Nacional y eligen a él [a Raúl], no le quepa la menor duda. Se reúne el Buró Político y lo eligen”.

Cuando se publicaron estas palabras del Comandante, muchos comentaristas pusieron en duda sus afirmaciones alegando que Fidel “jamás soltaría el poder”. Una vez más se equivocaron. Porque fue exactamente lo que hizo: primero, delegó, con carácter provisional, el mando por razones de salud, y luego en efecto, el 24 de febrero de 2008, la Asamblea Nacional eligió a Raúl Castro nuevo Presidente de Cuba.

Bastantes analistas ya se habían equivocado cuando vaticinaron también, tras el derrumbe de la Unión Soviética, que, como ocurrió en Europa del Este, la Revolución Cubana pronto se desplomaría… Craso error. Aunque los adversarios de Cuba no lo acepten, y eso que Fidel nunca cesó de recordarlo, la lealtad de la mayoría de los cubanos a la Revolución es una realidad política que va más allá del apego sentimental a sus líderes, arraigada en la resistencia popular histórica contra las permanentes ambiciones anexionistas de Estados Unidos.

Todo esto resulta evidente para cualquier lector que acepte sumergirse en el piélago de este descomunal libro-entrevista. Recordemos que este es un género literario o periodístico mestizo. Es a la vez antiguo, ya que una de sus obras fundacionales, Conversaciones de Goethe con Eckermann, data de 1835, y contemporáneo, porque las técnicas recientes de grabación han favorecido la multiplicación de este tipo de obras; y pertenece, al mismo tiempo, al ámbito del periodismo y al del ensayo. Del periodismo, porque la entrevista es uno de los procedimientos periodísticos por excelencia, aun siendo menos reciente de lo que pudiera creerse: la primera entrevista moderna —entre el líder mormón Brigham Young y el periodista Horace Greeley— fue publicada por The New York Tribune el 20 de agosto de 1859. Y del ensayo, porque la amplitud y la lentitud de elaboración del libro liberan de algún modo a la entrevista de su aspecto superficial rápido e improvisado que le han conferido sobre todo los medios de la velocidad y del directo, como la radio, la televisión e internet

El tiempo del libro es, en efecto, más lento, y su estatus diferente, lo que autoriza por definición al entrevistado a releer sus declaraciones, a realizar eventuales enmiendas, correcciones y a añadir, si hace falta, algunas precisiones útiles. Liberado de las coerciones del directo, el entrevistador puede, por su parte, reordenar las preguntas, clasificarlas mejor para conferir mejor ritmo al diálogo. En el presente caso quise que fuera asimismo un libro de historia contemporánea, lo que me ha llevado a completar las declaraciones del Comandante con un indispensable y copioso aparato de notas destinadas a esclarecer en contexto, informar sobre personalidades citadas o recordar acontecimientos; por no hablar de la necesidad de aportar complementos obligados, como una bibliografía bastante amplia y una necesaria cronología, inédita hasta entonces, que proporcionara referencias útiles en el tiempo y en la geografía.

Nunca me han gustado los entrevistadores narcisistas, que no dejan de atacar a su interlocutor y tienen la ambición de demostrar que son más listos, más sabios y están mejor documentados que la persona que tienen al frente. Estos periodistas no escuchan al entrevistado, a menudo le impiden razonar y nos atormentan con su conducta. Tampoco me gustan los que conciben la entrevista como un interrogatorio policiaco, en el que supuestamente habría un justiciero de un lado y un culpable de otro. Una relación de tipo inquisitorial, como un verdugo frente a un ajusticiado al que debe arrancar una “confesión”. Para estos el periodismo es ante todo un “encausamiento”, un poder de coerción por encima de los otros poderes.

Existe, además, la concepción deshonesta y más cobarde de la entrevista, como género periodístico que permite apuñalar por la espalda al entrevistado bajo el pretexto de que el periodismo es libre (en nombre de una concepción pervertida de la libertad de prensa) y hacer lo que se quiera con las declaraciones recogidas: conservar ciertos pasajes pero no otros, aislar una declaración de su contexto, omitir ciertas precisiones o no permitir nunca al entrevistado que relea sus propias declaraciones antes de la publicación.

Uno de los objetivos de estas conversaciones con Fidel era el de “oír” los argumentos de una de las personalidades más implacablemente atacadas y, al mismo tiempo, más censuradas por los grandes medios de comunicación. Parece que, para algunos, el coraje periodístico consiste en someterse a la “censura del consenso”, es decir, en repetir perezosamente lo que los grandes medios no dejan de entonar a coros desde hace lustros a propósito de los mismos temas. A la manera del adiestramiento pavloviano, el simple enunciado de la palabra Cuba desencadena así, automáticamente, en algunos países, una letanía de tópicos, repetidos ad nauseam por aquellos que han aceptado el axioma goebbelsiano según el cual una repetición equivale a una demostración. Ya nadie se toma el trabajo de verificar la versión única y bilateral de los hechos, que algunos se atreven a presentar —miseria del periodismo— como resultado de “revelaciones” o, más a la moda, de “investigaciones”. Otro objetivo de la obra era tratar de desvelar el “enigma Fidel Castro”. ¿Cómo un niño nacido en un medio rural, aislado y rústico, de padres ricos, conservadores y poco cultos, educado por jesuitas franquistas en establecimientos católicos reservados a las élites, y que se codeó con los hijos de la alta burguesía en los bancos de la Facultad de Derecho, acaba por convertirse en uno de los grandes revolucionarios de la segunda mitad del siglo xx?

Se trataba también de sacar a la luz, tras la coraza de sus diversas funciones públicas, el yo íntimo de Fidel Castro, partiendo del principio de que un individuo tal vez consiga ocultar su verdadera personalidad en una entrevista de diez minutos o de una hora o dos, pero nadie puede lograrlo durante un período tan largo como el de estas conversaciones. En un intervalo de esta magnitud, nolens volens, el entrevistado desvela su alma, deja caer la máscara, nos entrega su verdadera humanidad y nos revela quién es realmente. El lector podrá percibirlo aquí.

El Comandante me había prometido releer atentamente todas sus respuestas; pero sus obligaciones no se lo permitieron y la primera edición del libro apareció en España en abril de 2006 (Fidel Castro. Biografía a dos voces, Debate, Barcelona, 2006), así como en Cuba en el mes siguiente, sin que lo hubiera releído personalmente. A Fidel, sin embargo, le gustaba cumplir sus promesas, y emprendió la tarea de releer y enmendar sus respuestas cuando el libro ya había sido publicado, decidiendo entonces como era costumbre en él consagrarse totalmente a esa labor. Añadió así este trabajo minucioso y fastidioso a sus múltiples tareas ordinarias, reduciendo aun más sus cortas noches para aportar aquí una precisión, completar allí una frase y cambiar expresiones orales en estilo escrito. Llegó incluso a consultar a ciertas personalidades mencionadas en las conversaciones para verificar que lo que decía sobre ellas se ajustaba a la realidad. Varias de estas personalidades —por ejemplo, Raúl Castro o Hugo Chávez le recordaron entonces interesantes detalles suplementarios que decidió incluir en sus respuestas.

Todos los que estuvieron en contacto con Fidel durante esos meses de junio y julio de 2006, y en particular sus asistentes más próximos, han resaltado cuánto le acaparó este trabajo de relectura, que una vez más puso de manifiesto su obsesión casi maníaca de perfeccionismo. Algunos no excluyeron que esta tarea absorbente, añadida a los esfuerzos realizados unos días antes con ocasión de la Cumbre del Mercosur de Córdoba (Argentina) pudiera haber contribuido al estrés extremo que le provocaría el 26 de julio de 2006 una crisis intestinal aguda y una fuerte hemorragia.

Desde los primeros días de agosto de 2006 después de una complicada intervención quirúrgica Fidel Castro reanudó, en su lecho de convaleciente, la relectura de los últimos capítulos de este libro. Él mismo relató al escritor argentino Miguel Bonasso: “Seguí corrigiendo el libro en los peores momentos, desde los primeros días. Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo disponía”.

Esta versión de Cien horas con Fidel que llega ahora a los lectores fue, como es conocido, enteramente revisada, enmendada y completada personalmente por Fidel, que terminó su total relectura a finales de noviembre de 2006, cumpliendo así un compromiso prometido. ¿Cuáles son las principales diferencias que puedo resumir con la primera edición en español de abril de 2006? La inmensa mayoría de los retoques efectuados por el Comandante posiblemente un día los historiadores establecerán la lista exhaustiva son modificaciones estilísticas y precisiones de detalles y descripciones —sobre todo en el capítulo 8, “En la Sierra Maestra que aclaran mucho mejor el contexto pero que no cambian nada el contenido y el fondo de sus respuestas.

En cuatro ocasiones, sin embargo, quiso Fidel aportar complementos importantes que enriquecen enormemente la obra. En el primer capítulo alargó de manera considerable sus consideraciones y comentarios sobre su madre Lina. Fidel Castro, hombre reservado y casi púdico, nunca se había expresado públicamente con tanta amplitud sobre ella.

En el capítulo 13 añadió las importantes cartas intercambiadas con Nikita Jruschov en ocasión de la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, que llevó al mundo al borde de una guerra nuclear. Estas cartas no eran totalmente inéditas, pero eran documentos conocidos solo por muy pocos especialistas.

El capítulo 25, “América Latina”, fue quizás el que más modificaciones tuvo. En particular, toda la parte en la que Fidel relata su actuación durante el golpe de Estado en Venezuela contra el presidente Hugo Chávez, el 11 de abril de 2002. Con esos aportes nuevos, enteramente inéditos —sobre todo la transcripción de conversaciones telefónicas con los altos oficiales fieles al presidente Chávez—, este capítulo constituye un documento histórico excepcional.

Finalmente, en el capítulo 26, en el que evoca la guerra del Golfo de 1991, Fidel hizo públicas las dos cartas personales que dirigió a Saddam Hussein, en las que conminaba al dirigente iraquí a retirar sus tropas de Kuwait. Es en este capítulo donde en una sola ocasión el Comandante “censuró” sus primeras declaraciones, precisamente en relación a Saddam Hussein. En la primera edición del libro, a la pregunta “¿Qué opinión le merece Saddam Hussein?”, había respondido: “Mire, cómo decirlo, un desastre. Un estratega errático. Cruel con su pueblo”, palabras eliminadas en la versión definitiva de la obra. ¿Por qué? He aquí mi explicación: cuando Fidel me hizo esta primera declaración, en mayo de 2003, después de la toma de Bagdad por el ejército estadounidense, Saddam Hussein era un hombre libre, y podía pensarse incluso que se había puesto a la cabeza de una parte de la resistencia armada. Juzgando a un hombre que combate con las armas en la mano, el entonces presidente cubano no oculta los sentimientos que le inspira el dictador iraquí: “Un estratega errático. Cruel con su pueblo”. Tres años y medio más tarde, siendo Saddam Hussein prisionero de los militares estadounidenses, condenado a muerte y vísperas de ser ejecutado, Fidel Castro retira sus palabras. No juzga con tanta severidad, sin que importe lo que haya hecho, a un hombre disminuido y humillado.

En esta cuarta edición cubana, el lector encontrará añadidos dos artículos de mi autoría: “Dos horas más con Fidel” (enero de 2014), sobre mi último encuentro personal con el Comandante, el 13 de diciembre de 2013, y “Fidel Castro y la represión contra los intelectuales” (9 de diciembre de 2016), mi testimonio por los ataques que he recibido del poder mediático internacional al haberle brindado la oportunidad de palabra a Fidel con la publicación de nuestras conversaciones.

En esta edición se ha adecuado el texto a las nuevas normas gramaticales y ortográficas, subsanado erratas, completado notas y actualizado la cronología. Las imágenes que aparecen en la cubierta y contracubierta son de mi archivo personal y fueron tomadas en marzo de 2003 en el despacho de Fidel en el Palacio de la Revolución cuando mis hijos Axél y Tancréde filmaban Moi, Fidel Castro (serie documental en seis capítulos de 52 minutos cada uno, de Temps Noir y Dominant 7 en coproducción con Historie e INA, editado en estuche de dos DVD por Éditions Montparnasse, París, septiembre de 2004). A propósito de la salida de esta cuarta edición, creo justo expresar mi particular recuerdo a la estrecha colaboración de Pedro Álvarez-Tabío Longa, ya fallecido —al que Fidel llamó “editor y guardián intachable de documentos históricos”—, y de Hilda Castro Vivar y el Equipo de Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado que encabeza, ellos iniciaron conmigo en 2003 este fructífero trabajo; dedico especial memoria al entrañable Alfredo Guevara por tantísimas razones; y sumo ahora a mis gratitudes iniciales a los amigos José Miyar Barruecos (Chomi, imprescindible y siempre preciso), Homero Acosta, Abraham Maciques, Antonio, Tony Martínez Rodríguez, Abel Prieto y Miguel Barnet, y los de la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, del Instituto Cubano del Libro y su Editorial Nuevo Milenio con el sello de Ciencias Sociales (en particular, la labor de las compañeras Liliam Rodríguez Berlanga y María de los Ángeles Navarro González). Agradezco también a mis queridos amigos Camilo Pérez Casal y Lydia Castro, por su exigente relectura y aportes fundamentales.

En fin, la relectura y revisión del libro me ha aportado muy ricas sensaciones. Es lo que deseo para los nuevos lectores. Que redescubran, en contacto directo con el Comandante, su imponente talante político, su portentosa cultura y su excepcional dimensión humana.

Ignacio Ramonet, París, 10 de febrero de 2018

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