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Elaine Vilar Madruga: “El escritor debe tener la vocación del voyeur y del fotógrafo”

El escritor debe tener la vocación del voyeur y del fotógrafo para registrar, con la mirada y el alma, todo acontecimiento digno o sensible de ser observado/retratado por la escritura. Así pienso mis procesos literarios. Trato de anotar en una especie de agenda o flash drive mental, esos momentos irrepetibles que a veces escapan de lo común o aquellos otros que, por comunes, escapan de la observación, siempre colocados sobre el cuchillo simbólico de la (auto)crítica.

De esa manera, me es relativamente simple enfrentar la página en blanco, pulverizarla con la detonación de la escritura. ¿Qué me mueve? Desde el mal día que a veces enferma, hasta el gesto simple y humano de una persona que busca en la otra un instante de vida. En ocasiones, mis cuentos, obras de teatro y hasta libros de poesía nacen de una imagen aislada que puede partir de lo real, pero también de un mundo de sugerencias oníricas, del recorte de un periódico, de la lectura casual —o no— de un texto que debía llegar a mis manos, justo en ese momento posible. Me angustia, sobre todo, la visión distópica del mundo que se ha prendido a muchos de los creadores de mi generación. Y me angustia, sobre todo, porque amo escribir sobre personajes desolados, en contextos desolados, sumergidos en la desolación última: son obsesiones, visiones, (re)creaciones de mis/tus escenarios y no puedo renunciar a ellos porque los siento vivos. Sangre. Carne y hueso.

Por el contrario, no tengo temas que me conquisten… a menos a priori. Prefiero que lleguen junto al asombro de descubrirlos. Me gusta sentirme un poco como el compositor de una obra musical que junta sonidos, cromas, semitonos y convierte toda esa abstracción en una polifonía de registros. Algunas notas, ciertamente, se repiten: son esas las obsesiones, los leitmotiv, los sentidos y esencias de mi trabajo. Pero intento que el grueso de la polifonía tenga melodías nuevas, renovadas, descubiertas de repente en su nueva vida. Por eso, quizás, me es simple transitar del realismo, a la ciencia ficción, a una fantasía urbana o tradicional, y luego retomar la literatura infantil, el teatro y la poesía. Son universos vecinos. Coexisten. Se tocan muchas veces. Se mixturan. Y uno los invade, desde el verbo, desde la creación, con el ojo del fotógrafo y la mano del voyeur. E intenta apropiarse de ellos. Digo intenta, porque no siempre es así: existen universos que escapan, se niegan a ser parte de la historia, o esperan por un mejor momento para la caza.

Uno no puede divorciarse de lo que ocurre —digamos escrituralmente— en la generación que, al menos de manera conceptual, te incluye. Ni fingir que no se reciben influencias paralelas, laterales. Ni se pueden negar los legados que vienen del pasado, de escrituras superadas o verdaderamente importantes dentro del panorama literario de una generación, una nación o, seamos más inclusivos, de todo aquel fragmento del universo que ocupamos los escritores.

Personalmente, aunque me siento identificada con algunos de los postulados estéticos que se resumen en los conceptos hibridación, transgenérico, disolución (¿no son, acaso, palabras muy semejantes a revolución?); con muchos otros siento una especie de distanciamiento (habrán de perdonar lo impreciso, pero en ocasiones es preciso acudir a una definición de Brecht como única manera de salvarse). Como mismo no me interesan las certezas, lo ya conocido, tampoco me atrae plantar banderas. Creo que la literatura —a menos a priori— no sucede de campos de batalla.

Mis banderas —que sí existen— parten desde una revolución interna, que atraviesa la palabra, el texto y la actitud ética ante la escritura. Como es evidente, estos temas son de especial sensibilidad para mi generación y, junto a aquellos con quienes me ha tocado compartir momento de vida y creación, pienso siempre que el día en que renovación se convierta en “mala palabra”, entonces tendremos que dejar de hablar de arte. Asimismo, el día en que se transforme en sinónimo de desidia o en el saco sin fondo en el que cabe todo (lo bueno, lo malo y hasta lo regular), entonces —por una cuestión de respeto— debemos también dejar de hablar de arte, y crear cualquier otra cosa.

Aún, como escritora, no he definido puntos que parecen tan importantes para algunos de mis contemporáneos, tales como la coexistencia generacional o ciertas luchas por detentar un poder que, en materia puramente escritural: ¿importa?, ¿no importa?, ¿importará? Sí pienso que es prerrogativa de cada generación —un derecho de vida, que no puede ser negado, pues es silenciar el mejor impulso de la juventud— plantar nuevas banderas en un terrero que, en realidad, ya ha sido hollado mil veces por otras banderas iguales o semejantes.

Todavía debemos aprender de la dialéctica, más allá de un concepto obsoleto que muchos miran desde la punta del hombro, desde la ignorancia. Las banderas se plantan, desgraciadamente, con lucha: esa es la historia de la historia, en todos los contextos posibles… no solo en los literarios. Yo marcho, como escritora, bajo la luz de esa bandera (aunque le reconozco las sombras), pero no es un asunto que me quite el sueño, ni desvele mi escritura, ni son palabras/conceptos que esgrimo a priori en mis textos. Tengo la fe —utópica fe, como han de ser todas— de que la literatura trasciende los procesos humanos (si bien estos la permean) y que un registro de lo verdaderamente valioso dentro de una generación saldrá a flote. Eso es: la fe. Porque la escritura verdadera siempre sobrevive, se impone.

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