Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Cómo escribí mi primer libro

Terminé de parir mi primer libro. Fue un proceso arduo. Al terminar, esperé esa revelación ideal de la que hablan las películas. Las lágrimas, el orgullo. El sentimiento de amor incondicional hacia lo creado. Nunca llegó. Estaba exhausta, y lo que menos quería en ese momento era verlo o estar cerca de él.

Pero un libro recién nacido reclama atención. Llora alto. Pide que lo críes, que lo prepares para ser independiente. Y lo haces. Te resignas y lo haces. Revisas cada palabra, cada coma, cada idea. Eliminas párrafos, cuartillas enteras; te lo replanteas todo. Pasas del orgullo total a la decepción en segundos. Sufres. Disfrutas. Temes. Sobre todas las cosas, temes.

Y el libro va creciendo. En la mayoría de los casos crece inversamente proporcional a su tamaño real. Mientras más gordo sea un primer manuscrito, más malcriado. Con solo mirarlo puedes darte cuenta de que el autor lo consintió demasiado, le permitió cosas que ningún buen padre puede darse el lujo de permitir. ¿Quién dice que los libros son para uno?

Un buen día, cansado ya de que lo corrijas, dice “hasta aquí”. Comienza a necesitar espacio. Se va alejando poco a poco de tu control. Y tienes que entregarlo, porque el cumplimiento de su destino mayor, pasar de ser manuscrito a libro hecho y derecho, está en manos de otros. No puedes cargar con él bajo el brazo, como Leonardo con su Mona Lisa, con el pretexto de que no está listo. Ya lo está. Está más listo de lo que jamás va a estarlo, porque es el primero, porque es lo máximo que puedes esperar en este momento de tu vida. Y lo sueltas.

Piensas en mandarlo por e-mail, cuando te enteras, toda horrorizada, que alguien puede plagiarte tu precioso manuscrito inédito. Investigas un poco más y descubres que puedes protegerlo. Quieres ponerle contraseña, encriptarlo, llenarlo de trampas y alarmas, escáneres de retina y huellas dactilares, reconocimiento de voz, ADN. Quieres que luzca tan impenetrable como en el más aparatoso y comercial Thriller hollywoodiense.

Pero, ¿cómo? Eres escritora. Eres artista. Salvo honrosas excepciones, la Informática es para ti una ciencia inalcanzable. Se parece demasiado a la Matemática, tanto, que desconfías. Los números te parecen parásitos cuyo único objetivo en la vida es darte migrañas. Sabes lo suficiente como para aporrear unas teclas y ver un par de películas.

Así que te rindes, desembolsas el dinero necesario y lo imprimes. Otro dilema entonces: el correo postal se ha vuelto loco. Pierde tus cartas, tus paquetes nunca llegan. Debes buscar otra manera. Y se lo das a un amigo. Y el amigo se sube a un avión. Piensas que por fin tu manuscrito es independiente y por tanto, se cortó de forma más definitiva el cordón umbilical. Craso error.

El amigo regresa sin él, pero tampoco lo entregó donde era. La persona correcta no estaba. Así que ahora tu bebé está en manos de otro, de entera confianza, que luego se lo deja a otro que vive más cerca, y este a su esposa, porque sale del trabajo más temprano. Empiezas a entrar en pánico.

Solo puedes imaginarte dónde está, cómo lo tienen, si está cómodo, qué le estarán haciendo. Pasa el tiempo sin noticias y ya piensas en secuestros. Mutilaciones. La destrucción. O, peor aun, egoísta de ti, temes verlo aparecer un día, en tapa dura, sin responder al nombre que le diste, sin reconocerte como su madre. Entonces, ocho uñas masticadas y cuatro terribles pesadillas después, llega la primera noticia. Está a salvo.

No sabes si maldecirlo o respirar. Se supone que ahora debes concentrarte en el próximo, pero tienes la mente embotada. Sabes que no importa: habrá otro. Otros. Y todos serán para ti igual de queridos. Y te harán sufrir igual. Y probablemente sean mucho mejores. Pero este te enseñó a lidiar con todo eso. Cuando llegue el próximo, estarás preparada.

1 Comentario
  1. Responder
    Elaine Vilar Madruga Lector 12 marzo, 2018 a 1:18 pm

    Me ha encantado: las penas y angustias de todo escritor cuando ve nacer a su hijo.

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