Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Rubén Rodríguez: “Cuando escribo, dejo que la historia se desenrolle como un carrete…”

Yo no me propuse escribir para niños, sencillamente vino. El niño que vive dentro me pidió un libro y así nació Mimundo. Lo escribí durante una semana en un curso de superación. Nada me estimula más la imaginación que una clase o reunión aburridas. Como Mimundo es un libro demasiado triste, luego vino el humor con El garrancho de Garabulla y los demás. Creo que voy hacia la literatura para niños por mi tendencia a la fantasía. Incluso en mis historias para adultos hay siempre un elemento de diversión. Según la ciencia, el juego es una señal de inteligencia. Sólo los animales inteligentes juegan.

Es importante tener en cuenta el tono narrativo de todo texto. Si cuentas la historia en tono menor, te sale la Novena de Beethoven para quena y tumbadora. De lo contrario, queda un reguetón interpretado por la Filarmónica de Viena. Evito tanto las ñoñerías históricas de los cuentos para niños como el exceso de problematización. Huyo tanto de la tragedia como de la edulcoración. Tengo un cuento titulado “Andresito quiere un trauma” que parodia las historias truculentas que se escriben para los niños. Hay que respetar y avivar la inteligencia del chiquillo, entretenerlo y educarlo como de pasada. No escribir para tontos porque incluso los tontos habitan en un mundo alucinante.

Los niños deben entender que la vida es bella. A pesar de los conflictos, hay que buscar desesperadamente la felicidad. Digo como Maruga, el manisero de “Andresito…”: ¿Y para qué tú quieres ser un sala’o, chama?

Es un vicio heredado del periodismo, la carrera que estudié y la profesión que escogí, preguntarme siempre para quién escribo y tratar de ser coherente. No me lo tomo como una limitación, existen códigos y fronteras entre una y otra literatura. No les voy a hacer a los niños un cuento de horror. Aunque las historias para niños tienen un trasfondo cruel: los cerditos achicharran al lobo feroz y Hansel y Gretel cocinan a la bruja; para los problemas de autoestima no hay como “El patico feo”; en Blancanieves aparecen cuatro intentos de homicidio; a la madrastra de Cenicienta cualquier siquiatra la hubiera internado con camisa de fuerza. ¿Y qué me dicen de los personajes que desaparecen y nadie los ve nunca más? Cuando niño me espantaba el destino de esos infelices que ya no estaban en la página siguiente. Tampoco puedes venirles a los adultos con una fabulilla infantil, aunque a algunas personas mayores les haría falta que les contaran el cuento del patico que no sabía nadar.

Uno escribe todo el tiempo sobre sí mismo. Tu parte buena pare un héroe, la parte mala se convierte en villano. ¿No te has sorprendido ideando con mucho morbo la próxima trampa que tu villano le tenderá al infeliz protagonista? Un malo bien concebido puede robarse el show. Quiero pensar que soy ingenuo y bondadoso como Ernesto, el guajiro escritor de El garrancho de Garabulla, y despistado y tolerante como Leidi Jámilton. También quiero escapar de la melancolía de Danito, el protagonista de Mimundo, de la indecisión de Ibo Elke, quien no quiere ser Rey de las Abejas, y dejar de hablar tanto como Veremundo Cao.

Cuando escribo, dejo que la historia se desenrolle como un carrete y me divierto con las peripecias de los personajes. Al escribir, me convierto en un espectador y gozo con el “teatrico”. La concisión de las historias y la claridad del relato no tienen que ver, necesariamente, con la cantidad de borradores. Dependen de la claridad del pensamiento. Me fascina trabajar con el lenguaje, pero las palabras vienen solas. Si tienes que echarle mano al Larousse o a la wikipedia a cada minuto, es porque no conoces suficientes palabras. Debes aprenderlas primero y después escribir, porque para cada cosa en el mundo existe una palabra única. Las palabras se aprenden leyendo mucho y también estudiando.

Cuando escribes un texto completo y sientes su magia, como una geometría que lo hace irrepetible, es porque cada palabra tiene el peso justo.

Los sinónimos permiten una aproximación, pero nunca es igual a cuando hallas la palabra precisa. Cada historia reclama su propio tiempo, su aliento. Al comenzar a escribir ya sé cuán largo va a ser. De lo contrario, espero. Por lo general, si tengo ganas de escribir es porque el texto está a punto. No me gusta forzarlo. Cuando todo parece nebuloso y no el rumbo del final, lo dejo y espero.

Asumo la escritura como una diversión. Te advierto que esto no significa frivolidad sino una búsqueda del equilibrio. Cuando la historia nace del estallido de una idea, ya tiene forma y sé lo que voy a escribir: un cuento o una novela. Esto determina la extensión, lenguaje, tipo de narrador o posibles técnicas a emplear… Lo complejo no tiene que ser necesariamente complicado, así que trato todo el tiempo de simplificar, en la vida y la literatura. A veces me da más trabajo buscar el título que escribir el cuento o la novela. En otras ocasiones, se me ocurre un título y tardo años en armar la historia. Nunca nada es igual.

Lo que no falla, lo que siempre necesito, es divertirme al escribir.

1 Comentario
  1. excelente espacio para la literatura. los felicito

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