Hebert Pérez Concepción: “El país necesita que se lea más historia, que se estudie y que se divulgue”

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Palabras al recibir el Premio Nacional de Historia 2017 en la Feria Internacional del Libro de La Habana (10 de febrero de 2018)

Manuel no perdía oportunidad para conversar con los veteranos de la Guerra de Independencia de su pueblo. Aquellos ancianos, muchos aún animosos y fuertes, hablaban de la vida en campaña, de combates en la manigua, de la Invasión, y de las características personales de sus jefes. Tal vez no daban un cuadro nítido y completo de la contienda patria, pero Manuel completaba la historia con las memorias y artículos que salían en la revista Bohemia. En el pueblo había otros como Manuel, y entre ellos recreaban una visión del pasado de la que nada quedaba en papel y sí mucho en sus corazones de cubanos.

De otras guerras y luchas políticas o revoluciones conoció Manuel: del alzamiento liberal de 1906, que le contaban sus mayores porque él nació en el once; del otro alzamiento, el de 1917, que le dejó algunos recuerdos personales, aunque era muy niño aún; de la revolución contra Machado que lo lanzó al monte con algunos amigos días antes de la huelga de agosto de 1933; de las luchas políticas posteriores, de las que surgió el Partido Auténtico, y más tarde el Partido Ortodoxo, del que Manuel fue un humilde fundador y apasionado seguidor de su adalid, Eduardo Chibás; del golpe de estado de Batista en marzo de 1952, y la clarinada del ataque al Cuartel Moncada un año más tarde por Fidel Castro, en quien creyó desde el primer momento.

Cuando Manuel se alzó contra Machado en 1933 sentía que seguía los pasos de los mambises del 68 y el 95; igual sentimiento le animaba cuando después entregaba su cuota de tiempo y sacrificios para sacar de sus puestos a los ladrones y corruptos; cuando una noche del verano de 1958 abandonó su hogar para dirigirse a pie a la Sierra de Cristal, donde ya operaba Raúl Castro, se sabía modesto protagonista de un acontecimiento importante en la historia de Cuba. En la Sierra, en un cuaderno escolar llevaba un diario donde anotaba, sin puntuación y con muchas faltas de ortografía, hechos y observaciones para el uso de los que escribieran la historia en el futuro. Después del triunfo de la Revolución, en una estación de la Policía Revolucionaria, de la que fue fundador, junto a muchachos que por la edad podían ser sus hijos, Manuel terminó el sexto grado.

Manuel era mi padre, y a él, y a mi madre, -porque de adultos juntos recorrieron los mismos caminos de la vida, y tuvieron y lucharon por los mismos sueños- quiero dedicarles este premio con el cual mis compañeros historiadores me honran en el día de hoy. Al recordar a mi padre hablamos de un hombre que, entre otras cosas, dejó un legado de amor por la historia y cuatro hijos que harían oficio de historiadores.

La historia de Manuel desborda lo estrictamente familiar y se convierte en razón suficiente para dedicarle este premio a todos los hombres y mujeres, a lo largo y ancho del país, de antes como de ahora, que, sin ser historiadores por profesión u oficio, han contribuido al conocimiento, conservación y divulgación de la historia, y con ello al desarrollo de la conciencia nacional. Vienen a mi mente modestos maestros de generaciones pasadas, de escuelas públicas en ruinas o de escuelitas pagas que por aula tenían la sala de sus casas, quienes eran capaces de armar hermosas veladas para honrar a Martí u otros patriotas; el abogado o el periodista, o el oficinista que a su trabajo regular añadía, por amor a la patria, la búsqueda de conocimientos sobre el pasado; los que atesoran documentos para que no sean pasto de las polillas o del desinterés y el fuego; los que pelean para conservar archivos y colecciones de periódicos y revistas para que se pueda hacer historia de la localidad. A los héroes anónimos que trabajan por la memoria de la patria, a los que cultivan la historia sin que esta sea la fuente de su sustento: a ellos también les quiero dedicar este premio.

Recordar a esos desinteresados obreros de la historia nos conduce a algunas reflexiones sobre las responsabilidades de los historiadores de oficio. La primera es la necesidad de mantener un vínculo permanente de colaboración, retroalimentación, enseñanza y aprendizajes mutuos. No se trata tan sólo que de un campo se emigra al otro con alguna frecuencia y de forma natural, sino también porque se complementan en la inmensa misión de formación de la conciencia nacional. No podemos pensar que sólo con el aumento del número de historiadores de oficio como consecuencia de la ampliación de los estudios universitarios y las nuevas oportunidades de empleo debido al desarrollo cultural del país, se hacen innecesarios los historiadores del pueblo.

El país necesita que se lea más historia, que se estudie y que se divulgue. Necesita que se investigue, se analice y se escriba más historia, y se haga con la mayor calidad y amenidad posibles. Necesita que las librerías y los eventos se conviertan en medios y ocasión para no solo reunir a los que han sido ordenados. Necesita se aborden nuevos temas, y se les ponga más cerca del lector. Necesita rescatar a los lectores potenciales de las garras exclusivas de las novelas televisivas, internet y las redes sociales. La meta sería nada menos que tener todo un pueblo con una cultura histórica superior.

Algunas reflexiones se podrían aventurar también sobre los principios que deben guiar el aporte de los historiadores de oficio en la colaboración con los que no lo son. Se nos ocurren dos, una de corte ético y la otra de corte científico: el más estricto apego a la verdad y la fundamentación científica de toda obra.

Se sobreentiende que la verdad tiene matices; al igual que la ciencia, niveles. Pero no por ello caigamos en la tentación de subestimar las exigencias morales de los hombres y mujeres del pueblo y ocultemos o justifiquemos el error. Ni supongamos que una instrucción insuficiente o no especializada implica la incapacidad del uso de la razón y no nos empeñemos en nuestro trabajo con todo el rigor y el respeto que merecen nuestros lectores-colaboradores. Aquí sería válido aplicar a la historia el pensamiento de Martí sobre educación:

Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica.

Por lo que puedan tener de categóricas e injustas me ha sido particularmente difícil escribir estas últimas líneas. Lo cierto es que en nuestras librerías abundan obras con rigor científico y ético. Que las editoriales territoriales llenan los estantes con títulos sobre múltiples asuntos locales y para todos los gustos. Que los eventos de historiadores convocan al público general. Y que se abren al estudio temas que antes se creían vedados. Lo que preocupa es que nos conformemos con lo que tenemos, que nos demos por satisfechos.

He dejado para el final algo que es muy importante para mí: agradecer al jurado creado por la Unión de Historiadores por el honor que me han conferido, y a los compañeros que nos acompañan en el día de hoy, y a todos los que por un medio u otro nos han hecho llegar sus felicitaciones.

A nuestro juicio, se instituyen los premios, y en particular los premios nacionales que se anuncian a finales del año, por la consideración y respeto que se tiene por una determinada ciencia o arte y como un estímulo a todo el colectivo de sus trabajadores por su esfuerzo y abnegación. El premiado es un símbolo, una representación. En este caso recibo el premio en nombre de los historiadores cubanos, de un gremio por el que siento el más alto aprecio, un gremio con infinitud de miembros con las condiciones necesarias para ostentar esta representación. De ahí mi orgullo; de ahí la humildad con que lo recibo.

Muchas gracias.

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Consejo editorial compuesto por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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