Yunier Riquenes García Coordinador editorial
Hola amig@, ¿en que podemos ayudarle?
Enviar
Mundo editorial

Félix Sánchez: “Uno nunca llega solo a ninguna parte”

Palabras escritas por Félix Sánchez Rodríguez para ser leídas en la entrega del Premio de Cuento Alejo Carpentier 2018 en la Feria Internacional del Libro de La Habana

Queridos colegas y amigos:

A los sesenta y dos se llega ya con más pasado que futuro, todo atisbo de precocidad sepultada, y una nada despreciable cantidad de concursos perdidos. Como dijera el poeta: “…a tu alrededor se mueren los amigos y uno empieza a dudar de su inmortalidad”.

Comprenderán ustedes entonces mi júbilo al recibir esta tarde un premio de tal magnitud como el Alejo Carpentier de cuento, una feliz idea de nuestras instituciones que, por cierto, estrenó en el 2000 un avileño, Jorge Luis Arzola, y que volvió los ojos hacia el terruño nuevamente en 2004, al honrar al hoy mi buen amigo, Lázaro Zamora Jo.

Este es un momento de muchísima alegría y, por supuesto, en mi caso de cuentista de más edad premiado hasta hoy, de mirar hacia atrás y recordar y agradecer. Uno nunca llega solo a ninguna parte.

Quiero comenzar recordando a mi padre, un hombre que combinó mágicamente la mecánica con la lectura de buenos libros en aquel minúsculo Ceballos de los años cincuenta, y puso a mi alcance de niño introvertido decenas de autores clásicos que leí sin censura ni tutela. Cuando volvía de algún viaje traía siempre más libros que golosinas. Para él no había más felicidad que leer.

También debo mencionar a mi madre, quien defendió mi nombre no solo por ser el de mi padre sino porque así tal vez yo podría ser un escritor de tanto éxito como el autor de El derecho de nacer, la novela radial que hizo furor en la década del cincuenta. Todavía hoy afirma con aire de pitonisa que ella sí intuyó que yo sería escritor.

No puedo soslayar tampoco a un singular capitán escritor furtivo de sonetos que me descubrió una noche emborronando cuartillas y me llevó a conocer que existían los talleres literarios. Esa noche en que fuimos el capitán y el sargento al taller César Vallejo, allá por 1973, se decidió todo. Era aquel un grupo de locos que soñaban con publicar libros algún día, y entre ellos estaban dos que sí cumplirían con creces ese sueño: Ibrahím Doblado del Rosario y Roberto Manzano.

Cuando en 2017 quedó desierto el género de cuento, mi esposa, profesora de análisis matemático y estadística en la Universidad, devota de los axiomas, sacó una conclusión llena de amor, optimismo y excesos:

Nunca ganarás el premio en el que no participas. Si hubieras enviado al Carpentier no habrían tenido que dejar el premio desierto

A ella, que ha sacado paciencia para tolerar mis desmemorias, mis gastos en libros, mis impuntualidades; oportunidades materiales perdidas, incompetencias para la dura vida cotidiana, dedico también con mucho amor este lauro.

Amigos, colegas. Soy muy feliz en este momento. Ya empecé a serlo desde que supe que la suerte me había sonreído. Digo suerte con toda intención. No hay ciencia sobre los premios literarios, solo un amasijo de variables que un día, caprichosamente, pueden alinearse para que tu nombre emerja triunfador y te feliciten los amigos. Creo que pensar otra cosa y echar adelante el pecho es tonto y perjudicial. Ningún premio es totalmente justo. Ninguno asegura la perdurabilidad de tu nombre y tu obra.

Siento deseos de mencionar muchos nombres de colegas que, con su amistad, sus consejos, sus críticas y su cariño, han contribuido a que esté aquí hoy, pero ellos saben que me es imposible y me excusarán.

Mi gratitud especial al maestro Heras León, a Raulito, a Georgina, por esa deferencia que han tenido con mi “corazón desnudo”. Ojalá los lectores y los críticos no piensen mañana que se equivocaron demasiado.

Muchas gracias.

Estaremos encantados de escuchar lo que piensas

Deje una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Registrar una cuenta nueva
Restablecer la contraseña