Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Joel Franz ROSELL: Escribimos con la esperanza (¿fútil?) de corregir el mundo

Joel Franz ROSELL: Escribimos con la esperanza (¿fútil?) de corregir el mundo



  • De mi vida

     Había una vez yo mismo, pero a los diez años.

     Me pasaba las clases de Matemáticas dibujando las aventuras de un personaje que había inventado deformando una “d” mayúscula (probablemente la de “Deberes”). Mi héroe se llamaba “Superpecho” y corría formidables aventuras mientras yo me aburría con los números quebrados, que era lo que en aquellos lejanos tiempos se aprendía en sexto grado. No aprendí los quebrados y tuve que repetir el año. Culpé a Superpecho (él era un superhéroe, pero yo ni siquiera era un superniño) y nunca más volví a dibujar sus aventuras. Sin embargo, mi nueva escuela me permitió descubrir la Biblioteca Provincial, donde me envicié con las novelas detectivescas de Enid Blyton y las historietas de Tintín. Cuando un nuevo cambio de colegio me apartó de la biblioteca, único lugar donde se hallaba ese tipo de libros, no resistí mi soledad y comencé a escribir lo que ya no podía leer. No tardaría muchos años en hacer de mi amante, la Literatura, mi legítima esposa.

    Versión de un texto incluido en mi primer libro español Los cuentos del mago y el mago del cuento. Madrid, 1995.

     Ya era conocido por una abundante obra crítica y ensayística en torno a la literatura infantil (hoy con más de 200 artículos publicados en tres continentes), cuando apareció, en 1983, mi primer libro. Hoy suman más de treinta -algunos con mis ilustraciones- editados en doce países y en hasta 10 lenguas; entre ellas el francés, el inglés, el portugués, el italiano y el chino.

    En Cuba solo han aparecido nueve de mis libros (dos de ellos reunidos en un mismo volumen), pero ¡no son de los peores! Poco diré de los más antiguos, que no se consiguen “ni en los centros espirituales”: El secreto del colmillo colgante (Gente Nueva, 1983, que treinta años después conoció en Colombia una versión nueva, titulada El secreto del colmillo dorado), De los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó (Editorial Oriente, 1987; que ampliado y corregido reapareció en México y posee una traducción al vasco con  mis ilustraciones), Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan de los Palotes (Capiro, 1996; fue incluido en la selección de los mejores libros infantiles del mundo por la Biblioteca Internacional de la Juventud, con sede en Alemania, y ha tenido ediciones en España, Francia y Argentina) y La bruja de La Habana Vieja (Capiro, 1999 y Barcelona, 2001 por la versión completa) que ni siquiera con su extravagante tirada de 80 000 ejemplares es un título que pueda hallarse fuera de alguna biblioteca.

    No soy un autor que acumules premios, pero entre los que han recibido mis libros destacan el Prix de la Ville de Cherbourg (Francia, 2001) concedido por los niños de 30 escuelas a mi novela Mi tesoro te espera en Cuba (Hachette. París, 2000, Edelvives. Zaragoza, 2008), el Premio Avelino Hernández de Novela Juvenil (España, 2016) a La Isla de las Alucinaciones (Premium. Sevilla, 2017)… novela, casualmente, emparentada con la anterior por sus personajes y tema (la Cuba actual). Dos de mis títulos han sido incluidos en la selección de los mejores libros infantiles del mundo por la Biblioteca Internacional de la Juventud (Alemania, 1997 y 2006) y otros ocho han obtenido el premio La Rosa Blanca.

    Para mí, escribir y viajar son una misma pasión. Después de recorrer toda Cuba y de haber vivido en Cruces, Santa Clara, Santiago de Cuba y La Habana, comencé un periplo internacional por las Américas y Europa, con residencias en Río de Janeiro, Copenhague, Buenos Aires y París.

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    De mis libros cercanos

    La leyenda de Taita Osongo fue el tercero de mis  libros aparecido en una lengua extranjera (Ibis Rouge. Guayana Francesa, 2004) antes que en castellano (Fondo de Cultura Económica. México, 2006). En Cuba se lo conoce gracias a la edición, de solo 800 ejemplares, realizada por la editorial Capiro en 2010 y, sobre todo, por la cuidada versión de Ediciones Matanzas (2014) que me dio un octavo premio La Rosa Blanca. Es probablemente mi mejor libro; por lo menos, es el más comprometido con mis raíces afrocubanas y con la historia mestiza de Cuba. Publicado también en Brasil y Argentina (17 mil ejemplares para las escuelas públicas de esa nación), la segunda edición francesa (2017) me permitió extender a Wifredo Lam, con mis ilustraciones, el homenaje que el texto ya había hecho a Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso y Lino Novás Calvo.

    Estaban abrazados y de pronto se estremecieron. Acababan de sentir por primera vez que sus cuerpos diferentes se confundían, que sus temperaturas y palpitaciones armonizaban. Se miraron. A los dos un torrente de vida les subía por el pecho: era algo maravilloso que parecía querérseles escapar, algo único e irrepetible que no querían perder, que necesitaban compartir. Se apretaron uno contra el otro y unieron sus labios para que aquello que explotaba en su interior no se perdiera. Y el fuego que consumía a Leonel ardió en Alma. Y el fuego que había en Alma quemó a Leonel.

     Concierto nº7 para violín y brujas (FCE. México, 2013; Cauce, 2014; SESI-SP, Brasil, 2017) es muy diferente del anterior: una noveleta fantástica en torno a un violín diabólico que a lo largo de cuatro siglos y tres continentes, desata muertes, desastres y hasta revoluciones en su paso las manos de un príncipe-mago  a un clan de brujas. Es un libro de prosa cuidada, poética, con variaciones de estilo en cada uno de sus cuento-capítulos, pero con un claro predominio del misterio y la imaginación.

     Cadalso Fatal miró a la multitud con un ojo y al violín con el otro. Sonrió con sus colmillos de vampiro y la multitud se echó a temblar; infló sus músculos de mastodonte y la multitud tembló todavía más. Pero entonces recordaron que era el Stravidarius el que recibiría los mortíferos hachazos, y se pusieron a aplaudir. ¿Quién mejor que aquel espantoso verdugo para infligir al violín infame el castigo que merecía?

    En medio de un reverente silencio, el musculoso verdugo levantó su hacha de hierro y descargó un golpe bestial sobre el violín. El hacha se rompió y el violín no sufrió ni un arañazo. El musculoso y mal encarado verdugo levantó su hacha de acero y descargó un golpe fenomenal sobre el violín. El hacha se rompió y al violín no se le partió ni una cuerda. El musculoso, mal encarado y enfurecido verdugo levantó su hacha de titanio y descargó un golpe demencial sobre el violín. El hacha se rompió y al violín no sólo no le ocurrió nada, sino que dejó escapar un chorro de notas que pulverizaron todos los vidrios de la vecindad.

    El general-presidente no se dio por vencido y, olvidando que ahora tenía voz de niñita, ordenó con furiosos chillidos:

    – ¡Tírenlo al tanque de ácido!

     

    Tito y su misteriosa abuela (Gente Nueva, 2015), incluye dos noveletas: “Tito, aprende a volar” (que  como “Vuela, Ertico, vuela” alcanzó dieciséis ediciones en España) “Tito y el amigo misterioso” (ahora en el Fondo de Cultura Económica como “Tito y el misterioso Amicus”). El héroe es un niño tímido y de poca autoestima al que le cuesta hacer amigos. En ambas aventuras, la magia interviene en la realidad; pero el primer relato es más ligero y fantástico, y el segundo más grave, abordando temas como la muerte y la soledad de los ancianos, sin abandonar humor y fantasía.

    –¡Bravo! ¡Subiste solito!

    Amicus estaba un poco más arriba. Colgaba de una rama bastante delgada, y con una sola mano.

    –Si te caes, vas a romperte un hueso –le advirtió Tito.

    –¡Na! –respondió Amicus y abrió la mano.

    Aterrizó justo al lado de Tito. Su agilidad era impresionante, pero más extraordinario fue que, en el instante que duró su vuelo, había pasado de chico de diez años a adolescente con un asomo de bigote. Sus ojos brillaban tanto que Tito tuvo un escalofrío y se echó hacia atrás instintivamente.

    Amicus soltó la carcajada. Aunque había una nota de reproche en su voz cuando dijo:

    –Si hubieras hecho igual, la otra noche en la piscina, no hubieras conseguido atravesar el túnel y ahora no estarías esperando la visita de tus nuevos amigos.

    Pero Tito estaba tan impregnado de la personalidad de Amicus que no se dejó apartar de lo esencial.

    –Ya sé por qué te llamas A.M.I.C.U.S., pero todavía no sé quién… ni qué eres.

     

    Taita Osongo: el camino del monte (Gente Nueva, 2016) trae de regreso al protagonista de mi novela afrocubana. No se trata de una secuela, sino de un relato paralelo, destinado a niños que todavía no tienen edad para la novela. Este cuento pudo llamarse “El camino de la libertad”, pues relata cómo, tras 15 años esclavizado, Osongo recibe el plazo de tres días para llegar al monte y vivir libre. En el camino se encuentra, a la manera tradicional, con tres personajes (un guije sin charco, una lechuza que ignora la noche y un majá con patas) a quienes ayuda y que, en el momento oportuno, le devolverán el favor. Es mi primer libro cubano como autor e ilustrador impreso a color… aunque la calidad de impresión me dejara muy insatisfecho.

    Taita Osongo se arrodilló y le preguntó:

    – ¿Que te ocurre, hermano?

    – He sido expulsado de mi mundo y voy a morir.

    –¿Cómo puedes añorar así tus cadenas? –se asombró el taita.

    –Yo nunca he cargado cadenas –respondió el hombrecillo.

    –Pero tu amo te castiga duramente.

    –Yo nunca he tenido amo.

    –¿Y de qué te quejas, entonces? –exclamó Taita Osongo–. ¡Eres un hombre libre!

    –Libre era cuando tenía mi laguna. Pero el hacendado cogió agua para regar sus campos de caña, cogió agua para regar su plantación de tabaco, cogió agua para regar también sus cafetales… Mi reino era cada vez más pequeño, pero no quise abandonarlo. Y ahora no me queda siquiera un poco de barro para protegerme del sol.

    Entonces Taita Osongo comprendió que no le hablaba a un esclavo, a un negro libre o a un cimarrón. Aquellas orejas puntiagudas, aquellos cabellos como algas, aquella piel escamosa… ¡Claro! ¡Era un güije…!

    Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho (Editorial Capiro, 2017) es mi primer libro narrado en primera persona. Son cuatro cuentos policíacos en gran parte inspirados en tramas y personajes de Arthur Conan Doyle. Los dos protagonistas, versiones cubanas, actuales y juveniles de los famosos Holmes y Watson, desentrañan misterios donde el humor y la intertextualidad se combinan con una reconstrucción libre de la ciudad de Santa Clara. Es mi tercer libro cubano como autor e ilustrador.

    El patio era pequeño, dominado por un árbol frondoso que desperdigaba unas bolitas oscuras, parecidas a granos de café, sobre la tierra desnuda. Además del perro, el escritor tenía unas gallinas que ignoraban aquellas bolitas, pero acribillaban el suelo con uñas y pico, en busca de insectos. Mientras el inspector hablaba, Sheila había inspeccionado el lugar.

    –El ladrón es un tipo muy ágil –dijo–. No debe ser alto. Sus manos son grandes y sus pies, pequeños. Se valió del árbol para saltar la tapia… ¿Qué hay al otro lado?

    –Un estacionamiento –respondió Estrada–. Vengan, vamos a echar un vistazo.

    El inspector nos hizo pasar delante. Yo giré la cabeza y lo vi escudriñar el suelo, tratando de interpretar las huellas que mi genial amiga acababa de leer tan fácilmente como una página impresa en letras mayúsculas.  

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