Yunier Riquenes García Coordinador editorial
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Selección de poesía del libro “Lupus” de Eduard Encina




  • Lupus

    Dicen que el enfermo soy yo.
    Lo pronuncio y un perro mea.
    La enfermedad es un bien. Extiende sus manchas en mi rostro
    para que sea diferente, ¿para que me vea diferente? Manchas
    en el rostro de un hombre que odia las manchas.
    En eso consiste: un perro mea y yo odio.

    Después viene G
    a decirme un salmo que debo conservar antes que el agua extienda
    un círculo entre nosotros, de sangre y alcohol,
    un círculo a chorros
    violetas
    violetas
    violetas
    un gran hematoma sobre nosotros.

    La calma crece
    borra las huellas de lo que perdimos, porque la cosa es hereditaria.
    La enfermedad es un bien. La cabeza en su lugar, aunque escasea
    el cabello y por los rincones los niños doblen pájaros de papel.

    G es mi mujer, mi enfermedad.
    La sombra del día pesa menos. Tengo hambre (dice), no te pongas
    a escribir. El hambre se cura, pero las palabras no. Si ella tiene hambre, tiene poesía o al menos una necesidad que no la traicione.
    En eso consiste: miras el país y tienes hambre /miras y puja la sospecha
    de que la cosa es hereditaria.

    Todo está en articular
    el estrés,
    en desarticularlo.
    Cerrar los ojos (no pasa nada),
    aunque pase no pasa
    articular
    desarticular.

    Hay problemas con el sol
    no jodas
    lupus eritematoso sistémico
    hay problemas
    articular
    desarticular.

    No pasa nada.

    Sueño con la nieve,
    es una enfermedad, los copos allá fuera comiéndose el día, pero estas úlceras no dejan que el sueño avance. Mi cuerpo es una llaga que pasea por el mundo, hay diferencias entre mi cuerpo y yo, pero nos entendemos.
    Es así:
    articular
    desarticular
    un flujo en la medida
    un flujo
    una alteración del no sé qué.
    Me dijo que no lo escribiera
    morirse es algo personal (lo dijo)
    algo que no se comparte.

    Quieren separarnos
    extirpar las palabras que sembramos a la sombra del minuto malo.
    Ser enfermedad o ser enfermo. Lo que invierte el sentido no es la posición,
    sino el peligro de estar frágiles, acostumbrarse al vacío por donde pasan
    los cadáveres
    de uno en fondo
    sin levantar los ojos
    los cadáveres
    de uno en fondo
    como úlcera en la lengua, ¿en el corazón?, como úlcera sembrada
    en el silencio de todos.

    Saulo de Tarso
    Pablo el Apóstol
    invertir el significado y no el cuerpo que oscurece cada vez que el cuerpo recuerda. Hoy somos enfermos, ayer hijos que no se creyeron parte alterada ni linaje ni ralea, hijos pegados al susto de la sangre, deprimidos, falsos hijos, esteroides cuando el mutismo se repliega,
    mutismo-absceso /mutismo-manchas.
    La enfermedad es un bien.

    Una biopsia,
    un pedazo de carne, un pellizco rápido, sin lástima.
    Hay quien se adapta a la sangre del otro: el perro, el viscerador, el corte fiel.
    Estética del corte
    simulación
    ¿Cura?
    simulación
    estética del corte.
    G y yo contra lo racional dispuestos a no escuchar la queja
    miedo
    miedo
    miedo
    una gran impotencia sobre nosotros.

    Si respiro los dolores reaparecen
    un dolor + otro dolor.
    Aguantamos. Hay quien le llama resistencia, hay quien le llama sacrificio,
    pero es sordera, mareo, desencanto.
    Me asomo a la ventana y el paisaje no se mueve,
    aparenta nubes de concreto sobre campos de concreto. Ella lo advierte:
    «mejor cerramos: la ventana asusta y afuera el sueño se detiene».
    Dobla el papel. Piensa en la cloaca que hay dentro de mí. Eso la aleja
    de la escritura, pero no del golpe que nos une.
    Dentro repartimos calvaril/ la enfermedad ayuda/ el temor ayuda
    G lo advierte:
    «mejor cerramos: la ventana asusta y afuera el sueño se detiene»
    trac
    y el sueño,

     

    Hurto y sacrificio

    Con el dinero de un premio literario
    compré un caballo para mi padre.
    Quedó sin trabajo y el penco
    le ayudaría a olvidar.
    No iba a entender que el dinero
    lo gané con mis poemas
    ni que un poeta tiempla el nervio nacional.
    «Di un palo en la bolita, le dije,
    soñé con Mariela y jugué el 31»
    Para entonces él decía: «un país
    se hace en el cañaveral».
    Y era cierto,
    a Mariela le gustaba abrir las piernas
    y gritar entre las cañas:
    «haremos diez millones»,
    y yo le daba duro para cumplir la meta.
    Mariela era la mujer de mi padre,
    una putica ahí por la que un día
    mi madre, como una tojosa triste,
    se dio candela.
    La maniobra del caballo era infalible.
    Mariela lo miraba y sentía entre sus piernas
    el jugo de la caña,
    mi padre lo miraba convencido de que un país
    es nada sin un ejemplar como ese.
    Revisando algunas fotos de mi madre,
    me dio por escribir este poema
    y sentí unas ganas enormes de matarles el caballo.

     

    Perro

    Para Diana y Arnoldo.

    Tiene aún el trozo de pan
    en la boca,
    algo en él
    la «cosa humana»
    lo detuvo frente a nosotros.
    Ni un gesto
    ni la mano que lo agraciaba
    logró conmoverlo.
    Agarró el trozo de pan
    que le lanzamos y huyó;
    pero al ganar la calle,
    la goma trasera
    la melliza de una camioneta,
    lo dividió en dos partes:
    pan y sangre.
    Ser perro fue
    su peor enemigo.

     

    La placenta

    La enfermedad (como la belleza)
    es un bien,
    nadie la conoce, nadie la ve, nadie la merece,
    tan grande que no la percibimos,
    es de todos
    un pedazo de cosmos que vive en mí
    y no hay cómo huirle al paso de los trenes en plena madrugada,
    si junto a los cimientos una sustancia
    v o l á t i l
    se mueve.
    es una imagen que insiste:
    los jugos marginales intentando explicar esencias que no poseo.
    Tengo dos calmas
    dos sentidos
    dos tumores
    un pan que llega tarde.
    La enfermedad es un invento mío
    cuando pienso en el ascensor donde
    abrió los ojos con el mundo en fuga,
    pero yo no era el poeta
    sino parte del dolor,
    la circunstancia saliendo por la boca, la nariz,
    el miedo
    v o l á t i l
    de mi madre.
    Yo creía en Dios,
    yo creía en las palabras,
    era un feto, una piltrafa renuente al gancho ciego que la desgarró.
    «Suerte y verdad».
    Le dijeron que no tenía nada adentro,
    entonces supe que fui nada desde el principio,
    un recuerdo de mí, «una imagen difusa»,
    tal vez un error.

     

    Anticuerpos

    Harto de ser el que pone la espalda
    y todo pre-existe
    de sentir esas muchachas
    sus pieles contra los bordes
    sus alondras infinitas
    siempre harto de lo semejante

    ¿por qué todo lo semejante?

    hay algo en mí que se despide
    prometieron la tierra lo intocable
    y me creí ese violín donde la mano se agota

    muy cerca parece comenzar el mundo
    muy cerca están cambiando el cielo
    cierro los ojos
    nadie entiende esas figuraciones
    no sabe nadie qué es el cielo
    estoy harto de ser nadie
    cantor / semejante
    en el silencio de su bestia
    hacia la inagotable pose de la hermosura
    no estuve en sitio alguno antes de ganar
    este cuerpo
    no he sido pez no he sido alga siquiera
    toda medida comienza donde estoy harto
    y los ungüentos de la hierba amenazan el tarot
    hay algo en mí que desconoce cuán necesario
    es amar el obelisco de la discordia
    la escasa libertad
    si caer parece el definitivo diálogo
    que va a desmentirme

    ¿en qué otra iluminación volverán los temores
    a la imagen horrenda de la Madre?

    el cielo me aplasta
    soy un falso techo un invento de mí mismo
    que ronda la mitad donde la palabra
    se diluye
    hay algo en mí que se expulsa
    ciertas aves que dejarán la sorna
    el dolor de la escritura derramándose
    adentro
    donde todo cae se escurre no significa

     

    La poesía de Eduard Encina (Baire, 1973), más que con palabras, está escrita con verdad. Sus versos destilan esa sustancia, ora terrible, ora luminosa, sin la cual el hombre andaría a tientas por el enrevesado mundo. Confesional, lírico sin lacrimosidades, con una clara conciencia de pertenencia a un territorio y a un legado cultural, cada libro suyo representa un intento por ahondar en la circunstancia ontológica del cubano de ahora.
    Sobre su oficio Encina ha dicho: “La poesía no sirve como bálsamo, sino como herida infestada, como pierna que hay que cortar. No creo en la idea edulcorada de la literatura en medio del caos, la poesía también es caos. Construir zonas de fe es trabajar con la memoria, despojarla de lo verborreico, lo tullido, y recuperar la libertad individual para poder participar en el sueño de todos. Una zona de fe es un territorio libre de apatía. ¿Cómo detener el desánimo, la abulia? ¿Cómo entenderse con la realidad sin participar? Esa es la resistencia”.
    Poeta de la mal llamada periferia, desde su Baire natal, municipio de Santiago de Cuba, desmiente, primero con su obra, que el provincianismo sea una fatalidad; piensa, con razón, que es una actitud mental: “No se hace literatura desde una entidad geográfica, sino desde una parcela espiritual que se rompe y se cultiva en el ardor de la cotidianidad.”
    Encina es autor de los poemarios De ángel y perverso (2001), El perdón del agua (2005), Golpes bajos (2004), Lecturas de Patmos (2011) y Lupus (2016). También cultiva la prosa y la literatura para niños. Ha sido merecedor de múltiples reconocimientos en certámenes nacionales. (AF)
    Estaremos encantados de escuchar lo que piensas

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