Nuestra verdadera disidencia

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Conversación con Alberto Garrido.

 Alberto Garrido regresó a Santiago de Cuba, su tierra natal. Enseguida lo abordé para conversar con él, porque sigo su obra literaria. Traía entre sus manos el más reciente Premio, esta vez de poesía. Alberto se ha perdido del panorama literario cubano, dice alguien, pero yo no estoy de acuerdo. Garrido está, sus libros están muy vivos. Son libros que hablan por sí solos, que al paso del tiempo, siguen con la misma vida.

Alberto Garrido llegó a Claustrofobias y confirmamos la nueva edición de El muro de las lamentaciones, su premio Casa de las Américas, un libro de cuentos a tener en cuenta en la literatura de nuestro país. Y comenzamos a trabajar la edición digital por Ediciones Claustrofobias, para lectores de todo el mundo. Y claro, aprovecho para volver a conversar con Garrido y entregarle algunas referencias que se han publicado acerca de su obra en Cuba.

El Premio Casa de las Américas…

El premio Casa de las Américas de 1999, fue un premio importantísimo. En primer lugar, fue algo simbólico que cerrara el siglo con un premio que había ganado por primera vez José Soler Puig, en su primera edición con Bertillón 166, y otro santiaguero lo cierra con un libro de cuentos. Y no por gusto está dedicado al viejo Soler, porque realmente uno fue deudor de ese personaje mítico que uno veía en el balance de la Uneac, con ese cigarro que parecía un florero humeante.

Él nos alentó mucho a escribir, a defender desde el Santiago inventado como él lo inventó también en la literatura. El premio Casa es un premio importante que anhelábamos. Yo recuerdo que cuando estaba en el Cuqui Bosch siempre veía las ediciones del premio Casa de las Américas, especialmente recuerdo Taberna y otros lugares, que de alguna manera he parodiado en el cuento “El muro de las lamentaciones”; y yo decía, quiero ganarme algún día ese premio. Realmente el premio Casa ha agrupado a la intelectualidad latinoamericana desde sus disidencias con encontronazos, con desencuentros, con amores, con rabias, pero ha sido realmente un espacio para toda Latinoamérica y realmente fue una enorme satisfacción incluirme en ese vastísimo número de escritores latinoamericanos.

¿Qué propones con El muro…?

El muro… surge en un momento muy difícil de la vida cubana, pleno periodo especial donde las carencias, las necesidades, hacían que no pensáramos mucho en otras cosas, sino en cómo vivir el día, qué comer ese día en medio de situaciones tan difíciles donde todo empeoraba, donde no había luz al final de túnel. Yo quise escribir un texto y un libro que de alguna manera repitiera esa vocación por la vida y por la esperanza que tuvo Giovanni Boccaccio cuando escribió sus cuentos del Decamerón: en medio de una peste que azotaba toda Europa estos jóvenes que se reunieron a sobrevivir, pero al mismo tiempo a vivir esperanzadoramente sus vidas, a través de las vecindades del amor, del sexo…; la muerte también, pero descubriendo que había una posibilidad más allá de las carencias y las miserias materiales.

En El muro… quise hacer un rejuego con el pastiche, con la intertextualidad, otros textos latinoamericanos y cubanos para ofrecer esa posibilidad que tenemos de alguna manera de salvarnos desde la misma literatura.

El erotismo…

El erotismo es uno de los grandes temas del hombre y somos realmente seres muy eróticos. Los seres humanos, las vecindades del erotismo y de la muerte no están bien estudiados, pero indudablemente se confunden y fluyen de un lugar a otro. Decía Borges que uno está escribiendo sobre algunos temas siempre: el camino, la vida, la muerte, el erotismo, la guerra… ¿por qué escribo y el erotismo suele visitar mis páginas?: no lo sé, es algo que viene a uno; tal vez sea erótico por la forma de ver o de pensar, pero yo creo que eso que nos diferencia nos hace también especiales dentro del reino de este mundo. Y hay que cantarlo, y hay que contarlo; o sea, que es algo que asumo naturalmente como una obsesión y que simplemente trato de escribirlo lo mejor que pueda, ahora, ¿por qué?: no lo sé. Decía Hemingway que hay tantas razones por las cuales escribimos que nosotros mismos no sabemos que tal vez esa sería una de ellas. Ahora, claro que no solo soy un escritor erótico, hay muchos otros temas que también están en mi obra y que son tan importantes como el erotismo.

Narrador, poeta, ensayista…

Siempre he pensado que cuando escribo cuentos o novelas estoy siendo un voyeurista, estoy mirando las habitaciones de los demás, estoy fisgoneando en la vida de los otros; como poeta intento mirarme hacia adentro, o sea quien quiera descubrirme debe leer mi poesía, aunque en el fondo de cada texto creo que está el poeta. Es una mezcla rara lo que las estructuras creo que te demandan, o sea los temas, las historias te demandan una estructura, poética o narrativa o ensayística, porque si lo miro bien los poemas míos son historias también, y detrás de los poemas hay mucha tropología, mucho simbolismo, muchas segundas lecturas, por debajo, creo que Borges o Piglia, no sé; o Piglia dijo que Borges había dicho que detrás de todo buen cuento había una historia que se contaba por encima y otra que fluía por debajo, y que esa era la verdadera historia, y lo he tratado de hacer en los cuentos, a través de esa tropología poética, pero al mismo tiempo la poesía son cuentos, yo creo que mis poemas son cuentos que necesitaron contarse de esa manera, pero siempre haciendo esa distinción.

Cuando escribo narrativa, miro a los demás, así que tengan cuidado con sus vidas. Y cuando escribo poesía me estoy descubriendo yo, me estoy desnudando a mí mismo. Los ensayos son realmente homenajes que le hago a esas personas que de alguna manera han escrito textos que me han iluminado o me han puesto en total oscuridad, en un total desamparo personal, pero que han sido mazazos literarios que han influido en mi vida como ser humano y como escritor. Entonces realmente cuando escribo ensayos lo que intento es homenajear a los padres literarios que he tenido y que tendré toda la vida.

Reeditar El muro… después de algunos años…

Es un reencuentro con los lectores cubanos… Es un regalo para que puedan tener este libro, para que puedan disfrutarlo, para que puedan molestarse, enojarse, para que puedan conmoverse, con uno de los libros que a mí me ha dejado más satisfecho como autor.

Lo releo ahora, diez años después, y me parece tan vivo, me parece tan interesante, tan transgresor, tan disidente, como en el momento cuando lo escribí, y realmente creo que será una experiencia que podrá disfrutarse en cualquier parte del mundo. Hay textos que en cualquier geografía podrán ser leídos y podrían sacar o incorporar experiencias vitales a esos cuentos, porque no están escritos en un marco nacionalista, ni en lo temporal, ni en lo geográfico, sino que estas historias calan en cualquier hombre, en cualquier época.

Háblame otra vez de José Soler Puig: a veinte años de su muerte, treinta de recibir el Premio Nacional de Literatura, y cien años de su nacimiento.

El viejo Soler es como mi bandera cuando no puedo escribir. Recuerdo sus manos largas y temblorosas, su enfisema, su voz rota y también sus libros vivos y su corazón abierto para defender siempre la obra de los jóvenes, especialmente de los que peleábamos con la de palo desde provincias. Saber que después de los cincuenta empezó a publicar sus grandes novelas, especialmente ahora que estoy a punto de cumplirlos, me alienta a pensar que lo mejor está por venir. Nunca él fue cómodo para nadie, y en eso me siento identificado con su manera de vivir. Si Santiago de Cuba cambiara de nombre debería tener el suyo. Lamento no haber tenido el descaro que tuvieron Aida, Jorge Luis y Amir para acosarlo y sacarle el jugo (lo digo en el mejor sentido) pero si tengo para con El Viejo la misma gratitud, el mismo asombro ante su grandeza. Es uno de los cuatro o cinco verdaderos grandes novelistas que ha tenido el país en todos los tiempos, y uno de los más grandes de Hispanoamérica. Releo Un mundo de cosas y El pan dormido cada cierto tiempo, y se rehace Santiago en el oscuro esplendor de mi memoria.

La literatura…

La literatura sobre todas las cosas es un misterio, a veces una maldición, a veces una bendición. Yo que no he sido el mejor amante (porque la he tratado muchas veces como una amante, no como un sacerdocio, que es como debería tratarse), confieso que aunque no quiera vuelvo a ella. En los años 90 yo vendí mis libros, porque me decepcioné de todos: de Hemingway, de Faulkner, de Carpentier, de Borges. Los vendí todos, porque decía: si no comemos, para qué me sirven. Pero una vez que pasamos ese instante de necedad volvimos a ellos y empezamos a recuperar todos esos libros. La literatura es un espacio de libertad personal. Es nuestra verdadera disidencia sobre la tierra, y el espacio donde somos verdaderamente libres.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez

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