Entrevista

La historia de amor de José Soler Puig

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Hace algunos años pasé por casa de Cecilia Martínez (Chila) para coordinar el evento Soler, pero fui pensando en una conversación sobre cuestiones que bien saben las esposas de los escritores. Y desde mucho antes había formulado un cuestionario. Acordé ir un día y no pude, y llamé a Chila, había pasado toda la mañana esperando, incluso le había subido la presión. Me dio mucha pena y lo pospusimos para el día siguiente.

Antes de salir de casa revisé la grabadora y funcionaba bien. Llegué antes de la hora precisada, casi media hora antes. Me pidió permiso para arreglarse y vino. Su hija Caty estaba en el fondo de la cocina. Le aclaré que no se preocupara, iba a ser una conversación común y corriente. Me trajo algunas revistas donde aparecían entrevistas a José Soler Puig, ya le había comentado mi interés de recopilar las entrevistas.

Saqué la grabadora, la probé y no quiso grabar. Sudé frío y caliente, ¿cómo le explicaba esa cuestión de tecnologías avanzadas? Me preguntó ¿qué pasa, no graba?, y le dije que en la mañana la había probado y entonces… revisé las pilas, la trasteé un poco y nada. ¿Tienes lápiz y papel? Sí. Entonces vamos a hacerla así. Y como siempre que puedo traigo hojas limpias, saqué bolígrafo y papel y comenzamos. Se sentó cerca de la puerta para sentir menos el calor. Sostuvo en su mano un abanico. Tenía muchas preguntas, pero quise saber cómo había sido el matrimonio:

“Tuvimos 52 años de matrimonio. Si las relaciones eran buenas era porque él era de carácter fuerte y yo también. Ni él me gobernaba a mí ni yo a él, porque cuando me hablaba si tenía razón, me callaba; si no tenía razón, yo hablaba. No fue una pareja de esas románticas, pero sí muy estable. Porque cuando no tenía razón yo le explicaba los porqués, incluso me pedía perdón.

Si llegábamos a discutir, que nunca fueron pleitos fuertes, se ponía la camisa, salía a la calle y regresaba a los quince minutos. Le preguntaba si iba a comer y me respondía, entonces todo terminaba. Él era muy tímido, pero cuando tenía que decirle la verdad a cualquiera se la decía a quien fuera”.

“La vida de nosotros fue muy variada en el sentido de que nunca vivimos en el mismo lugar. Vivimos en Santiago, Guantánamo… Sin saber salimos el 30 de noviembre de 1956, llegamos a la terminal bajo los tiros. Magín, su segundo nombre, fue fundador del movimiento. Viajaba de Santiago a Guantánamo por acciones del 26 de julio. Yo le preparé un maletín con los bonos. Una vez, cuando entró el guardia a revisar se levantó para que le revisaran el maletín. Se puso de pie y se dio un golpe en la cabeza. Cuando lo da es porque no tiene nada, dijo el guardia; y sí tenía”.

“Después de un año me dice me voy para la Sierra, le pregunté cómo, me vas a dejar con los muchachos sin nada. Tú no ves que tienes mucha edad para irte para la Sierra. Uno de los Morcate que trabajaba en el Ayuntamiento habló con él porque otro hermano tenía una fábrica de aceite en la Isla, era químico, y nos fuimos para la Isla y trabajó en la fábrica de aceite. Ya había escrito Bertillón”.

“Pasamos la salida de Batista en la Isla, pero no pudimos venir a Santiago enseguida. Tuvimos un tiempo por allá hasta que se organizara un poco el país”.

Chila me dictaba lentamente, pero a veces se emocionaba y yo tenía que apurar el pulso. Tuve que poner el oído bien cerca para no interrumpir nada, para que no se sintiera incómoda, a veces me hacía comentarios al margen y me decía eso no lo pongas ahí.

Detrás de mí había una pieza con la figura de Soler, parecía que nos estaba escuchando, parecía que Chila lo miraba de vez en cuando con el mismo amor y la misma ternura de toda la vida. Decidí preguntarle cómo lo ayudaba en el proceso de escritura…

“Me preguntaba sobre cocina, cómo se hacía todo”. Y Una mujer…

Estaba mal, no se podía concentrar, un aerosol por la mañana y otro por la tarde. Lo estuve ayudando hasta el último momento. Entonces le dije por qué no haces una novela con todas las cosas que te he contado de mi vida. ¿Tú harías eso? Y se iba a caminar. Le grabé dos casetes de cara y cara. Cuando comenzó a pasarla me preguntó con quién yo hablaba porque hacía diálogos. El problema es que quería hablar con alguien y me puse la grabadora como receptor; y él dijo que yo se lo estaba contando a él.

Somos tres hermanos: dos hermanas y un hermano y puso una hermana para ponerle Una mujer, por lo que había hecho mi papá.

Chila tocó madera. Yo soy dura. Nunca lo he leído.

Se quedó mirando fijo hacia fuera. No permití que los recuerdos hicieran de las suyas, agitó más el abanico y me dijo que el termómetro dentro de la casa había marcado el día anterior 31 grados celsius. Hice un paneo por la sala y quise saber sobre el Premio Casa de las Américas…

“Estábamos en Santiago. Caminaba de un lado para otro, de un lado para otro. Lo llamaron, vinieron y se fue con ellos. Era el principio de la noche, con ese premio nos mudamos porque no teníamos nada”.

Suspiré profundo. La carrera literaria es dura, pero algunos pueden llegar a conseguir algunos de los sueños, aunque la carga sea tan pesada. Aprecié que a medida que conversábamos Chila había cambiado de semblante y no quería presionarla más. Las respuestas iban acortándose. Le comenté que había hecho mi tesis de diploma sobre Jorge Luis Hernández y que sabía de su relación con la casa…

“Jorge Luis tenía diecisiete años cuando lo conocí, era como un hermano de mis hijos. Había terminado cuarto año de bachillerato y trabajaba en la radio y le pregunté por qué no terminas el año; y me dijo riéndose lo voy a hacer por usted. Y se graduó de ingeniería eléctrica, la relación entre Magín y él se caracterizaba por la sinceridad.

Decidimos parar. Le pregunté por una pintura en otra pared y me comentó que la había hecho su hijo Rafael, pintaba como hobby. Caty vino desde el fondo de la cocina con un vaso de agua que le pedí. Le hice alguna que otra pregunta capciosa y me las respondió con el silencio y alguna mirada.

Le di las gracias a Chila y salí con la esperanza de recordar a uno de los mejores escritores de Hispanoamérica en una jornada de noviembre. Un noviembre que acogía su cumpleaños 90. Afuera miré los edificios y gran parte de Santiago, la ciudad adorada de Soler, pensé en Chila, recordé por razones obvias, a María Kodama y Ugné Karvelis. Esta era, es la historia de amor de José Soler Puig.

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Consejo editorial compuesto por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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