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Según pasan los años

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Para Gilber, para su padre

Bastó solo con leer el nombre de ese cuento para que me dijera, bajando el libro del horizonte de mi mirada, Yo lo conozco, lo leí. Y la respuesta llegó inmediatamente: Claro, así se llama el primer libro de Leonardo Padura que leí, como ese cuento. Según pasan los años…

Volví a leerlo como si fuera la primera vez. Aunque si lo pienso un poco siempre que se lee es la primera vez: los lectores ya no somos los mismos, el libro tampoco es el mismo.

Releer es reencontrar y reencontrase. Descubrirse otro y, verificar, que en la lectura no importa que el tiempo pase: siempre es el primer día y, entre más pasen los años, leeremos mejor porque hemos permitido que el tiempo se haga uno con nosotros y nos dibuje arrugas en la cara y nos haya enriquecido y cambiado para que podamos ver de otra forma, leer con otros ojos: los del que recuerda y trae del pasado lo que ahora es para crear una nueva historia. No sé si mejor o peor. Más rica, más honda, más entrañable. Más…

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¿Padura?

Nunca había escuchado decir ese nombre antes. Nadie me lo había dicho. Era mi séptimo viaje a Cuba: noviembre de 1998. El primero había sido en abril de 1995. Han pasado ya veinte años… Veinte… Ya me había creado una vida cotidiana en La Habana. Una vida hecha a la medida de mis necesidades y expectativas: no muy grande, modesta, sencilla. Reconocible y recorrible a pie. Una vida para ser andada.

Y uno de los espacios de entonces (y aún de ahora, aunque no tanto) era la Plaza de Armas a la que iba, con frecuencia, a mirar libros y a conversar con los amigos que iban siendo. Los que iban apareciendo y desapareciendo espontáneamente.

¿Se acordará de mi todavía, Álvaro?

Uno de ellos había sido, antes de librero, ingeniero. Y había estudiado en Hungría. Y no podía recordar cómo se llamaba un colombiano al que conoció en esos años. Cuando supo de dónde yo era me contó vertiginosamente de esa amistad en Budapest. Quería saber qué fue de él. Dónde estaba. Qué hacía. “¿Se acordará de mi todavía, Álvaro?”. Un día comenzó a acompañarlo en su puesto de libros usados su hijo. Era un muchacho delgado y fuerte. Hablaba muy rápido y me costaba mucho trabajo seguirle la rima. Sonreía mucho, eso lo recuerdo. Y miraba golosamente a las mujeres que pasaban. Como yo. Me preguntó una vez si en Colombia se conseguían atlas. “Quiero tener uno y acá en Cuba no se encuentran”. “Claro, se consiguen, no te preocupes. Yo te voy a traer uno en mi próximo viaje”.

No sé si es en la manera en que digo algunas cosas o que los cubanos tienen mucha fe, pero saben que voy a cumplirles, que no voy fallarles, que su encargo no se me va a olvidar. Cuando volví le entregué un atlas que pesaba una tonelada: “Este es el mío, quiero que tú lo tengas ahora”. Él lo miró como si estuviera viendo lo más grande, caballero. Me dio un abrazo fuerte. Los cubanos son muy abrazadores. Su padre ese día no estaba. Y tomó un libro de los que tenía a la venta y me lo extendió: “Ten, Álvaro, este es un escritor cubano muy bueno. Te va a gustar. Te va a mostrar muchas cosas de la realidad”. Y, sacando una pluma de su bolsillo, escribió, me escribió:

“Este libro es un regalo a un librero colombiano que nos visita muchas veces aquí a la isla con el cual he tenido muchas posibilidades de intercambiar que tengas muchos éxitos. Gilber”.

Era la primera edición de Según pasan los años, de Leonardo Padura, publicada por Letras Cubanas en noviembre de 1989. Yo también le di un abrazo (uno empieza a cubanizarse sin remedio) y después de un rato, el libro se fue conmigo en mi mochila.

Lo leí de un tirón y me deslumbró y me lanzó a la búsqueda, a la cacería, de todos los libros que pudiera encontrar de ese autor que, en ese entonces, no era tan famoso ni popular y era posible encontrar sus libros con alguna frecuencia a precios razonables. De esos que me gustan.

Padurateca

Lo tomé de mi biblioteca, de la parte de mi padurateca, y lo abrí y pasando las páginas fui encontrando al que fui en cada uno de mis subrayados. Frases que me conmovieron entonces y que aún lo siguen haciendo. Frases que marcan. Que no se olvidan así creamos que las hemos olvidado. Cuando las releo, me releo a mí mismo, y me cruzo con lo distinto y con lo igual. Y con lo que va a ser nuevo, ahora que me siente con él en mi sillón para ser de nuevo los que fuimos: un lector deslumbrado por unas historias que se quedan en el alma del que las lee para ser continuadas y recontadas. Que sugieren y desatan. Que seducen y propician. Y volví a leer el cuento Según pasan los años y me reencontré con una frase que es la culpable de que esté buscando estas palabras que habitan en el fondo de mí: “¿Un viaje a la melancolía?”.

Sí, una memoria de la melancolía (como escribió María Teresa León). A mi melancolía. A mi no poder acordarme en este momento cómo se llamaba el papá de Gilber (que, entre otras cosas, era igualito a Miles Davis, pero con una gorra siempre puesta) pero sí recordar que cuando regresé de nuevo a La Habana (todos los años, sin falta, una dos y hasta tres veces) y el pregunté por su hijo me respondió con una voz suave y cortada: “Lo mataron. Tuvo un lío. Me lo mataron”. Y ante mi silencio asombrado incapaz de articular cualquier palabra, añadió: “

Tú no sabes lo feliz que lo hiciste con el atlas que le trajiste. Lo miraba todo el tiempo. Jamás lo vendió. Yo lo tengo.

Y yo le dije que él también me había hecho muy feliz con el libro que me había recomendado de Leonardo Padura, que sus cuentos me habían encantado y había leído otros libros suyos que me tenían deslumbrado.

Y si mi atlas le abrió el mundo a Gilber, su recomendación lo hizo también conmigo. Los dos nos encontramos para darnos la mano, libreros que somos, que nunca dejaremos de ser, y entregarnos un libro que se convierte en una ruta, una aventura, un destino.

Ya ninguno de los dos está en la plaza. Ni Gilber ni su padre. Hacen parte ya de los que habitan nuestras memorias. Ahora habitan en mí. Y en unos cuentos.

Mi sillón viene y va conmigo, al ritmo de la lectura, al compás del mar que está allá lejos, permitiendo que “el tiempo se deslizara lánguidamente hacia algo desconocido, no deseado, aunque tampoco temido, hacia algún fin”.

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Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

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