La doble circunstancia

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Muchos coincidirán conmigo en que ya viene siendo hora de construir algo así como una fenomenología de la insularidad en el verso pinero contemporáneo, que ―más que ilustrar tendencias poéticas, timbres escriturales y preocupaciones cosmovisivas― devele toda una estructura de pensamiento, con la meridiana coherencia que cada vez más y mejor muestra. Hay, al menos, cuatro razones para ello. En primer lugar, la insularidad es un concepto de amplia raigambre social, económica, científica, ideológica, religiosa, etc. En segundo, algún dato omnicomprensivo tendrá la égida de Virgilio Piñera, cuando reverdece fecunda en esta tierra signada por la esterilidad, donde la palabra «isla» posee connotaciones complejas y multifactoriales. En tercero, la poesía, que como cualquier otra manifestación artística aquí ha tenido siempre a la insularidad como tema esencial, actualmente unifica y diversifica discursos poéticos, alentando un estudio sobre las relaciones entre referente, significante y significado, vale decir: lo insular-pinero como la cosa en sí, el intento de su aprehensión simbólica más o menos acertada, y su consecuente imagen mental. Y en cuarto, tal fenomenología revelaría lo que es, en este municipio, digamos que «a escala de laboratorio», una problemática de implicaciones nacionales cuya observación contribuiría a su esclarecimiento inductivo. «Tarea esta, de sociólogos», dirá el lector, y es cierto, pero de materia prima poética. En esto puede ayudarnos La doble circunstacia, un libro de Ediciones Áncoras de la Asociación Hermanos Saíz en Isla de la Juventud: una antología de jóvenes poetas con los que el gentilicio de «pineros» se define de manera análoga al de «insulares».

Parece que el 1970, año a partir del cual están agrupados cronológicamente y según su fecha de nacimiento estos autores, ofrece puntos de inflexión para una poíesis que descree las utopías socioeconómicas y los referentes literarios más inmediatos. Poíesis como creación sobre todo poética, pero también ―y por lo mismo― como manera de ver el mundo, en todo caso productiva. Y en esto tiene mucho que ver el que todos hayan vivido profundamente la llamada crisis de los 90 cubana. Digo «profundamente» porque el advenimiento del Período Especial, con su intenso dramatismo económico, coadyuvó en ellos, durante los procesos formativos más importantes que tiene un ser humano y que son la infancia y la adolescencia, a una conciencia escéptica, refractaria y, a veces, heterodoxa. Pero la referida década no nos marcó solo a nosotros, sino también al resto del mundo que, en general, no volvería a ser igual. Los años 90 coinciden con el ocaso de lo que Hobsbawn ha calificado como siglo XX corto ―caída del muro de Berlín, fin de la Guerra Fría e inicio de la Globalización―, que removió los paradigmas políticos predominantes desde 1945 para configurar una nueva mentalidad en el sentido histórico: la posmodernidad. Y el desencanto frente a los grandes metarrelatos de la era polar tiene, en el presente volumen, el nombre de cubano y el apellido de pinero. Recuérdese ahora la similitud entre las palabras isla y aislado y la situación en que quedaba Cuba; multiplíquese esto por dos y se tendrá una idea aproximada de la huella que dejó La doble circunstancia del agua por todas partes en estos autores. La sustitución del adjetivo «maldita» del parafraseado verso de Virgilio no atenúa sino que radicaliza el malestar de lo insular, que de geográfico se transforma en ontológico, pues resalta la esencia misma de esta poesía. Maldita se sabe que es la redimensión del aislamiento, que refrenda cada una de las aristas de la vida cotidiana en nuestro municipio.

Pero no siempre fue así; y es precisamente 1970 el hito que une al grupo de poetas aquí reunidos con sus predecesores más inmediatos, que articularon una visión distinta concerniente a lo insular-pinero. Si para estos se trata de una dificultad a evitar: es necesario partir sin pedir permiso, para aquellos resulta el refugio idóneo al que no llega nadie por naufragio. El primer aserto corresponde a Manolito Guillén; el segundo, a Paco Mir, quien encabeza una impresión de la Isla de la Juventud a la que bien pudieron contribuir los reflejos sicosociales de ejecuciones constructivas, contingentes enteros de profesionales que vinieron a trabajar y vivir aquí, jóvenes estudiantes de las más lejanas regiones del mundo, y en general una euforia por el bienestar económico para entonces imperante. El concepto de isla ofrecía un panorama de posibilidades de progreso colectivo e individual, en el que las inquietudes poéticas predominantes implicaban descubrir su lugar en la gramática de un ethos nacional, su particularidad definitoria y su ventaja, en cuyo caso era lo ontológico lo que se transformaba en geográfico, pues toda realidad objetiva de lejanía o aislamiento se definía por otra, subjetiva, que apelaba constantemente al sentido trascendental de las cosas.

No se puede decir, sin embargo, que en La doble circunstancia se ve una generación como tal. Todo juicio al respecto sería apresurado, porque los autores son jóvenes fisiológica y creativamente ―lo que significa que aún están en proceso de definición, a modo intensa búsqueda que nada tiene que ver con el experimentalismo ambivalentemente fructífero que a menudo exhibe la poesía cubana contemporánea―; esquemático, porque, para decirlo abreviadamente, la transición de Paco a Manolito es más bien gradual, con lo que se sobrevalorarían rasgos sensibles solo en un plano de sutilezas que no sabemos a ciencia cierta si serán definitorios cuando en el futuro se hable de poesía pinera; y paternalista, porque no hay entre ellos consenso de pertenencia a grupo alguno ―y hay, proporcionalmente, mucha más diferencia de estilo entre estos autores que la que suele verse en el resto del territorio nacional―. Sin embargo, lo que sí podemos afirmar es que 1970 es la bisagra de continuidad y ruptura entre una manera de entender lo insular-pinero pasada, que sin embargo pervive, y la actual, cuya apreciación sistemática promete las utilidades que mencioné al principio; y que cualquier diferencia de estilo se circunscribe a un marco de identidad común. Pero de todos modos serán el tiempo y los azares del destino los que decidan cuán necesaria y acertada es esta antología.

No crea nadie que la identidad común aquí es monolítica: hay, al menos, tres momentos o grupos ―dependiendo de si se observan cronológica o sincrónicamente―. En el primero se encuentran los poetas nacidos entre el 70 y el 75, a quienes, a pesar del descreimiento unánime, los mueve todavía cierta incomodidad por el presente statu quo ―que genera nostalgia por el pasado y propone posicionamientos éticos concretos―, y una reivindicación de la poesía como útil hecho cultural y social que cualifica. En el segundo están los nacidos entre el 78 y el 84, que asumen el desamparo como parte de una ética que no intenta ofrecer respuestas aunque sí rehacer la pregunta; cuestiona los valores de la Modernidad y ve el ejercicio de la poesía como búsqueda de sentido, porque cree todavía en la naturaleza gregaria de la cultura. Y en el tercero están los nacidos entre el 85 y el 89, para los que la subjetividad es el único espacio posible de conflicto y solución, pues todo responde únicamente a su autonomía; ni siquiera se esfuerzan por cuestionar nada, aunque en el fondo toda reticencia sea también una respuesta, pues entienden al universo en un contexto de complejidades y caos. Desde luego que hay mucho diálogo entre las tres secciones: preocupaciones compartidas como la significación de la historia, los entresijos vivenciales del lenguaje, la actitud frente al presente, la finalidad del acto creativo, los absurdos de la existencia, el paso inexorable del tiempo, etc., y argumentos también compartidos como la intimidad familiar, la apropiación subjetiva de la música y el amor, entre otros.

No quiero dejar de alabar vivamente el trabajo de ilustración de cubierta, contracubierta e interior, obra de un joven, pero muy talentoso, artista plástico nuestro: Adrián Segura Martínez, quien asumió y complementó orgánicamente el criterio que rige esta antología. Sus imágenes resumen, y particularizan en cada caso, la problemática de la insularidad más allá de toda constricción geográfica, legando un tratamiento fino del contenido y responsable de la forma, que ante nosotros se nos muestra en un libro, además de contundente, bello.

Sólo me resta invitar a los lectores a que adquieran un ejemplar y lo disfruten.

A FAVOR:
  • La selección de los poetas

EN CONTRA:
  • Pocos ejemplares en librería

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