Garzón Céspedes: Sobrevivir para la vida

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En el camino de la lectura, como en el camino de la vida, suele ocurrir que, en medio de las breñas y de los paisajes comunes, sobresalga a la vista, de pronto, un follaje de páginas, de palabras distintas, más vivaces, más palpitantes. Esas que de inmediato se consumen vorazmente y sin mezquindad son compartidas con los amigos; esas que luego, mientras se sigue caminando, mientras se sigue viviendo, reaparecen en la memoria sin que uno se lo proponga.

Voy a confesar que recientemente experimenté un hallazgo de esa magnitud, tras caer por primera vez en mis manos la cuentística hiperbreve de Francisco Garzón Céspedes (Camagüey, 1947), sin dudas un artífice de este tipo de narraciones y quien hasta hace poco, lamentablemente, estaba ausente con su ficción de las librerías cubanas, al menos en lo que se refiere a esa zona de su producción literaria, que abarca también el teatro, el ensayo y el periodismo como testimonio y se une a la vez a la obra en el arte oral, al que ha renovado.

La razón de su ausencia en nuestras librerías tendrían que explicarla las mismas casas editoriales de la Isla, a las que Garzón Céspedes, según confiesa él mismo, había entregado algunas de sus propuestas poéticas sin que finalmente fuesen publicadas. Acaso todo obedezca al simple hecho de que desde hace varias décadas Garzón Céspedes resida en España.

El caso es que Garzón Céspedes (“nunca me he marchado”, subraya) se halla de vuelta. Este regreso se ha producido exactamente desde la ciudad de Matanzas, donde primero publicó una plaquette, y más adelante un libro. La plaquette, que se titula Cuentos del contador de cuentos, fue una idea del Comité de la UNEAC en ese territorio y contiene: “Artista”, “Vivencia”, “Interlocutor” y “Vuelo”. Fue preparada por Ediciones Matanzas, que también imprimió su libro Normales los sobrevivientes. Cuentos para dos mordiscos.

Por puro azar, me desempeñé como editor de ambos empeños editoriales. Más que trabajo, resultó placer llevar a cabo el proceso de revisión de los mismos, que además del descubrimiento de los textos narrativos en sí, me permitieron conocer de cerca a Garzón Céspedes. Email tras email fue apareciendo un Garzón Céspedes preciso en sus criterios, y en cada una de sus palabras, pero a la vez abierto al debate, a la sugerencia; un Garzón Céspedes muy respetuoso, muy formal, pero no excluyente del acercamiento, e incluso de la amistad; un Garzón Céspedes con una puntualidad que asombra, pero también bastante tolerante con este ritmo más lento, menos exacto que predomina por acá.

Este texto fue inicialmente un simple cuestionario que le envié pensando en buscar algunos elementos que me permitieran aclarar, completar, ciertas ideas que manejaba mientras preparaba una reseña de Normales los sobrevivientes… Eran simples preguntas, pero las respuestas de Garzón Céspedes las trascendieron, fueron más que simples respuestas, más que material de apoyo, y cobraron fuerza por sí mismas, cobraron cuerpo, se convirtieron en esta entrevista, me dieron otra vez una muestra de su seriedad, de su responsabilidad como escritor, como artista, al que nada le resulta, ni por un solo momento, juego, prueba, término medio. Para Garzón Céspedes lo que es, es.

¿Cuáles fueron sus intenciones al elegir Normales… para incorporarse al diálogo directo con el panorama editorial cubano, con sus lectores y con la crítica en general de acá? ¿Es una actualización de su obra después de cerca de tres décadas sin publicar narrativa hiperbreve en la isla? ¿Una antología?

Si uno es, entonces es quien es donde esté. Siendo un ser humano y no un, digamos: espejismo, quien se levanta será la misma persona con la misma visión del mundo allí donde las circunstancias lo lleven a estar. Cierto que para crear, primero se trata de ser y de estar (así Normales los sobrevivientes) con congruencia y con consistencia.

Quienes me conocen, incluso quienes están al tanto de mi vida y mi obra –soy un personaje público y está documentado que soy para muchos una referencia en algunos órdenes– saben que tengo a Cuba siempre presente con acciones: nunca me he marchado. He residido en más de un país, viajo desde los setenta y por períodos largos desde los ochenta. Durante tres décadas estuve viajando fuera de Cuba y regresando numerosas veces. Ahora habito, primero, por trabajo, y se sumó que por afectos personales, desde hace mucho fuera del Archipiélago con un Permiso de Residencia en el Exterior. Y en estos años en que no he podido físicamente ir, porque por ejemplo llevo sin poder viajar en extenso en avión desde mediados de la década pasada por unas lesiones en la espalda (mi dificultad es para permanecer sentado) he seguido dirigiendo, y donándola junto con la CIINOE y su Delegación en Cuba, la Muestra Iberoamericana de Narración Oral Escénica “Contar con La Habana”, una que con la de noviembre de 2014 hizo que los eventos de nuestra Cátedra en la Isla llegaran a su XXVIII Edición en espacios de la OHCH y del Ministerio de Cultura.

A la par, las principales bibliotecas del país tienen mis libros publicados dentro o fuera de nuestro país porque yo los he ido donando, entre más donado en cuanto a documentación y recursos año tras año. Y cientos y cientos de direcciones electrónicas cubanas reciben donada cada mes prácticamente la totalidad de lo publicado en nuestras Ediciones COMOARTES (desde el 2007 más de 500 títulos de más de 500 autores). Y antes de la crisis económica en España propicié que un buen número de narradores orales cubanos viajara a los eventos que realiza la CIINOE en el exterior, algunos por primera vez. Entre más.

Así que cuando la escritora Magaly Sánchez, de paso por Madrid, me propuso llevar un libro a Alfredo Zaldívar para Ediciones Matanzas, cuyo prestigio desde luego conocía, pensé en reestructurar Normales los sobrevivientes y eso hice. Quise que fuera uno de narrativa por varias razones: porque en Cuba soy más conocido como poeta, dramaturgo y periodista, y como el creador y teórico de la narración oral escénica y juglar; porque en los últimos años he escrito mucha narrativa tanto hiperbreve como extensa; y por mis responsabilidades con el género cuento, uno con el que tanto y de tantos modos he trabajado y trabajo desde la oralidad (y desde la literatura también).

No me decido a expresar que Normales… es una actualización (aunque es actual), tal vez porque mi libro Amor donde sorprenden gaviotas (Letras Cubanas, 1980) –que fue un suceso editorial en Cuba en su momento con elogios escritos de Félix Pita Rodríguez, Mercedes Santos Moray, Salvador Redonet, también Luis Álvarez…, creo recordar– no está desactualizado y es un libro muy apreciado permanentemente; por citar solo sus ediciones impresas: Colombia (1995), España (2003) y (2012), dentro de libros más voluminosos. Y porque lo de actualización quizás presupone un estilo y yo soy –en todo caso– de estilos, aún dentro de un mismo género. Eso puede constatarse dentro del propio Normales… integrado muy a propósito por varias Colecciones de hiperbreves –mientras que tengo otros libros que no, que tienen una unidad temática y de estilo en sí, más allá de que se diferencien entre ellos unos volúmenes de otros.

Mi incursión en este tipo de narrativa es continua desde los años setenta, he sido antologado, y desde los noventa es especialmente imparable. Sí en los setenta: para los adultos; en la década de los ochenta se centró más en la literatura para la niñez y los jóvenes. Pero en los últimos más de veinte años, solo de narrativa o prosa hiperbreve para adultos (no hablemos de las definiciones, de los microtextos que no son de ficción…) he escrito quince o más libros, tantos que en el 2012 reuní doce libros en mi impreso y agotado Los 1111 pequeños cuentos del hombre que amaba contar. Que recuerde ahora mismo hay tres libros míos inéditos de hiperbrevedades. Espero que sorprendentes.

Y no, no es una antología; y empiezo a desear que alguien haga una antología de mi narrativa de microficción.

¿Por qué había estado ausente del panorama editorial de nuestro país durante este tiempo?

Se refiere usted a la ficción. Aunque en general resultaron muchos años, desde mi Antología Monólogos Teatrales Cubanos (Letras Cubanas, 1989) al 2011… Entre las graves dificultades económicas de la primera mitad de los años noventa en Cuba, y que sin dejar de escribir yo no me centré en las gestiones editoriales (aunque sí que publiqué porque me lo iban ofreciendo: Colombia, España, Egipto en los noventa…), y aunque algún intento hice por publicar, el tiempo pasó… En el 2011 se publicó en La Habana por la Editorial Adagio mi Cómo aprender a contar oralmente y a comunicarse mejor y en el 2013 La pasión de contarlo todo, prioritariamente para la enseñanza artística. Cualquiera de mis libros lo aprobaría allá cualquier Comité Editorial. Así que yo lo he intentado en firme con dos editoriales cubanas de ficción, de dos instituciones distintas de primer nivel (no con la Casa de las Américas, tan amada y en la que tuve responsabilidades por casi diez años, porque se especializa en autores latinoamericanos y caribeños y no en cubanos), y los dos libros han sido aprobados por un Comité Editorial (uno de los volúmenes por dos veces), los contratos han estado a punto de ser firmados y luego en los dos casos me han dejado sin respuesta. Las sigo esperando. “¿Por qué he estado ausente?” ¿Podría Usted por favor preguntar a los editores cubanos? Pues aunque en el 2006 –me referiré únicamente a los impresos– fueron editados dos libros míos en Argentina, en el 2010 uno en España, en el 2011 uno en Cuba de teoría y técnica de oralidad y comunicación, en el 2012 cuatro en España, en el 2013 uno en España y dos en Cuba contando Normales… por Ediciones Matanzas –en esa bellísima y perfilada edición que tanto valoro y reconozco y que Usted como editor tanto cuidó–, y en el 2014 dos en España, aún debo tener unos veinte libros inéditos de varios géneros.

¿Podría ofrecer algunos criterios de lo que usted considera específicamente que es este género?

Comencemos por lo terminológico. Considero que no es lo mismo cuento (prosa de ficción) que relato (prosa de ficción basada en una realidad ocurrida como tal), algo que aprendí en la Universidad de La Habana en los sesenta. Nadie negará la diferencia en cuanto a género entre Benedetti y Galeano. Por lo tanto yo suelo escribir (Normales… por ejemplo) microficción o microcuentos o cuentos hiperbreves… Sumar que no es lo mismo en extensión cuento, que cuento breve, que cuento hiperbreve (acepto lo de hasta 200 palabras), que cuento hiperhiperbreve (como he denominado a los de diez o doce o menos palabras, a los que también he llamado cuentos de hipermicroficción). Esto cuando los hiperhiperbreves que narran de algún modo se atienen a la estructura clásica del cuento total o parcialmente. Si no prefiero hablar de otro género, al que he nombrado: de la fugacidad narrativa.

He dicho, he escrito que los cuentos brevísimos, hallazgos dentro del género cuento, son fabulaciones o ficciones, narradoras (si se trata de la oralidad) o narrativas (si se trata de la literatura), de extrema síntesis que “metafóricamente” recrean la realidad. Esta recreación de la realidad la realizan los cuentos hiperbreves, como es lógico y como el cuento todo, desde la subjetividad. Desde los caminos, juegos y rejuegos de la imaginación. Siempre potenciando la intuición, aunque potenciándola de manera consciente en un equilibrio con la razón y el conocimiento. Realizan esta recreación de la realidad, atendiendo desde la sobriedad a las características y valores del arte: a la originalidad, el riesgo creador, la belleza, la propuesta, la sugerencia, la habilidad, la composición, la coherencia, la cohesión, la consistencia, y la trascendencia humana. Atendiendo, en suma, al poder creador artístico más que a la verdad respecto al posible punto de partida. Y es que un cuento brevísimo puede ser la transfiguración íntima y veloz de la verdad en belleza.

Sin embargo, como todo lo que es narrado, se narre oralmente o se narre por escrito, los cuentos brevísimos son “verdad” en el instante en que son compartidos desde la oralidad, o son “verdad” dentro y desde el ámbito de lo escrito. Los cuentos, todos los cuentos, si respetan su propia lógica interna, si respetan las relaciones internas sobre todo del argumento y de la estructura elegidos, al resultar verosímiles, son creíbles. No olvidemos que esta credibilidad de los cuentos hace que sean ciertos, que se constituyan en universo cuando son narrados oral o literariamente.

Todo esto hay que pedir, entre bastante más.

Hay ternura, inocencia, pero también sarcasmo, humor negro, algo grotesco quizás, ironía en Normales… ¿Una forma de buscar contrastes, de sacarle el máximo a las posibilidades expresivas de este tipo de textos?

Soy muy racional, sin dejar de lado sentimientos y sensaciones, intuiciones… Pero soy racional en extremo, nada visceral. Desde mí casi todo suele estar pensado y a veces muy pensado. No puedo sustraerme de expresar que en mi vida y relaciones cotidianas intento en mi oralidad no utilizar ni el sarcasmo ni la ironía. Y que eludo oralmente en la cotidianeidad tanto el humor negro como el grotesco… Tampoco es que el poeta que soy esté construyendo frases poéticas todo el tiempo. Soy muy de los pies en la tierra, muy directo, muy solidario, muy de tener conciencia del otro como interlocutor… La literatura ya sabemos es otra cosa.  Así que en efecto hay ternura, inocencia, amor y también sarcasmo, humor negro, ironía en Normales… Entre más, porque, aunque se conozca menos allá, yo hago humor escrito desde los años sesenta, y humor desde los escenarios desde los setenta, un humor para las carcajadas, la sonrisa y la sonrisa interior, cuidadosamente de buen gusto, inteligente, culto… a ratos también popular y delirante, sí sin concesiones al facilismo y a la grosería. Puedo afirmar que un humor que la gente recuerda por su ingenio y capacidad para sorprender y divertir, parte de cuyo mérito es de las fuentes.

Y Usted da en el blanco con su pregunta: me propuse los contrastes en Normales… el testimoniar posibilidades, el demostrarlas; el abordar algunos temas muy complejos a nivel humano. Un número elevado de los hiperbreves del libro son muy duros, muy críticos con las deformaciones del ser humano al nivel más individual (aunque también me propuse que el libro culminara de un modo confortante, que su aporte como totalidad fuera reconfortante).

Hace mucho percibí que si deseamos un ser humano mejor tenemos que construirlo desde que está en el vientre de la madre, y muchísimo en los primeros tres años de vida, y muchísimo en la niñez y adolescencias todas… y muchísimo desde la oralidad cotidiana ante todo y paulatinamente desde la escolar y la lectura, de donde parte de mi oralidad artística y de mi literatura, de mis acciones todas van dirigidas a influir para ello. Otra parte –trabajo más con adultos y jóvenes– está destinada a incidir en positivo sobre lo negativo que nos ha sido dejado por la sociedad a lo largo de nuestro desarrollo. No ganaremos la auténtica batalla por un ser humano mejor y por un mundo mejor si no la ganamos primero en lo moral, en lo ético, en lo sensible, en lo comunicador.

Normales los sobrevivientes porque sobrevivir es desde los tiempos de los tiempos una hazaña, sobrevivir no para la sobrevivencia sino para la vida, para estar genuinamente vivos. Vivos con amor. He escrito: El amor no es el gran perdedor.

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