Entrevista

Algo mejor que el silencio

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Conversación con Liliana Heker el  27 de marzo de 2008

Los cubanos te conocemos por tu libro Cuentos editado por Casa de las Américas. Pero me gustaría que te presentaras como quisieras…

En realidad ese libro que publicó Casa de las Américas reúne cuatro libros de cuentos míos, y es un poco un recorrido de vida, ya que el primero, Los que vieron la zarza, ganó acá en Cuba, cuando yo tenía veintitrés años la mención única del Concurso de Casa de las Américas. Reunía cuentos que yo había escrito entre los diecisiete y los veintidós años. Y el último libro, La crueldad de la vida, se publicó en el 2001.

En realidad mi origen como escritora pertenece a una época que ya es mítica en la literatura argentina: la década del sesenta. Y ese auge, esa gran politización, toda esa pasión de los jóvenes escritores tuvo mucho que ver con la Revolución Cubana. Mi generación es la que empieza a tomar conciencia política y comienza a descubrir la literatura cuando en Latinoamérica se ha hecho una revolución socialista. Yo creo que eso nos marcó para siempre. Parte de la pasión que nos constituye, de la convicción de que hay que jugarse por lo que uno cree, tuvo que ver con Cuba.

Yo tenía quince años cuando ocurrió,  y a los dieciséis descubrí una revista literaria, El grillo de papel, que fue desde entonces mi revista. La dirigía, entre otros, Abelardo Castillo, que era muy joven en esa época. Era una revista de izquierda, independiente, enseguida se pronunció por la Revolución Cubana. En esa época era una definición política pronunciarse a favor o en contra de la Revolución Cubana. Y tomaban a la literatura como una pasión. Me acuerdo de una frase que yo leí en el editorial del número uno de El grillo de papel, que fue definitiva para mí: “La literatura más que un medio de vida para nosotros es un modo de la vida”. Y ahí me integro, y formo parte de ese grupo y sobre todo tengo un maestro de narrativa como fue Abelardo, aun cuando era muy joven.

El grillo de papel, del que yo llegué a ser secretaria de redacción a los diecisiete años, finalmente es prohibida junto con otras publicaciones de izquierda a fines de 1960 y fundamos con Abelardo El escarabajo de Oro, sucesora de El grillo de papel. Estaba dirigida por Abelardo Castillo. Yo fui primero secretaria de redacción y después subdirectora. Salió hasta 1974, en esa revista además de publicar a los grandes escritores de Latinoamérica y Europa, y en particular de Argentina, se dio a conocer una excelente generación de narradores jóvenes. Los que constituimos la generación del 60, en la que estaba el propio Abelardo, Ricardo Piglia, Miguel Briante, Vicente Battista, es decir, una generación de muy buenos narradores. No se volvió a dar en la Argentina una generación tan precoz y yo creo que eso estaba motivado justamente por la efervescencia de esa época y también por la posibilidad de publicar.

La literatura más que un medio de vida para nosotros es un modo de la vida

Era un período en el que a los escritores jóvenes no nos resultaba difícil publicar nuestro primer libro, había muchas editoriales chicas que se jugaban por los escritores nuevos y también había muchas revistas literarias. Creo que es fundamental para los escritores jóvenes tener revistas literarias, donde den a conocer sus textos aun antes de haber publicado su primer libro, donde se pueda ejercer una crítica amplia, y donde puedan fijar su posición acerca de la literatura. Los jóvenes no tienen compromisos con lo que ya está establecido, pueden instalar esa nueva voz, hablar de las otras generaciones, rescatar lo rescatable, cuestionar lo cuestionable. Creo que esas revistas son en todos los países, en Cuba también, fundamentales. De algún modo, me “crié” en una revista literaria y buena parte de mi vida la pasé haciendo una revista, y eso no solo requiere trabajo intelectual, sino también trabajo físico. Con este físico que tengo agarraba dos paquetones y las distribuía por los kioscos. Las revistas independientes no tienen compromisos con los grandes medios y con las grandes editoriales. Realmente pueden ejercer una crítica libre, en cambio las revistas que ya están subvencionadas por una gran editorial, tienen compromiso con esa editorial.

Entre los colaboradores de El Escarabajo… estuvieron entre otros, Cortázar y  Fernández Retamar. Ayer, cuando me encontré con él, recordábamos que nos conocimos en el 61. Yo era una adolescente y él era un escritor joven, que estaba haciendo la revolución. Esa es la verdad.

El escarabajo de Oro dejó de salir en 1974 porque vino un primer golpe de hiper inflación en Argentina y ya con lo que recaudábamos de un número no podíamos pagar el papel del número siguiente. Pero en 1977, en plena dictadura militar, decidimos sacar otra revista porque la dictadura no solo mató a mansalva, instaló la muerte, sino que también quiso instalar una muerte cultural. Estábamos convencidos de que la censura no es infalible, que a veces lo peor que le puede pasar a un intelectual, a un escritor, es autocensurarse.

Sacamos El Ornitorrinco, le pusimos así porque en ese momento era un bicho raro. Las palabras que nosotros habíamos utilizado en los sesenta y principios de los setenta eran muy politizadas, estábamos acostumbrados a hablar de marxismo y proletariado, de burguesía. Yo me acuerdo que en el número dos de El Ornitorrinco, como había acabado de salir un libro mío, los integrantes de la revista me hacen una entrevista. Yo hablaba del proletariado y de la burguesía, y luego lo hablamos con Abelardo y vimos que, así como estaba, era una señal luminosa para la censura.  Entonces qué hice, cambié proletariado por trabajadores, y burguesía por clase media. El sentido era el mismo y el lector lo entendería perfectamente. Y por ahí la represión, lo notaba menos. No estaban demasiado preocupados por una revista que tiraba tres mil ejemplares. Era un lance que nos tirábamos, y por suerte, sobrevivimos y pudimos sacarla y cada vez fue teniendo más repercusión porque es cierto que nosotros teníamos que cuidar nuestras palabras, pero también la sensibilidad de los lectores estaba más aguzada. Podían entender perfectamente lo que decíamos y además en épocas como esas se valoriza el oficio de un escritor, del que sabe utilizar sus palabras en las épocas en que no se puede ser demasiado explícito. En tiempos de represión y de censura el oficio es un arma para un escritor. Por eso yo hablo con tanta pasión de las revistas literarias, porque un escritor, tal vez está años escribiendo una novela, un libro de cuentos, y requiere un largo trabajo y yo creo profundamente en ese trabajo. Pero en cambio, una revista, dialoga siempre con su presente, es de alguna manera, la militancia de un escritor. Las revistas creadas por los grupos de jóvenes, y que no tienen que rendirle cuentas a nadie, que instalan su verdad, su rebeldía, sus cuestionamientos, el rescate de ciertos escritores olvidados. Decir: “bueno, nosotros creemos que la literatura es esto, esta es nuestra convicción, esta es nuestra voz”. Eso de alguna manera es lo que hace o lo que puede hacer una revista literaria.

Hablas del compromiso del escritor con la sociedad y la literatura, de la postura del escritor, de escribir porque necesita hacerlo. Sin embargo, al final, necesitas insertarte en el mercado para compartir, pero creo que el escritor no debe pensar en el mercado mientras escribe.

Exactamente. Si el mercado se interesa por vos es cuestión del mercado, son sus intereses, y estos no deben ser los intereses de un escritor, es decir, un escritor escribe, y si tiene que estar años trabajando una novela, porque le da mucho trabajo y lo que quiere decir es algo complejo, no le va a importar que el mercado diga: “No; hay que publicar una novela por año”.  Eso va contra natura, no se escribe una novela por año, uno necesita un tiempo de gestación, y el lector también lo necesita. Ese bombardeo de libros que está ocurriendo en los países capitalistas, en Argentina está ocurriendo, y ya la gente está tan confundida porque las novelas, los cuentos, se han transformado en productos de consumo, no se sabe qué es bueno, qué es malo, solo importan la promoción y la venta. Si como escritor entras en eso, tus herramientas fundamentales, que son el pensamiento, la creatividad, la palabra, quedan degradada. Un escritor tiene que encontrar, buscar sus formas, trabajar su obra y no preocuparse por esas leyes del mercado.

Me gustaría que hablaras sobre la Liliana Heker mujer, el ser humano que se enfrenta ante la página en blanco. ¿A qué horas te levantas a trabajar…?

Soy más bien una escritora diurna, incluso cuando estoy muy embalada con algo que estoy escribiendo me encanta levantarme a las cinco, cinco y media de la mañana y escribir a esa hora. Soy muy desordenada para escribir, no soy de esos escritores que dicen yo escribo toda la mañana de ocho a doce, y en la tarde de dos a cuatro. Sinceramente no,  y no me estoy ponderando por eso. No sé si está bien o está mal. Por ejemplo, si estoy trabajando en la última parte de una novela, y estoy muy entusiasmada, y puedo escribir desde la madrugada hasta que las velas no arden, y hay otras épocas en que no escribo. A lo mejor estoy tratando de encontrar lo que quiero escribir. Cuando esos períodos se prolongan mucho me provocan una angustia considerable. No le tengo miedo ni me produce angustia la página en blanco, o la pantalla en blanco. Cuando estoy ante la página en blanco, o ante la pantalla, ya sé lo que quiero hacer. Lo que sí me produce angustia son los períodos en blanco. Mientras ocurren uno no sabe si se van a pasar o no.  Camino mucho mientras escribo, estoy escribiendo embalada y de pronto tengo que parar y camino, ya ves que soy muy movediza, estoy sentada hablando con vos, y sin embargo, me muevo. Yo creo que tengo la energía creadora asociada a una gran energía cinética. En mi caso necesito moverme.

bueno, nosotros creemos que la literatura es esto, esta es nuestra convicción, esta es nuestra voz

Escribía a máquina, era mi herramienta, casi una prolongación de mis manos, y desde 1992 escribo con la computadora. Lo hago a mano si estoy en un café, corrijo a mano, necesito imprimir y ver lo que escribí sobre el papel, pero en general, escribo en computadora porque soy muy desprolija y no me entiendo la letra. Corrijo muchísimo, hasta la manía. Yo sé difusamente qué quiero hacer, pero lo que sale está muy lejos de lo que quiero. Siempre digo que la primera versión de algo para mí es nada más que un mal necesario, lo necesito para seguir trabajando sobre eso, pero el verdadero acto creador es la corrección, ir trabajando, ir buscando poco a poco ese clima que uno percibió, ese efecto que uno quiere dar, uno lo va buscando, poco a poco lo va encontrando y eso exige mucha corrección, es un trabajo apasionante.

Si tuvieras que cuestionarle algo a Liliana Heker, ¿qué le cuestionarías?

A ver. Cuestionaría a veces la vagancia. Ya a esta altura convivo también con la vagancia. De cualquier manera el trabajo creador requiere del ocio. Hay un ocio creador que por lo menos en mi caso es absolutamente necesario, pero a veces ese ocio se extiende más de lo que yo desearía. Eso me lo cuestiono a mí misma, sin dudas.

 Nosotros los cubanos a la hora de leer, admiramos a muchos escritores argentinos. ¿Qué escritores cubanos se manejan en Argentina?

Sin duda, Alejo Carpentier ha sido uno de los grandes escritores latinoamericanos a todos los niveles, un clásico. Para mí El siglo de las luces ha sido una novela realmente de las más bellas que he leído. Novelas como El acoso, sus cuentos.

Lezama Lima también, debo decir que yo cuestioné muchas cosas de Paradiso, a mí Paradiso me resultó una novela excesivamente barroca, de cualquier manera reconozco al gran escritor, lo admiro profundamente más allá de Paradiso. Después bueno, poetas como Fernández Retamar, Cintio Vitier y Miguel Barnet.

A lo largo de nuestra conversación has dado consejos a los jóvenes, pero si tuvieras que enfatizar en alguno…

 En principio la pasión, si uno no tiene pasión por lo que hace no va a trabajar con las ganas con que hay que trabajar. Saber que para hacer literatura, se necesita una buena mezcla de humildad y arrogancia. De humildad, para saber que uno está escribiendo en un mundo donde ya escribió Cervantes, Shakespeare, Thomas Mann y Rulfo y en realidad el mundo de la literatura y el mundo, se arreglan perfectamente si uno no escribe, y ya está completo sin que uno escriba; y arrogancia para, pese a eso, decir, bueno hay algo que yo tengo para decir, y lo tengo que decir nada más que yo. Ahora esa arrogancia exige una gran exigencia. Si uno acepta entrar en ese mundo donde ya han escrito los grandes, tiene que dar algo que merezca ser leído por los otros, algo que sin duda sea mejor que el silencio.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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