Yo le había prestado Cartas de Martí a María Mantilla y ella me había dado el libro que recogía las cartas que Ethel y Julius Rosenberg se enviaron antes de morir en la silla eléctrica en los Estados Unidos. Y así cada una se quedó con el libro de la otra, con historias cuya fortaleza habría de poner cierta consistencia en las de nosotras.


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