Poemas de José León Díaz

EN LA ORILLA

 

sobran los años

sexos y genuflexiones conforman esta selva

como aplausos solazándose en la orilla, nosotros

mendigos próvidos de hastío.

 

Cada cual atruena con su nuevo discurso

el próximo disfraz: claridad y engendro

desvanecidos entre el silencio y el entusiasmo.

Ni vivos ni muertos, nos contemplamos

con suma curiosidad, prestos al divertimento

en espera de una sentencia.
Sobran los años, tantos

 

EL VERBO

 

nuestros brazos se confundían con el viento

con nuestra mirada el sol.

Del cielo, apenas el vientre acariciábamos.

Vueltas, creíamos rodar

pero nos detuvimos en los rompientes

ya no se ven las olas, aquellas

que agitábamos con nuestros brazos.

 

Ahora los pasos se congelan

lombrices del tiempo, fríos tumores

de la arena, y todavía ansiamos

que el sol se repita en nuestros ojos.

 

El verbo, entonces, nació de la espera.

 

 

LA ESPERA

 

quién nos dejó aquí

insectos bajo una piedra–

y nos ocultó el sendero.

Quién nos condena a cargar esta orilla

escapar desde el azul

hacia el azul, otra fábula.

 

Quién nos puso bajo la piedra

y nos hace girar

entre espejos y casuarinas.

¿La misión? Nuestra propia pisada

sobre el insecto.

 

 

 

RITUALES

 

estruja el día, su cabeza de tierra.

Corta los cabellos del alba

esas estrellas rezagadas. Estruja

corta, pero cuida los ritos, su tránsito.

No los tires al mar: puede

que otros nos obliguen a beberlos.

 

Nunca regreses el día, esa cabeza terrosa

cielo alto y degollado de un amanecer.

No quieras recibir tales espíritus

no son tus enemigos vencidos. Otros

pensarían que vas tragando universos

y sólo te dejarán escapar

con las alas mordidas.

 

No van a entender la ambivalente sangre que amanece

los irremediables pliegues en la luz.

Incomprensibles les parecen tus sacrificios,

cabezas terrosas pudriéndose a la vera

ojos del cuerno. Creen sólo en la historia, hasta

inventarían testigos.

 

 

 

LA FUGA

 

punzar hormigueros, desvelos y razones

del tajo la hondura, recuerdos

como leve cristal de la desmemoria.

Las palabras, otro vértigo: fuga

de los huesos, el deseo, los dolores

y de las fragancias, sólo el juego

un jardín al tacto, una voz

rasgando la piel. Punzar.

 

Sólo éramos dueños de esa fuga.

 

 

INOCENCIA DE LA DECREPITUD

 

varados en el borde, intuyendo

el mar donde se oculta el enorme disco de la mañana

varados, reteniendo cantos y atisbos

esos granos que escapan. Contar

contarlos en inútiles ceremonias sobre la tierra desnuda.

 

A alguno de nosotros se le ocurrió criar una rata, hasta un espacio demarcó en la arena para ella. La probabilidad de su rumbo era la apuesta. El juego, recuperar fragmentos de la misión olvidada, convertirlos en oráculos.

Otro dibujó un sol bajo el aguacero. No era algo muy original pero sí extraño entre tantos paraguas. Lástima que después muchos se conformaran calentándose con un sol de papel.

 

Triviales recuerdos cuando el agua nos ha tejido su prisión.

Inocencia de la decrepitud

todavía hay apetencias desafiando plateadas hebras

todavía nos habla un hambre ancestral.

Tañidos, húmedas campanas esparciendo inundaciones

en mi mente, donde otra jaula.

Somos ancianos de veinte años

decididos a esperar entre aullidos e insectos

nuevas hambres, no respuestas.

 

ellos discuten cada coma, cada tilde

yo sigo en el borde. Varados

aguardando el disco de la mañana

tragarlo como una píldora.

Con la paciencia del pescador, estamos

una araña va tejiendo la carnada.


Acerca del Autor

- Especialista en mercadotecnia y audiovisual, diseñador gráfico y productor ejecutivo. Ha trabajado en diseño de sitios web intenacionales y ha merecido premios en video y televisión.

Puede dejar un comentario, o trackback desde su propio sitio.