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Yunier Riquenes me pidió que leyera su novela La quietud y que me buscara ahí. Pensé que lo decía sólo porque en una de las primeras páginas escribió mi nombre y apellido. Pero no, en La quietud hay más de mí, más de lo que fue nuestro grupo en los años de universidad: aquellas historias que nos contamos hasta perder el sueño…La verdad, no creo que alguno de nosotros sospechara que Yunier estaba espiando para, años después, sacar a La Luz con esta novela.

Y digo La Luz, porque fue esta editorial la que publicó el libro, su primera experiencia con la novela después de una impresionante trayectoria en otros géneros literarios. Todos en el país han vuelto los ojos a esta casa editora que busca unir lo útil a lo agradable en cada una de sus producciones. Es así. Y La quietud es un libro bello, trabajado con sobriedad en la cubierta y el interior, demostrando que con los modestos recursos que se tiene en las provincias se puede llegar a un producto final, simplemente hermoso, que dignifique el talento de los escritores publicados.

Volviendo a las historias del libro: nos encontramos de frente con las realidades de la gente común, la gente de a pie que sigue viviendo en la Cuba profunda, los que no se rinden y buscan entre lo podrido una oportunidad para ser mejores. Regresa Yunier a los temas neurálgicos de su literatura: la pérdida, el dolor, la muerte, pero también la felicidad escondida en cualquier rincón, en la más pequeña sonrisa de un niño…la suerte. Y me preguntaba por qué la quietud es tan importante, debe ser porque esos instantes en los que no sucede nada, ni dentro ni fuera de nuestro ser, son los únicos en los que encontramos la paz… O quizás debería decir que son los momentos en que nos encontramos a nosotros mismos.

Emilio es un hombre al que se le han negado los más simples, pero más caros sueños. Todo lo que quiere, a todo lo que aspira es a lograr al menos uno: tener un hijo, porque sabe —o pretende saber— que lo demás escapa a su alcance. Y a su alrededor se tejen otras historias de infelicidades y sueños tan simples e inalcanzables que da dolor. Esa es la vida de la que nos rodeamos todos los días. Esas son las personas con las que vivimos: los alcohólicos, los jugadores clandestinos, los padres que perdieron a sus hijos y viceversa. Duele ver que la existencia de un ser humano —hombre o mujer— sea tan simple y tan dura, pero siempre hemos vivido así, tratando de ser lo ideal para los otros, prendiendo agradar, sobreviviendo a las normas y esperando por los demás. Bástenos un soplo de viento, un instante de silencio y de quietud para encontrarnos en nuestra alma que debe ser lo único que no nos pueden robar.

Otras veces he dicho que Yunier es un escritor que hace transacciones con la realidad, la tuerce un poco, la retoca y nos la da a beber y comer. Lo que no quiere decir que no encuentre las metáforas para hacernos soñar, volver sobre nuestro propio pasado o llorar.
La quietud es un libro menudo, de unas pocas páginas, fácil de leer, sobre todo porque Yunier ha encontrado el secreto de la prosa ágil, concreta, sin rebuscamientos lingüísticos ni pretensiones culteranas, pero con un ritmo y una transparencia que enamora. Quizás los lectores avezados no se detengan a reseñar un libro como este. Tal vez otros que quieran congraciarse con el escritor o con los profesionales que lograron el libro, hagan algunos halagos. Pero nosotros, los que respiramos y vivimos las historias con nuestros pechos unidos aquellos años que no dejarán nunca de ser el más grato recuerdo, sabremos de qué va esta novela y estaremos agradecidos de que esos cuentos que nos hicimos no mueran. Este es nuestro libro, de los que no nos detuvimos a valorar miserias y nos dimos el regalo de la amistad entre el hormigueo universitario. Esta es una de las tantas novelas que se podrían escribir con nuestras historias de vida. Gracias Yunier por darnos la oportunidad de salir al mundo. Los críticos que esperen, ahora La quietud es nuestra.

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