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La nada y el Premio literario

Jorge Ángel Hernández

Tres noticias importantes de entre las inconmensurables que genera la Feria del Libro de La Habana llaman a una nota de alarma y reflexión: la decisión de los diversos jurados de dejar desiertos los Premios Pensar a contracorriente, Alejo Carpentier de Cuento y Calendario de Teatro. En la práctica literaria cubana hay muy pocos elementos para que exista asociación entre estas decisiones; son hechos relativamente aislados que convergen en la preocupación común de que la calidad haya ido a pique en solo un año, o dos.

Si damos por válidas la percepciones expresadas por el prestigioso jurado de Pensar a contracorriente, ninguno de los 55 concursantes está al tanto de qué es un ensayo, cuáles son las normas incorporadas por la Real Academia de la Lengua española, ni posee capacidad de redacción y ortografía decente. Da la impresión de que se conjuraron los escolares menos aventajados para enviar sus escritos menos relevantes. Si aceptamos la percepción del Jurado del Premio Alejo Carpentier de Cuento, ninguno de los 25 concursantes fue capaz de terminar un libro con un nivel de calidad estable que dignifique al nombre que se ostenta, aunque muchos de ellos mostraran piezas valiosas y premiables. Da la impresión, ante esos argumentos, de que el apresuramiento de cara al cierre de la convocatoria, y la falta de concepción editorial en la conformación de los libros presentados, jugaron una mala pasada a los numerosos y reconocidos autores del género en esta Isla que se supone pudieron aspirar al galardón [1]. Si aceptamos, como es ineludible, la opinión del Jurado de Teatro del premio Calendario, la calidad ha brillado por su ausencia y ninguna de las obras en concurso llega al nivel del mérito del Premio. Y en este caso ocurre por segunda vez, aunque se presentara un número de obras aceptable en ambas ediciones para un concurso que limita la edad a 35 años, de acuerdo con las normas tradicionales de la Asociación Hermanos Saíz.

Como dato adicional que ratifica el síntoma, podemos atender a que el Jurado de Ensayo Alejo Carpentier manifestó en acta su preocupación por la escasa participación (cuatro obras solamente) aunque reivindicó la calidad indiscutible del ensayo premiado. Tras estos elementos, un denominador común fundamental parece estar ubicado en la gestión, comprendida no solo en cuanto a expandir la convocatoria para alcanzar las respuestas necesarias, sino además en el esfuerzo que cada uno de los organismos institucionales a cargo de los Premios debe realizar para contextualizar las características de las obras que se quieren premiar y las directrices a cumplir en el contexto literario actual. Los lectores de convocatorias extranjeras sabemos hasta qué punto se precisan detalles y especificaciones que dejan bien claro de qué va el concurso, tanto para autores como para jurados.

El síntoma de alarma de tres premios de tal rango desiertos no debe descargar sus consecuencias solo en la calidad de las obras presentadas (insisto en que esto supondría que el fallo del Jurado está libre de error), sino además, y sobre todo, en el trabajo institucional que concibe, piensa, planifica y se encarga del Premio, desde la preparación de su convocatoria hasta la difusión de las obras publicadas.

Si algo prestigia a los concursos literarios cubanos es el bajo nivel de cabildeo que pudiera deslizarse entre ellos, reducido casi a ciertas y muy escasas interpelaciones de personas que pierden el sentido de la ética ante el alumbramiento del deseo posible. No tenemos agentes ni instituciones que presionen a los miembros del Jurado para que se inclinen de una u otra forma. Jamás las he recibido en mi larga experiencia en estos menesteres. Jamás me han reprochado decisiones que a la postre se han revelado menos acertadas de lo que en su momento pensamos. Se ha respetado mi juicio y el de mis colegas. A veces, eso sí, he sentido la falta de una persona que nos ayude a canalizar el proceso de la decisión. Ha faltado, con demasiada sistematicidad, un ejercicio de coordinación que no solo cumpla la función de canalizar las posibles diferencias entre los integrantes del Jurado (los premios extranjeros todos tienen uno o más coordinadores con voz pero sin voto, además de especialistas y administrativos que actúan como facilitadores), sino también la precisión del interés de la institución que auspicia, y financia, el Premio.

No digo, para dejar claro y explícito mi criterio en este punto, que adoptemos de plano los métodos de esos concursos extranjeros, pues de ellos se sabe que caen con demasiada frecuencia en intereses de agentes y entidades que cabildean a favor de un mercado que todo lo depreda. Llamo solo a evitar los extremos contrarios que nos precipitan al peligro de vernos en la nada, o incluso en la responsabilidad gremial o de tendencia, que sí suelen incidir en algunas de nuestras premiaciones. En casos como estos que han generado hoy alarma en nuestro panorama literario, dramatúrgico y de pensamiento, la ausencia de una labor institucional previa al cierre de la convocatoria deja sus estragos. No es la única causa, desde luego, pero sí es la única que pude subsanarse de inmediato y con voluntad de la política cultural.

La historia de estos premios no debe conducirnos, sin embargo, a reaccionar con falsas alarmas asociadas al desastre, tan ajeno al espíritu de la política cultural de la Revolución cubana, capaz de llamar a salvar la cultura aun cuando nos vimos sin nada que comer. De ahí que la sugerencia de posponer los premios, o desaparecerlos, me parezca tan desacertada y ajena como la propia baja calidad de las obras a las cuales se alude en la argumentación del fallo. A Pensar a contracorriente, por ejemplo, se presentaban por cientos los ensayos, en épocas en que la labor de difusión y gestión respondía a cómo sistematizar sus intereses, y se otorgaban casi siempre las diez menciones límites a trabajos, que pueden ser consultados en los diferentes volúmenes publicados por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana, un sello de reconocida historia y calidad demostrada. Pero es imposible que se organice adecuadamente un certamen de pensamiento a contracorriente si apenas se conocen los posibles sectores de respuesta y, menos, si se acude a figuras que dan muestras de conformidad con las corrientes a las que pretende oponerse el  certamen.

Las cifras recibidas en el Alejo Carpentier, desde su misma creación, fueron sistemáticamente altas y han demostrado capacidad para reconocer obras de calidad que se salen por completo del canon que va estrechando el horizonte del cuento cubano. Asimismo, los concursos dedicados a los jóvenes, de los cuales he sido Jurado en varias ocasiones, suelen recibir cifras nada despreciables de trabajos con valores para obtener un premio, aunque es lógico que no sea elevado el número de piezas de alta calidad en determinados géneros que requieren más tiempo de vida y de investigación.

Es cierto que han descendido estos índices en los últimos tiempos. E incluso que el canon da síntomas de cierta estandarización en las temáticas, modos y estilos de la creación ensayística (demasiado permeada por la metodología académica), la narrativa (coqueteando un tanto superficialmente con los códigos de la industria global del libro), y la dramaturgia de los jóvenes (que no ha hallado caminos seguros para independizarse como espectáculo de sala de teatro, que si bien puede beber tanto del audiovisual y las tecnologías como de la narrativa, no ha de perder su independencia genérica). Si revisamos, por ejemplo, la página web del concurso de cuentos de la Editorial independiente española Páginas de espuma —para usar un ejemplo cuya información puede consultarse online en este mismo instante— hallamos que aspiran a ganarlo 26 libros de cuentos de cubanos, o sea, uno más que cuantos llegaron al Alejo Carpentier en esta edición. Como las bases de ambos descartan la posibilidad de que las obras coincidan, sumamos ya 51, lo que no es nada desdeñable para un certamen como el nuestro. Así, podríamos acumular varios ejemplos más que reforzarían el argumento de la falta de gestión y cuidado que a la decadencia y caída de todo el pensamiento a contracorriente, del cuento cubano y de la dramaturgia joven de la Isla.

Tres golondrinas pueden ser síntoma alarmante de verano, aun cuando tampoco lleguen al punto de anunciar un posible derrumbe del cielo. La recuperación de objetivos, de conjunto con actualizaciones de conceptos y llamados a una crítica que no siga cediendo a la autocomplacencia, pudieran ayudar a superar ese dolor de la nada en nuestros más importantes premios literarios, de pensamiento o dramaturgia, o incluso otros, si de pronto, y como ocurre en el giro pendular de la cultura, el virus se llegase a propagar.

 

Notas:
1. Rafael de Águila, en su artículo “Aproximaciones al cuento cubano hic et nunc” describe con exactitud y autocrítico humor este proceso. V. La letra del escriba Nº 144, Mayo-Junio de 2016; www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/index.html

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Poeta, narrador y ensayista cubano. Villa Clara, 1961. Colaborador de diversos medios de prensa. Dirigió la revista de cultura Umbral, de Villa Clara. Recibió la Distinción por la Cultura Nacional en 2004. Entre otros reconocimientos obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 1989 y 2005 (poesía), y 1984 (cuento); Premio Oriente “José Soler Puig” de novela, 2001; y el Premio Bolívar-Martí por el proyecto de ensayo Sentido intelectual en era de globalización mecánica, 2008.

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