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Para expresarnos mejor o ¿qué tiene Alpízar que sigue ahí?

Cuatro ediciones y una reimpresión han tenido Para expresarnos mejor desde que salió a la luz en el 1985. Una pregunta se hace necesaria entonces —y confieso que fue lo primero en lo que pensé cuando me dijeron «Tienes que editar el libro de Alpízar»—:

¿Por qué volver a editar este libro, si ya han pasado tres décadas?

¿Qué lo hace tan importante para que el lector moderno lo tenga en sus manos?

¿Por qué una obra como esta para homenajear el nonagésimo aniversario de la Academia Cubana de la Lengua?

En primer lugar, por la utilidad que representa tener delante un grupo de herramientas lingüísticas que nos permitan una mejor expresión en nuestra lengua, gracias a la correcta escritura, el buen uso del léxico y el dominio de las reglas gramaticales. De ahí que el libro toque en sus tres capítulos fundamentales ámbitos lingüísticos esenciales como la acentuación, la puntuación y el uso del gerundio, que aún hoy siguen siendo un problema para muchos. Y los tres son complementados con once apéndices en los que se analizan temas de interés en la actualidad; entre ellos la ambigüedad, la redundancia léxica, los problemas en el régimen preposicional en determinadas expresiones o en el uso de verbos, y otras problemáticas relacionadas con los medios de comunicación y su rol de modelo de lengua.

La segunda razón, algo que se destaca desde la nota de contracubierta: el libro no está pensado como recetario o divulgador de normas o leyes, sino como reflexiones personales de Alpízar en torno al mejor conocimiento de la lengua española. Es por ello que en esta nueva edición se han añadido sus comentarios y aclaraciones a partir de la Nueva ortografía de la lengua española, publicada en el año 2010. Muy fáciles de reconocer, pues desde el mismo diseño del libro se han destacado para que sea posible ubicarlos en el texto y sirvan como llamado de atención a los lectores. Por esta razón podrán encontrarse muchos recuadros y llamadas de «Observación», «Nota» y «Nota de 2016». Al mismo tiempo, esta nueva edición nos muestra la evolución del pensamiento de su autor en la valoración de algunas de las recomendaciones ortográficas dictadas por la Academia de la Lengua. Un ejemplo sería la «polémica» sobre la acentuación del adverbio solo.

En la edición anterior (2008) se alertaba sobre la posición ambigua de la Academia en este punto, al dejar la subjetividad como criterio para acentuar o no el adverbio, o sea, acentuarlo si quien escribe percibe «riesgo de ambigüedad», y se ejemplificaban los usos del acento diacrítico con el adverbio sólo (acentuado) y el adjetivo solo (no acentuado). En esta nueva edición, en consonancia con las nuevas recomendaciones ortográficas de la Academia, Alpízar plantea:

(…) solo nunca se acentúa gráficamente, tanto si es adverbio (equivalente a solamente), como si es adjetivo, de acuerdo con las reglas generales de la acentuación, por ser una palabra llana terminada en vocal. La edición de 2010 de la Ortografía académica, por fin, ha llegado a ese consenso. Por tanto, queda sin efecto la anterior recomendación de poner tilde si quien escribe considera que «puede haber confusión» en cuanto a su significado.

Por otro lado, siguiendo el propósito divulgativo de la obra, se ha evitado en lo posible el uso de tecnicismos lingüísticos, de manera que pueda ser leída y comprendida por todos, y además destaca el uso abundante de ejemplos, con la intención de mostrar a los lectores el uso correcto de la lengua, rectifico: el mejor modo para hacer entender nuestro discurso.

He ahí otro de los valores de Para expresarnos mejor: está dirigido a todos los públicos, especializados o no. Ya lo resume el doctor Max Figueroa en el prólogo a la primera edición:

(…) sin pretensiones ni pedantería, con una clara y constante intención educativa y popularizadora, se ha propuesto contribuir a la elevación de nuestra cultura idiomática en tres puntos claves: acento, puntuación y gerundio. Aunque su autor se dirige a todos sin excepción, y a todos sin duda ayudará, resulta evidente que los más beneficiados (porque serán los mayores beneficiadores) han de ser aquellos, que por su actividad social, operan como agentes difusores de la educación y la cultura, como modelos dignos de imitación lingüística por vastos sectores de nuestra población: los maestros de todos los niveles (y de todas las materias), los locutores y los periodistas, los actores, los funcionarios y dirigentes de cualquier nivel, los activistas sindicales y de organizaciones de masa, los cuadros de las organizaciones políticas y muchos otros compañeros que, oralmente o por escrito, tienen el privilegio y la obligación de educar, informar, entretener u orientar a sus conciudadanos.

A propósito del prólogo a la primera edición, Max Figueroa destaca en él ciertos «males» que afectan la correcta producción lingüística de los cubanos:

(…) se han venido observando tendencias tales como el desdén por las formas de tratamiento y cortesía (¡no solo lingüística!), por la pronunciación cuidadosa —que no es lo mismo que afectada— y, en general, por el uso correcto del lenguaje. Tales tendencias parecen haber prendido especialmente entre los adolescentes, pero en modo alguno podemos decir que se circunscriben a ellos. Ciertos usos lingüísticos periféricos (de grupos socialmente marginales), propios del lumpemproletariado y del ambiente delincuencial (…) parecen haber invadido a más vastos sectores populares, particularmente en la capital, en menor medida también en otras ciudades de importancia. La consecuencia es una lamentable confusión de lo popular con lo vulgar o, como se diría popularmente, «de la libertad con el libertinaje».

Eso fue hace treinta años. ¿Ha cambiado la situación? Creo que no. Aún es notable la pobre expresión de jóvenes y adultos, no solo en contextos familiares, sino en espacios públicos como salones de clases, la radio, la televisión, etc. Incluso en los medios de comunicación cada vez es más frecuente encontrar muestras de pobreza léxica, pronunciación descuidada (demasiado descuidada), errores ortográficos (a veces increíbles, inimaginables…) y gramaticales. Entonces, sí, libros como Para expresarnos mejor son imprescindibles, no importa el tiempo que haya pasado desde su primera edición.

Por tanto, me atrevo a hacer desde aquí una petición a investigadores y académicos, para que tengan un mayor empeño en la publicación de obras como esta, con el objetivo de contribuir a desarrollar la conciencia lingüística de nosotros los cubanos.

Escrito por Isamary Aldama Pando. Editora en Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

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