Orlando Concepción tierra adentro

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Orlando Concepción Pérez
Orlando Concepción Pérez

Gracias a blog Caracol de Agua del profesor, escritor y periodista Arnoldo Fernández Verdecia reproducimos hoy la última entrevista realizada al escritor Orlando Concepción.

Entrar a su círculo de íntimos no es fácil para el peregrino que no sabe nada de periodismo o literatura. Puede recibir una despedida formal, sin posibilidades de retorno. Mucho más difícil resulta regodearse con él sobre asuntos literarios o una evaluación de la historia cercana de la que se siente protagonista. Sin embargo, algunos cuervos de ocasión dicen que pretendió estar en todas partes y ser héroe sin haberlo sido, pero Orlando Concepción Pérez está por encima de las miserias y se sabe protagonista de los anales literarios e históricos de Contramaestre.

Con esas razones a cuestas me fui hasta su casa en la calle Guillermón Moncada y toqué a su puerta. Lo amenacé con una entrevista. Sonrió y dijo cuando quieras. Le entregué  las preguntas en un modesto formulario y esperé sus respuestas;  consciente de que es un icono para los que escogen el camino de Homero por estas aldeas, tierra adentro, donde Quijotes y Sanchos fundan ínsulas e imaginan como será la casa del futuro.  Tres días bastaron para legarnos unas respuestas, consideradas por muchos amigos,  su testamento íntimo y literario.

Arnoldo Fernández Verdecia: Escribir dignifica al hombre pero también lo prostituye. ¿Por qué optó por el  oficio de escritor?

OCP: Una pregunta poblada por afirmaciones contundentes saca un poco de paso al interlocutor. Parece que estoy obligado a nadar en la superficialidad de un lago, sin hacer uso de la zambullida. El verbo “dignificar” tiene alcance universal.

Cada hombre ha comenzado a escribir en circunstancias singulares, sólo medibles en un caso específico.

Arnoldo Fernández Verdecia: ¿Cómo explica su interés por la escritura a una edad tan temprana?

Orlando Concepción Pérez: ¿Quién dice que yo opté por el oficio de escribir? El oficio fue el que optó por mí. ¿Soy un escritor o un simple aficionado a la literatura? En un municipio de la geografía cubana no conozco a nadie que viva de lo que escribe, por muy bien, regular o mal que lo haga. Demasiada tela por donde cortar. El que escribe es un ser inconforme y receloso. Tengo un poco de ambos defectos. Ya me han publicado seis libros o casi libros.

Pienso, por un mar de razones, que fue el oficio de escritor el que optó por mí. ¿Soy cómplice? Es evidente, pero no lo creo un delito.

¿Optó por el oficio de escribir como una manera de comprometerse ideológicamente?.

Escribir por mandato es prostituirse; una de las formas de prostituirse, cobrar por escribir lo que me ordenen,  aunque esté en desacuerdo con ello, es vender mis ideas.

Arnoldo Fernández Verdecia: En Cuba vivir de la literatura es una quimera, sin embargo, muchas personas no pueden vivir sin ella. ¿Qué motivaciones tiene el ejercicio de la escritura si no hay móviles económicos detrás?

Orlando Concepción Pérez: Cada hombre se parece a su tiempo. Durante muchos años, posteriores a 1959, se convocaban concursos literarios con el apodo de “nacionales”. Todo lo que nacía y sigue naciendo en La Habana, le colocan el apodo de “nacional”.

Algunos de tales concursos carecían de premios en metálico, no tenían retribución económica, incluso, a veces, se eludía la entrega de un diploma de reconocimiento. Para tales concursos había que escribir cien o más cuartillas, páginas de papel bond, en triplicado o cuadruplicado.

Fueron muchas las primeras menciones no publicadas. Nunca hubo en los periódicos o revistas impresas en la titulada “capital del país”, páginas dedicadas a la valoración sistemática de los libros. En toda mi vida literaria, partamos de 1956, fecha en que me publicaron un mini ensayo dedicado a José Martí, sólo leí, respecto a mi trabajo, una crítica seria firmada por Basilia Papastamatíu. Si existían otros críticos,  guardaron silencio.

En aquellos dramáticos años, no pensé nunca que me pagarían mis trabajos literarios o periodísticos. Puede resultar no creíble la felicidad que me embargaba al ver publicado mi nombre en un cuento, en alguna de las tantas revistas y periódicos que existían.

Durante la larga noche de siete años, de la tiranía batistiana, escribí y publiqué mucha crónica social. Me hacía feliz que mis amigos pobres, de cualquier color de piel, pudieran leer sus nombres en letra de molde.

Esas motivaciones anímicas no tienen precio, al menos para mí.  Otros, tienen el derecho de pensar diferente.

Arnoldo Fernández Verdecia: ¿Qué piensa de la crítica en torno a su obra?

Orlando Concepción Pérez: De una manera u otra, vuelvo reiteradamente a la literatura. Recuerdo a quienes me ayudaron en mis inicios. Me complace ahora ayudar a quienes comienzan a sufrir escribiendo. La vida es un círculo vicioso. Se va y se vuelve. Sé que no puedo aspirar a vivir de la literatura. Afirmo que tampoco puedo vivir sin ella.

Si otras fueran las circunstancias reales de mi vida, quizás opinaría de una manera bien distinta. Ya cercano a los 80 años, no me hago ilusiones. Escribo por el placer de hacerlo. Si lo hago mal, regular o bien, son otros los que deben evaluarlo. Acepto criterios, aunque discrepe de ellos.

Los seis libros publicados son los que reclaman una mayor atención. Los tengo clasificados en tres de cuentos, de ellos, uno destinado a niños. El primero hizo su aparición en el segundo semestre del año 1977. Los otros tres, contienen poesías. Estos últimos, comenzaron a aparecer en público en el primer año del siglo XXI.

Estos seis, imagino, son los únicos que pueden servir de fuente para alguna crítica seria. De ellos, solamente he tenido oportunidad de leer un estudio crítico con la firma de Basilia Papastamatíu. Coincido con ella en su valoración. Los cuentos de mejor calidad se encuentran entre los que mezclan la realidad con la fantasía.

No soy de los que cree en la crítica literaria demasiado íntima. Si es toda laudatoria, resulta una pedantería. Si es totalmente negativa, pudiera resultar injusta en algún caso. Con la situación de inexistencia de crítica en la Cuba actual, veo como imposible poder algún día leer un buen análisis de alguno de mis libros publicados.

De los que navegan dispersos en varias editoriales de la nación todavía no he sido favorecido ni siquiera con una visión parcial y mucho menos una total de esos libros, que quizás no han cumplido con entero rigor los trámites en la entrega a la editorial.

Arnoldo Fernández Verdecia: Para muchos jóvenes de hoy escribir es una forma de ubicarse en un lugar privilegiado dentro de la sociedad letrada, pero su formación e influencias son muy malas. ¿A qué se debe el hecho de que en Cuba florezcan los escritores como la mala hierba?

Orlando Concepción Pérez: Carezco de la información salida de las investigaciones respecto a la cantidad física de escritores con que cuenta, no ya el país, ni siquiera uno de los nueve municipios de la provincia Santiago de Cuba.

Las encuestas (al igual que los debates) no gozan de buena salud por estos lares. No tengo idea de en cuáles basamentos estadísticos se inspira la afirmación de los escritores que florecen como mala hierba. Es un punto de vista. Lo respeto aunque no tenga elementos para compartirlo.

No tengo medidor de calidad para la sociedad letrada que me rodea. Si sus influencias son positivas o negativas, presumo que tiene un sólido génesis literario, que es de lo que estamos hablando.

Ni siquiera conozco los antecedentes pedagógicos de aquellos que tienen la obligación (porque viven de ello) de tratar de enseñar los mejores métodos, para que algún aspirante a escritor llegue a escribir mejor y, en ocasiones excepcionales, aún mejor.

Mi experiencia personal es que sólo escribiendo se aprende a escribir. Y leyendo más de lo que se escribe. De lo mal, regular o bien que hemos escrito a nadie podemos atribuir méritos o deméritos, excepto al autor. La literatura nunca ha ocupado un lugar privilegiado dentro de ninguna sociedad.
Puede una comunidad, grande o pequeña, ciudad o barrio, contar con un por ciento elevado de personas “letradas”, sin que ello signifique que tiene fuertes posibilidades de que surjan escritores con talento. Pienso que tales condicionamientos, son demasiado “condicionantes”.

Arnoldo Fernández Verdecia: Usted nunca se alejó del terruño a una capital provincial  o La Habana. ¿La variable geográfica conspira contra el autor?

Orlando Concepción Pérez: Quienes vivimos en una de las desatendidas comunidades del este oriental del país no sabemos el significado de la palabra “privilegio”. Quien se obstine en sufrir el oficio de escritor, en estos lares incapaces, se está labrando su propio infierno personal.

Es posible que llegue a cien años de edad, haya alcanzado cien premios, y tenga dos docenas de libros publicados, y la “añeja burguesía” que quizás ocupe el lugar de la “sociedad letrada”, al escuchar su nombre, pregunte: ”¿Quién es?”.

Arnoldo Fernández Verdecia: Escribir para Internet tiene sus encantos, pero también sus delirios. A veces se publican cosas muy buenas pero otras muy malas. La red de redes es una posibilidad; sin embargo, debe tenerse un ojo clínico para elegir. ¿Para usted cualquier cosa es publicable en Internet?

Orlando Concepción Pérez: Siento un profundo respeto cuando se me ofrece la oportunidad de escribir algo destinado a recorrer el planeta Tierra. Casi siempre, el que invita selecciona el tema. En mi caso, regularmente, tiene algo que ver con las cinco ramas artísticas, o asuntos cercanos a cualquiera de los temas relacionados con la cultura.

Ni para Internet, ni para apuntes caseros, “cualquier cosa es publicable”. Si la invitación la hace una página Web, el autor sabe que tiene que hilar fino. Su meditación –si ha sido meditada- estará expuesta a la consideración de todas las personas que habitan nuestro mundo, con el derecho a evaluar línea por línea.

La honestidad se pone a prueba mediante Internet. No tiene sentido esperar “encantos”. Desde el punto de vista literario se escribe lo mejor posible. Se tiene la esperanza de un día escribir aún mejor de lo que se puede.

Acceder a un blog desde Cuba es un premio. Quizás el trabajo sea merecedor del premio. Si lo que escribo me sale mal, sin profundizar mucho, no lo entrego y solicito se le aplique  el “ojo de buen cubero”.

Arnoldo Fernández Verdecia: Usted ha escrito mucho. Con casi 80 años por cumplir, ¿qué le señalaría al oficio de escribir en Orlando Concepción?

Orlando Concepción Pérez: No tengo la cuenta clara de la cantidad de libros que ya he escrito. La precaución de anotar, uno a uno, los títulos, géneros y años de terminación, han faltado en mi aprendizaje de organización. Se que algunos que me conocen no lo querrán creer, pero es la absoluta verdad.

A las más jóvenes generaciones de escritores les recomiendo que cada diez años actualicen sus currículum. No esperen a los 40, los 60 ni los 80, para dejar constancia de su quehacer en los diferentes géneros literarios como me ha sucedido a mí.

Arnoldo Fernández Verdecia: ¿Y sus textos en formación?

Orlando Concepción Pérez: Después de los 75, ya con pruebas sobradas de la ingratitud de los hombres, comencé a redactar en borrador dos libros necesarios en mi vida: Clandestino sin antifaz (1952-1958) y Oficio de villano (1963-1967). Muchos me sugirieron los escribiera como novelas para alejarlos de la verdad dura. Tomé la decisión de asumirlos como testimonios. Juro que sus cerca de cien páginas, en cada uno, están llenas de muchas verdades.

Esperan su turno los correspondientes al periodismo, los concursos y los libros. Quizás se amplíen a la misma dimensión. Espero que la vida me alcance para tanta ambición.

“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, dijo el más universal de los cubanos, José Martí. ¿Cómo le gustaría a Orlando Concepción que lo recordaran?

Orlando Concepción Pérez: La honestidad ha sido siempre una especie de tesoro y guía en mi actuación vital. Lo que más repudio es el robo. Cada ladrón, además de ser un antisocial sin retroceso posible, es un traidor en potencia. No tiene la honestidad de asumir su responsabilidad.

Entre 1961-1963 firmé cheques, de una empresa estatal, por un total de más de seiscientos millones de pesos y sigo viviendo, quizás muera, en la misma casita de madera, con cerca de un siglo de duración, que alquilé a principios de 1958.

He ocupado altas responsabilidades. No he cedido a la tentación de coger lo que no es de mi propiedad. ¿Eso es parte de cumplir bien la obra de la vida?

Soy un fervoroso martiano. Algunos corruptos han tenido la osadía de calificarme de “idiota”, por no haber usado una mínima parte de esos 600 millones, para resolver problemas personales. Confieso, parece que moriré siendo el mismo “idiota” que creen los corruptos.

¿Cómo me gustaría que me recordaran en las letras? Pienso que para recordar hay que conocer. Me gustaría que me conocieran en vida, y no solamente mis afines. Quizás si mis adversarios oficiales se acercarán un poco al pensamiento martiano, si abandonaran el odio (que Martí llamó estercolero), sería posible conocer qué ha sido la vida de un hombre.

Creo que todo ser humano, por malvado que sea, tiene más virtudes que defectos. Cuando alguien me hable sólo de los defectos de otro, ya lo conozco por dentro, es un manojo sin solución.

Quizás aquellos que algún día me recordarán más allá de la vida inviertan, una parte de su tiempo, en recopilar lo salvable de los diferentes géneros literarios que me han absorbido. Esa sería una forma de recordarme.

Pienso que de más de 60 años de incursión en el periodismo, salgan aunque sea cuarenta páginas, de esas que algunas ediciones territoriales han puesto como mínimo en un volumen, evaluando si tanto trabajo valió la pena.

Me gustaría ver resumido mi quehacer en Internet, tanto en sitios Web como en los blog. Si  no pudiera verlo, que lo vean mis descendientes.

He transitado por un número crecido de organizaciones e instituciones sociales de dos sistemas distintos. En cada cual di el máximo y no regateé esfuerzos para el prójimo. Esas facetas son desconocidas.

Te lanzo un reto. Tú formas parte de “esas letras”. Empieza a recopilar mis escritos.

Arnoldo Fernández Verdecia: Usted sufre el efecto de una enfermedad terminal, sin embargo,  escribe todos los días. ¿No ha escrito la obra que soñó? ¿O no le queda tiempo  para lo que tiene pensado escribir?

Orlando Concepción Pérez: Ya dije que el hábito de escribir me atrapó desde joven. Esa es una “enfermedad incurable”. Hace ya dos o tres años la Batalla de Ideas me asignó una computadora. Cada mañana, temprano, me siento a escribir. Por ejemplo, responder estas complejas preguntas, para tu entrevista, me ha requerido un buen espacio de tiempo.

No siempre me siento a escribir literatura. Hace tiempo no  escribo un cuento. La creación es un reto cotidiano. Nunca olvido las veces que Manuel Cofiño me trató de establecer una línea: “No te dejes distraer por todo lo que te rodea. Eres cuentista. Todos los días, debes escribir algo”. Cofiño lo hizo. Yo, no. Fui indisciplinado. Hoy lo lamento.

No he tenido como sueño una obra determinada. He escrito mucho testimonio, historia, algún ensayo, poemas, pero nada con aspiraciones de un libro. Tal vez no he puesto el ejemplo en la organización creadora que aconsejo a los jóvenes.

La enfermedad que me ha atrapado no me impide escribir. Me ha servido para comprender que debo tratar de poner en práctica los proyectos que debí comenzar a los 40 o los 60. Dicen que en la vida no hay segundas oportunidades, de esas de las cuales escribía el autor de “La Hora Venticinco”, esa novela inmortal.

Por mucho que lo he consultado con el doctor Rubiera, de meteorología, no he logrado ni siquiera una parte ínfima del tiempo que me queda, para todo lo que pudiera tener pensado hacer. Ojalá, sí. Y ojalá, también, que salga algo que merezca la aprobación de la crítica.

La muerte es una realidad en la vida de todo ser humano, por eso es bueno recordar aquella memorable frase de Leonardo da Vinci: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte.” ¿ Ha empleado bien su vida o aún le faltan cosas por hacer?

Pertenezco a una generación que escogió en su momento la única opción honesta y válida, la lucha armada contra quien se adueñó del poder por la fuerza. Los cobardes y vacilantes, se unieron a la lucha electoral del tirano o se quedaron en la cerca. Tenía entonces diecinueve años. Miles de jóvenes,  de todo el país, hicieron lo mismo. Nada tuvo de excepcional.

Lo curioso es que, dentro del proceso revolucionario, ahora tengo como furiosos adversarios a muchos, cuyos padres fueron batistianos, o se pasaron la guerra metidos debajo de la cama, o, tal vez, ellos mismos. Y esos ocupan cierta posición de poder.

Vaya, vaya. Participé en esa contienda, que me dejó muchos recuerdos. Y al finalizar la guerra de liberación, seguí al servicio de mi Patria. No pude siquiera intentar el estudio para elevar mi nivel de instrucción. No eran tiempos para ceremonias. Eso no me lo perdonan los enemigos de la Revolución.

Los bandidos al servicio de Estados Unidos sembraron el crimen y el terror en nuestras montañas. Luchar durante un mes contra ellos, es otro de los “delitos”, que mis enemigos enarbolan para nublar mi expediente. Ellos son incapaces de separar el bien del mal, porque nadan en aguas sucias.
Estoy convencido de que toda materia nace, se desarrolla y muere. Sin muchos conocimientos filosóficos –aunque me tocó impartir Filosofía y Economía Política-, en una escuela, entiendo perfectamente que detrás de cada vida hay un poco de muerte. Parece que Da Vinci enfrentó “una dulce muerte” antes de escribir su memorable frase.

Me preguntas ¿sí he empleado bien mi vida? Tengo un concepto definido de Patria. Por encima de ella no hay nada, aunque en alguna que otra constitución de la república se pueda mal entender que existe algo por encima de la Patria. La Patria la mantienen los pueblos, y por encima del pueblo no existe nada. Una sociedad tiene que ser “popular” (de pueblo) para ser sociedad. Si es privada o estatal y no popular, ya no es de pueblo, y pierde su condición de sociedad. En ese aspecto, creo haber usado bien mi vida.

Nunca he robado ni traicionado mis principios. He mostrado lealtad a todo aquello que lo merece, y no me arrepiento. Ahí he usado bien mi vida. He puesto en la picota a todos los elementos corruptos. Rechazo a aquellos que ponen precio a todo. Desprecio a quienes aplican en sus funciones oficiales el criterio de que son merecedores de todo lo que pueden sobornar y ser sobornados con las migajas de las divisas; los que navegan por esa ruta del dinero de la que tanto habla el periodista Reinaldo Taladrid. En eso, he dado un buen uso a mi vida.

En fin, pido un voto de confianza para que sea un colectivo de personas honradas, honestas, cívicas, patrióticas, leales, las que redacten sus conclusiones respeto a si he “cumplido bien la obra de la vida”.

Por mucho que uno haya hecho en el transcurso de su humilde existencia, siempre quedarán muchas cosas por hacer. Confieso que me quedan unas cuantas, entre ellas, luchar por dejar a mi familia un techo decente bajo el cual vivir cuando me llegue el final. Eso depende más de otra gente que de mí. Sé que existen personas decentes capaces de contribuir con  una solución justa a los más difíciles problemas”.

Arnoldo Fernández Verdecia: La mayoría de sus amigos, entre los que me incluyo, consideramos que un día habrá que hacerle una estatua en el parque Jesús Rabí, pues ha sido el único escritor serio y sistemático que ha dado Contramaestre. ¿Le gustaría que lo recordaran con un monumento?

Orlando Concepción Pérez: Rotundamente, no. Pienso que las estatuas deben estar reservadas solamente para aquellos patriotas que, durante una vida dedicada al bien público, hayan escalado hasta el reino de los cielos. No es mi caso. Los amigos siempre están llenos de las mejores intenciones, aunque a veces se dejan dominar por la pasión. Agradezco a ellos esa intención.

Recordar es una acción bella, cuando sale del alma y se expande desde el alma. Incluso, si sólo me recordaran dentro de cada año, en el mes de marzo, mes de mi nacimiento, el día 21, porque nací en una fecha igual; cada lunes, porque nací el segundo día de la semana, si pudiera sentirlo, sabría que alguien me recuerda.

La rotunda afirmación de que he sido “el único escritor serio y sistemático que ha dado Contramaestre”, me hace sentir en parte apenado. Lo de “serio”, quizás no me corresponde sólo a mí. En la segunda mitad del siglo XX, había un solo caballo literario y me monté en él. Con él traje para Contramaestre premios y menciones en muchos concursos. La falta de medios de divulgación tal vez impidió que se supiera por el público. Lo de “sistemático”, si, lo acepto.

Si por ejemplo mi amigo Arnoldo Fernández se echara el compromiso sobre sus hombros de recopilar lo que considere más perdurable de mis trabajos, sacara una colección de equis cuartillas, que vieran la luz editorial, esa sería una manera de recordarme. Si los historiadores hicieran lo mismo, al seleccionar un número determinado, entre las decenas de mis ponencias históricas; los ensayistas, idéntica acción con mis ensayos, por ejemplo, los dedicados a José Martí; si los narradores y poetas imitaran el gesto, y formaran un par de volúmenes de cuentos y de poemas, incluso los podrían clasificar por décimas, sonetos y versos libres, después, aunque la existencia no me hubiera alcanzado para verlo, pensaría que queda de mí un poco de vida. Muchas conferencias, sobre los más diversos temas, me han sido encomendadas. Están dispersas. Ninguna ha sido publicada. Eso está por hacer, y, quizás, no me alcance la vida para concretarlo. Nadie debe preocuparse por la estatua. Solamente recomiendo se de un cuidado mejor a las que existen.

Qué me gustaría poder ver, la “resurrección” del Centro Histórico de Contramaestre, al que he dedicado varias ponencias. Ver desaparecer los sitios que han sembrado vicios en el mismo. Escuchar a los que dirigen poder hablar del Centro Histórico, si aprenden cuál es el mismo.  Mucho me gustaría estar presente en los actos conmemorativos (si se celebran dichos actos) por el Centenario de la Fundación de Contramaestre, el 5 febrero del 2013.

En lo personal, me sería grato, si de alguna forma, en el 2011, se conmemorara el  aniversario 65 de mi inicio en el periodismo en 1946; los 55 años de mi primer ensayo dedicado a José Martí, el 28 de enero de 1956, publicado en la revista “Nosotros” de Santiago de Cuba, y el 40 aniversario del primer premio nacional, que traje para Contramaestre, en diciembre de 1961.

Esos detalles, que no pueblan las agendas de trabajo de muchos personajes, son latidos de honor para quien, con 14, 23 y 29 años, ya trabajaba para el prójimo. Detrás de aquellos “galardones” no existió lo que llaman “estímulo financiero”. Son mensajes de la dignidad, y la dignidad no se cotiza en ningún tipo de moneda ni billete.

Arnoldo Fernández Verdecia: Después de un estimulante café, saboreado en una complicidad espiritual, sólo me resta abrazarlo, y desearle salud para que termine los libros que andan en su cabeza.

Orlando Concepción Pérez: Tengo el vicio de andar rodeado siempre por jóvenes intelectuales. Los defiendo a capa y espada. Aunque no comparta algunas de sus razones, daría gustoso mi vida con tal de defender el derecho que tienen ellos y todos a expresar su pensamiento. En ese principio, todos me encontrarán, sin temor a las consecuencias.

Quienes me conocen de cerca y me honran con su presencia en mi humilde casa, tienen pruebas irrefutables de mi protocolar conducta. Los que no me conocen, nunca han tocado a la puerta de mi casa, pero hacen unos diagnósticos “macabros” respecto a mi persona.  Mi esposa y compañera de 30 años, Sonia, jamás le ha faltado el respeto a nadie, y se complace en brindar su café y atender a quienes acuden a nuestro materialmente derruido hogar de la calle Guillermón Moncada, devenida número 13, por desdicha histórica. Te doy las gracias por desearme la salud que tanto necesito. Ojalá sea posible cumplir el deseo para que termine los libros que aún no he escrito.

Si lo expresado, respecto al recuerdo, en esta entrevista fuera realizable, y nada existe que me indique que es imposible; voluntad y coraje sobran, pero no siempre son suficientes”.

(Contramaestre, 2 de octubre de 2010, 10:47 de la mañana. Falleció el 1 de noviembre de 2010 a las 5:25 de la tarde).

Publicada en el libro Orlando Concepción tierra adentro, Ediciones Santiago, Cuba, 2013, p. 23-35

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