La biografía de Juan Jacobo

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Juan Jacobo
Juan Jacobo

El narrador, ese personaje imprescindible, no es más que un escudriñador de la vida ajena, de la vida de otros personajes a los que cree más importantes que él mismo. El narrador hurga en el alma de sus similares y recrea para los que no lo somos la biografía de un texto, el pedazo de vida que luego leemos. De algún modo, todos hemos resultado ser narradores y personajes de nuestra existencia y de las ajenas, por eso uno de los principales aciertos estéticos de la novela de Alberto Acosta Juan Jacobo. Una biografía, es el uso magistral de un narrador omnisciente que nos lleva por los derroteros de los dos personajes principales, uno de ellos resulta ser también narrador de la historia nada más y nada menos que a través de un diario de adolescencia.

La vida misma, o más bien, dos fragmentos de vida que se unen y que convergen en una sola, es la sustancia que conforma esta historia que va de la mocedad de Juan Jacobo, hasta la adultez simultánea de su profesor Abel, personajes riquísimos ambos, y exquisitos en su solidez literaria. Juan Jacobo, es un joven de inteligencia deslumbrante, que se encuentra en pleno descubrimiento de su sexualidad, acontecimiento más que común en la existencia de cualquier persona de su edad, pero que en este caso resulta un problema, pues su contexto le obliga al ensimismamiento, al punto mismo del autorechazo. Abel, la otra cara de la moneda, es el hombre redescubriéndose, replanteándose aspectos de su vida que se había escondido a sí mismo y reafirmando otros en los que no transige. Ambos, Juan Jacobo y Abel, son la sustancia misma de esta novela de lectura escurridiza, que obliga a la reflexión y al análisis del pasado, de lo que somos como individuos sociales, y de lo que hemos sido como nación.

La cubanía, vista quizás desde aristas menos señaladas, es el trasfondo de este texto que alcanza proporciones universales por el conflicto que plantea. La realidad histórica de nuestro país a finales de los años ochenta sirve de base a una novela cuyo tópico puede resultarnos conocido, pero nunca lo suficientemente explorado. De hecho, esta obra juega con elementos típicos, con aquellos que todo el mundo conoce, utiliza recursos también explotados, sin embargo, lo hace con la gracia de quien luce de manera única, individual e independiente, un modelo que ya hemos visto muchas veces. Es que la narrativa cubana de los noventa exploró a plenitud modelos realistas aceptados en silencio unánimemente y sin vacilación. La forma de hacerlo de Alberto Acosta resulta revitalizante, quizás por los avatares que tuvo este texto antes de su salida a la luz.

La publicación de Juan Jacobo. Una biografía se agradece por lo necesaria que es la belleza en estos tiempos de crudeza, y porque una y la otra (belleza y crudeza) no tienen por qué estar divorciadas. De hecho, llevado a veces por una estética de lo feo, de lo sucio, fundamentalmente en paisajes que nos muestran La Habana oscura que tanto conocemos por múltiples obras cinematográficas, el autor nos deja ver al poeta que no deja de ser y que nos permite probar de su poesía pero es sólo eso, paladear. El verdadero éxtasis está en la depuración que logra en este producto artístico más allá de toda hibridación.

La cáscara de la Revolución, el homoerotismo, la literatura dentro de sí misma, son elementos que el autor explota para enamorar al lector, y lo consigue. La autonomía del personaje central, adolescente puro y desconocedor de su propia pureza, y de su profesor, ese Abel ambiguo en sus sentimientos pero claro en su proceder, nos conduce a pensar que somos juez y parte en la experiencia literaria que cada vez más (o menos) se parece a la vida.

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