Narrando en Uruguay

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Los conceptos que vertiré a continuación no pretenden ningún tipo de universalidad, responden únicamente a las motivaciones subjetivas de mis lecturas actuales. Por otra parte, estas, no son estáticas, ni los posibles hallazgos, definitivos. Todo está en proceso; la literatura es ese animal vivo, en constante movimiento, especie de creación moldeable y que nos moldea.

Trazar un breve panorama de la narrativa uruguaya es, en efecto, una cuestión utópica. En más de un siglo de producción nos encontramos con infinidad de autores, generaciones históricas y períodos literarios. Por razones de espacio no me es posible profundizar en esto, sí delimitar ciertos senderos incuestionables, referentes incapaces de pasar desapercibidos, y apariciones de relevancia en lo que refiere a narradores del hoy, siempre apoyado en lo subjetivo -repito- de mis lecturas, gustos y opiniones.

La narrativa fundacional de nuestro país, Uruguay, tiene entre sus figuras preponderantes, sin lugar a ningún tipo de dudas, a Eduardo Acevedo Díaz, quien publica en el tempranísimo 1886 la novela Brenda y dos años más tarde su emblemático Ismael, iniciando allí una enorme trayectoria literaria. En una esfera generacional algo posterior podemos incluir los nombres de Javier de Viana y Horacio Quiroga, si bien este último publica la mayor parte de su obra en Argentina.

Ya entrado el siglo XX, cobra fuerza la figura de los neo-naturalistas José Pedro Bellán, Juan José Morosoli, Francisco Espínola y Enrique Amorim, entre otros. Para estudiosos de gran rigurosidad como Hugo J. Verani, el gran quiebre coincide con la publicación de la novela El pozo (1939) de Juan Carlos Onetti, y la aparición casi simultánea de las obras más sustanciales de Felisberto Hernández, tal es el caso de Por los tiempos de Clemente Collin (1942) y Nadie encendía las lámparas (1947).

Estos dos autores, según Verani, [wpsm_tooltip text=”asumen una actitud de radical ruptura con la tradición nacional” gravity=”sw”]Hugo J. Verani, Narrativa uruguaya contemporánea: profundización y cambio literario. Universidad de California, 1991.[/wpsm_tooltip]. Podemos decir lo mismo de su coetáneo L.S. Garini, escritor muy particular que incursiona en una narrativa fantástica y absurda de difícil encasillamiento.

En una etapa posterior Armonía Somers, Mario Benedetti y José Pedro Díaz se alzan con notoriedad y, un poco más tardíamente Anderssen Banchero. Imposible dejar de lado la enorme labor escritural de los autores que copan la segunda mitad del siglo, en especial, a partir de la década del 70, como es el caso de Cristina Peri Rossi (publicando desde el exilio), Enrique Estrázulas, Mario Levrero y Eduardo Galeano.

Incluidos dentro de lo que se conoce como la Generación tardía (a partir de mediados de los 80), encontramos a Mario Delgado Aparaín, Rafael Courtoisie, Tomás de Mattos, Alberto Gallo, Milton Fornaro y Henry Trujillo, entre otros.

Este listado podría estirarse hacia el infinito, pero creo coherente abandonarlo de momento, con la esperanza de que las profundizaciones corran por cuenta de los curiosos lectores que, llegado el momento, puedan abordarlo.

NACIDOS EN LOS OCHENTA, NARRANDO HOY

La nómina podría ser inmensa pero he decidido centrarme en cinco narradores actuales, cuyas edades oscilan entre 27 y 32 años. Si bien todos ellos están inmersos en una sensibilidad común, propia de la época y el espacio que los envuelve, cada uno tiene sus particularidades. Espero que lo que sigue, sea para los lectores, al menos un punto de partida.

Leonardo de León

El multilaureado poeta Leonardo De León (Minas, 1983) publica en el año 2010 un volumen de cuentos titulado No vi la luna (Gran premio de narradores, Ediciones de la Banda Oriental). Dicha obra consta de seis cuentos donde se respira una violencia que parece operar sin una razón o causa precisa.

Uno de los grandes aciertos de De León se halla en la notable transmisión de la atmósfera interna de los personajes, la angustia y la culpa parecen pulular, y se hacen evidentes provocando un efecto espejo en lector que, seguramente, podrá ubicar en su vida y en su mente, sentimientos- situaciones que en algún momento gobernaron, más allá de una línea beninga o maligna en su naturaleza.

Hoski

Artista de gran visibilidad en la movida literaria montevideana, José Luis Gadea, más conocido como Hoski (Montevideo, 1988), presenta una narrativa de gran hondura filosófica enmarcada en escenarios -tal vez- poco propicios para la misma. El caso de Hacia Ítaca (Yaugurú, 2011), nouvelle galardonada con el primer premio de narrativa de La Casa de los Escritores 2010, es un claro ejemplo de esto.

La historia se desarrolla en un Ciber Café donde el protagonista acude para enviar un mail imposible a una chica que parece más imposible aún. La aparición inesperada dentro del local de diversas tribus urbanas otorgan su cuota de absurdo; mientras el protagonista batalla contra sus propias dudas congelado frente a un monitor, a sus espaldas se sucede un magnífico retrato social pos-dosmilero con agudas referencias literarias y un claro señalamiento a la era de la comunicación incomunicativa en la que nos encontramos inmersos.

Camilo Baráibar

En Camilo Baráibar (Montevideo, 1985) confluyen la justeza narrativa con el apasionamiento poético. En sus textos todo parece estar en su lugar, nada puede catalogarse como excesivo o desbordante. Un natural tono poético recorre su obra, en especial la novela Médanos (Trilce, 2008), donde además, el lenguaje guarda una fidelidad intensa con la realidad; pocos autores contemporáneos manejan con tanto acierto -tal vez Sebastián Pedrozo sea otro ejemplo- el vocabulario de los adolescentes, sus formas discursivas y los coloquialismos.

En los tres cuentos que componen Hay alguien más (Trópico Sur, 2013), Camilo hace gala de su efecto de concentración, reuniendo en la brevedad el sacudón, la embestida de una historia (tres en realidad) que queda resonando en nuestra mente.

Rodrigo Clavijo

De gran complejidad, la única novela publicada hasta el momento por Rodrigo Clavijo Forcade (Montevideo, 1988) Aunque digan lo contrario (Mención de honor en el Concurso de La Casa de los Escritores 2014) parece ser una exaltación del detalle. Cada objeto es descrito con una intensidad que lo perpetúa en el tiempo, cada ademán, cada visión de los paisajes, cada recuerdo que se presenta.

La historia pretende asomar entre los detalles, a veces es necesario volver sobre nuestros pasos, desenterrar, iluminar a través del retroceso para comprender el camino que se transita. El registro descriptivo de Clavijo es memorable. Justamente, la memoria, es otro de los puntos trabajados por el autor. La posibilidad de un recordar perfecto -al mejor estilo del “cronométrico Funes”- está emparentada con la profundización de una desdicha, la desdicha natural del hombre, atenuada, a veces, por ese reseteo necesario que conocemos como olvido.

Matías Mateus

Si hay una marca de estilo fácilmente reconocible en Matías Mateus (Montevideo, 1985), esta tiene que ver con la estructura. La fortaleza de su narrativa (y también de su poesía) está apoyada sobre el trabajoso anhelo de un estructuramiento previo que lo convierte, al autor, en una especie de arquitecto de la literatura. Cada pilar, cada columna o muro de su edificación cumple su justa función y se orienta hacia un proyecto macro, nutrido de diversas perspectivas que también son parte del ensamblaje.

Su novela Paraíso y después (Ediciones del rincón, 2014), simula la forma de un edificio, donde cada capítulo es un piso donde se van intercalando fragmentos de la historia. En ese ascenso inevitable, asistimos al fiel retrato del salvajismo y la deshumanización del hombre ante las ilusiones del poder. El aparentar, y el ansia de dominio sobre los otros actúa como una anulación de cualquier posibilidad de cultivo interior convirtiendo la vida moderna en un triste carnaval de la decadencia.

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