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Cortesía de:
La escritora Elaine Vilar Madruga de su libro La hembra alfa, Premio Pinos Nuevos, Letras Cubanas, 2013

Tenía la lista entre sus manos: una hoja de papel cubierta de nombres y apellidos, identidades que se esparcían por las páginas como manchones de peces. Cada nombre tenía un rostro que lo miraba con ojos inquisidores de animal. Cada rostro le hacía siempre las mismas preguntas: qué haces, qué me haces, por qué.

Pero esas, como tantas otras, no tenían una respuesta.

Era su trabajo sentarse frente a la página, los nombres y las caras, y comenzar a tacharlos uno a uno.

Su mano decidía quién se quedaba, quién se iba.

Escogía casi siempre al azar.

Sólo a veces por antipatías personales que había desarrollado inocentemente, cuando no le agradaba una letra, un apellido en particular, un rostro cubierto de granos o con demasiada barba.

Era su oficio ser un poco dios.

No lo había elegido, pero tampoco lo odiaba. Era una forma más de llevarse el pan a la boca, mientras sentía la corriente del poder fluir de sus manos y, como el diluvio de dios que todo alcanza y destruye, asimismo elegir un rostro y borrarlo.

Las listas eran muchas. Estaban aquellas de los condenados entre la vida y la muerte, postrados en la cama de un hospital, con la mordida de un Cangrejo que sembraba huevos en sus entrañas… Gente que suplicaba su ayuda. Gente que pedía a gritos, o en silencio, ser tachados, y que él seleccionaba con cuidado, sin provocar grandes oleadas de muerte y alivio. Estaban las listas de los suicidas, de aquellos que pedían permiso para pasar hacia el otro lado de la realidad, como niños con miedo a que se les niegue un dulce. Además del nombre y la foto, los suicidas escribían sus particulares motivos de elegir la muerte, escritos en párrafos cortos y firmados con letra tenue, y los propuestos métodos: que si la soga, la pistola, el salto… Pedían la muerte por su propia mano, sin otra intervención, porque les parecía que el tiempo de la vida era demasiado largo. Agotador. O ambas cosas a la vez. Él odiaba a esas listas. Las llamaba “las hojitas de mierda”, y sólo seleccionaba un rostro, dos si su día era bueno, y desechaba el resto como si tuviera los dedos cubiertos de cagarrutas. Elegía para ellos los métodos más crueles, las muertes más violentas, la soledad del último momento. No era piadoso. Odiaba a los suicidas.

Por último, estaban las listas que llegaban en sobres amarillos: no tenían destinatario y, por tanto, eran de gente que no pedían morir. Pero que, por supuesto, tendrían que hacerlo. Al menos, algunos de ellos… Llamaba a aquella última lista “traguito amargo”, y se demoraba siempre en ella, mirando los rostros, las edades, imaginando las historias de cada una de esa gente que estaba bajo su mano, cómo dejarían todo detrás, los hijos (si existían), el sexo, la comida, la necesidad de respirar, de discutir, de gritar y de reír. Sin embargo, escogía. Quince. Veinte nombres de personas que morirían aquella misma tarde bajo las gomas de un camión, por asma, de alergia a los mariscos, asesinados.

Él odiaba algunos de los métodos de trabajo. Pero no a su trabajo. Ignoraba quién le hacía llegar los sobres, pero cumplía su función con la certeza de que, a fin de mes, recibiría otro –esta vez rojo- con el pago, el pan nuestro de su cada día, y podría dormir finalmente sin los sobresaltos del hambre.

Aquella tarde, después de la jornada de borrones, esperó la llegada del sobre rojo con los billetes dentro. Nunca antes se había retrasado el pago, como tampoco el arribo de las listas de la muerte. Pero aquella tarde, el sobre rojo no llegó. Resignado, él marchó a su casa con una maldición en la boca, pero aún con esperanza.

Esperó también toda la jornada siguiente, y dos más.

En vano.

Al cuarto día, cuando la rutina de los borrones se le mezclaba con el mareo del hambre –sólo había comido un mendrugo de pan por la mañana-, llegó un sobre. Azul. Sin destinatario. No pertenecía a ninguna lista. No era el sobre rojo del pago. “Será una lista nueva”, pensó mientras lo abría.

Las letras eran grandes, como escritas para alguien sin vista:

PRESCINDIMOS DE SUS SERVICIOS.
UN SALUDO.

Nada más… sólo un billete de un peso. Le servía para correr hasta la esquina y comprarse un pedazo de pan. Comer, al menos, un poco. Matar el hambre.

Convirtió el sobre azul en un montoncito arrugado de papel, pero salvó el billete. Casi lloraba de rabia. Le habían quitado el poder y el trabajo en un mismo día. Sin motivos. Alguien que se creía Dios.

Cruzó la calle, con los ojos fijos en la vidriera que mostraba el pedazo de pan de ochenta centavos.

Pensaba en su ira.

Pensaba en su hambre.

Cuando escuchó el frenazo, no tuvo tiempo de nada más, pero lamentó no haber comido otra cosa que no fuera un pedazo de pan viejo.

Se preguntó quién borraría su nombre de la lista.

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