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Volver a la otrora patria

Estamos hechos de fragmentos de vida. Fragmentos que se pierden con las mudanzas, los cambios de estaciones y las muertes cercanas o lejanas. Con este consentimiento volví a la otrora patria de la Villa del Espíritu Santo. El sitio donde una fui feliz y vi marcharse a mis padres, mi hermana, a un sobrino y una casa con olor a madera del bosque.

Volver a Santi Spíritus es como encontrar palabras dispersas en un mar de libros. Dejaba atrás una ciudad semidestruida y llegaba a unas calles estrechas y limpias que veinte años atrás también eran estrechas, limpias y con un silencio acogedor.

Volví al café donde solía dejar monedas detrás de las cortinas para que otros pudieran saciar el hambre, la sed, el deseo de construir un mundo no exactamente mejor, pero sí diferente.

Entré a la vetusta biblioteca donde un ángel llamado Martha Picart me traía de La Habana los libros de Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Era un sistema que años después supe que se llamaba préstamos inter bibliotecarios. Poemas que a hurtadillas fotocopiaba en un artefacto que utilizaba amoniaco y luz fluorescente. Poemas que luego ponía en las mesas de La Ranchuelera.

Alguien recordó aquellos miércoles de Taller Literario que comenzaban a las cinco de la tarde y cuatro horas después todavía se leía y se discutía sin que la tinta llegara al río Yayabo. Vinieron a mi mente Maritza Martínez Valdivia y Mario Rodríguez Aragón (El Pucho) eternos coordinadores y conciliadores de las andanzas.

Con el dilecto Pedro Llanes recordábamos aquellos encuentros en que atravesábamos municipios y nos veíamos en bibliotecas municipales y nos creíamos los mejores poetas del mundo. Placetas, Morón, Cienfuegos, Trinidad…viajes nutricios y sonoros.

Ahora me veo en una casa a medio construir donde Sonia Díaz Corrales y Eric González Conde me reciben a cuerpo de rey y se ultiman detalles para la tertulia del Mono Rosa y que Alberto Sicilia y Rosa María también extendieran el mapa de la amistad.

La ciudad sigue generosa. Es la misma ciudad en la que Rigoberto Rodríguez Entenza memorizaba a don Aquiles Nazoa. Esbértido Rosendi Cancio y Pedro Mendigutía se convertían en los defensores de un gran olvidado llamado Fayad Jamís.

Aun se siente el limón que estalla en las tazas de té preparada por Celestina García Palmero en una casa brevísima pero profunda. Manuel Sosa canta en inglés o en ruso y Rubén Fernando Alonso intenta traducir la teología insular: una mezcla de san Agustín y Lezama Lima. La lentitud de Manuel González Busto detiene el tiempo de la provincia.

Eran los ochenta. Los furiosos ochenta. Finales. Liudmila Quincoses era una niña que soñaba con extraterrestres y su abuela maravillosa le regalaba gatos y rinocerontes. Mercy Ruiz y Aris Garit abrían las puertas de su casa como quien abre las puertas del cielo. Nos encontrábamos con Senel Paz o yo descubría un libro como Abrapalabra, de Luis Britto García a la par que Soleida Ríos recitaba con voz de santa Orégano, de Pablo Neruda. Eliseo Diego nos daba una lección de ética y poesía mientras Roberto Fernández Retamar nos leía un poema filial en un patio con olor a jazmín.

Regreso a la ciudad donde estuve 28 años. La otrora patria. Nombres que se entrecruzan. Gente que se ha ido. Gente que no volverá a no ser como materia del recuerdo. Todo fue como en una carrera de larga distancia en pos de la poesía definitiva. Todavía muchos trotamos.

No puedo sustraerme de volver a decir que estamos hechos de fragmentos de vida. Fragmentos que se pierden con las mudanzas, los cambios de estaciones y las muertes cercanas o lejanas.

Fue bueno volver. Sentir los abrazos y los poemas convertidos en canciones por la magia y la generosidad de Manuel Borroto.

Fue la ocasión para volver a leer una de mis rabias que titulé La casa del fabulador:

Una ciudad que no es el silencio ni la oreja de Sísifo ni el asombro de los músicos que ahora limpian el trombón de vara. Aquí estamos muchachos y celestes de paso por las piedras; hombres dejan sus ropas; hombres dejan sus mejillas.

La casa del fabulador tiene los horcones podridos, no hay árbol ni rueda para hacer los cuentos. Allí quedó la migaja o la cuerda. Uno tiene más de veinte años y regresa y regresa a buscar la piel de las rodillas y no está el trompo ni unos hombres que juegan al dominó, a ratos se topan y bailan con los instrumentos de viento.

Se han quedado, saben que el doble blanco es la suerte o el infarto. No es subir la montaña con la piedra y quedarse a ver cómo se acaba la ciudad. He suspendido el arco. Esa desazón de cruzar el aire y atravesar la pluma del pecho no es más que un alarde. Que no se atreva el diablo a lidiar con el rompevientos, no se pierde la calma de los difuntos, la misma mujer barre los patios y habla con los vecinos, son los vecinos de siempre con unas muertes, otros vástagos y vienen a la casa del fabulador a no creer que se pudre la madera, encuentran muy triste al niño, que no ha leído las noticias.

El padre lleva tiempo suicidándose, nadie se ahorca, nadie pasea el aire, nadie decide. Así el reloj no va a envejecer, así una paz interminable, así la casa del fabulador que espera unos ciclones y sólo ha llegado una finísima agua, preámbulo del gran susto de la costurera que se tapa los oídos y viene a curar los maleficios con unas hierbas.

Una luciérnaga trae su cabeza de polvo, los viejos dicen que es para enamorados, los novios no dicen y salen al patio a besar la piedra o la tranquera.

La muerte no ha llegado a estos contornos, cada niño tiene un azabache, huesitos en cruz para el mal de ojos. Abrecamino para el loco que pregona unos músicos altos y metálicos como un trombón y soplan toda la algarabía.

La gente baila, comen unas frituras que no saben los periódicos. Es la hora de los aparecidos, los que se ahorcan, los que saltan, los que se envenenan, los tienden rabiosos. ¡Ah! La infidelidad no diga, no digan la moral está en manos de los padres, en el filo de los parientes no digan no digan.

Por la mesa ruedan los dados, todo es posible, todo puede detenerse menos la tierra o el perfume. Cinco ases de un tiro tienen la propiedad de un doble blanco. No hay fabulador que se preste a la orgía de los pedazos, no hay resina como la que riega el hombre, no hay fogón que recuerde aquel cocimiento de muérdago que apacigua a los suicidas y ahora nadie sabe ni la hora ni la receta ni quienes van a suspenderse con peligro para el arquitrabe.

Algo se desboca en los círculos que dejó la piedra en el río. Trepan los muchachos por la cumbrera a empinar papalotes. Se mientan la gripe, la bizques. No saben que un día serán famosos o desconocidos en la ciudad que buscan y no encuentran no por la falta de puentes y el trébol de cuatro hojas. Es que se han perdidos los mapas, regalaron el astrolabio. Así la casa del fabulador en busca de un lugar, una fiebre, un abismo.

Es cierto. Estamos hechos de fragmentos de vida. Fragmentos que se pierden con las mudanzas, los cambios de estaciones y las muertes cercanas o lejanas. Con este consentimiento volví a la otrora patria de la Villa del Espíritu Santo y doy gracias por recuperar un poco de aire y de poesía.

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