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Cortesía de:
Rafael de Águila del libro Del otro lado, Editorial Letras Cubanas, Premio Alejo Carpentier, 2010.

Cuando llegué el viejo estaba meado y Beny no sabía cómo cambiar la sábana, cómo hacerlo con el viejo encima, el mal olor lo arremolinaba todo, una persona joven y sana no apestaría así, pero el abuelo es viejo y se muere, la muerte antes de joder el cuerpo, jode el alma, y apesta, la muerte apesta. Mira, le dije, levantamos al abuelo de este lado y sacamos la sábana del otro. Lo hicimos, la peste reptaba hasta el techo, después bajaba y se ponía a dar vueltas, vueltas y vueltas hasta las narices, todo eso antes de volver a reptar al techo y repetir el ciclo. Beny buscó una jaba de nylon y metió en ella la sábana, la peste quedó fuera, del piso al techo, reptando que era un asco. El viejo no se movió, quedó ahí, sobre la espalda, la respiración ruidosa, los estertores, la piel con aquel color raro, como de cera sucia. Beny quiso saber si yo traía perfume en la mochila. Claro, siempre. Suelta un poco, pidió. Lo hice, era un perfume caro, daba la impresión que tendría que vaciarlo todo allí, la peste se aferraba a la pared, era más fuerte la peste y metía también al perfume en una jaba, una jaba de nylon, lo metía y lo dejaba allí, al fin cedió algo y el aire fue ahora una mezcla de mierda, alcohol y Serpentiere Noir, así se llamaba el perfume, creo era francés, una mezcla rara. Pensé que no obstante todo lo caro, todo lo francés, no alcanzaría el perfume a desterrar la peste. Beny quiso saber si podría quedarme un rato con el viejo: sólo un momento, necesito llamar a la casa, comer algo. Claro, puedo quedarme, baja. Antes de irse me abrazó: oye, gracias. ¿Gracias por qué? Por venir. Tenía que venir. Me volvió a abrazar, me miró de un modo que podría haber ladeado el mundo. El viejo seguía con aquella respiración rara; un esfuerzo como si encima del pecho pesara el mundo, un ruido como si rasparan la piel del planeta con un hierro, una espátula, y esas gomas, llegaban desde un balón forrado de tela verde, y la aguja clavada en el brazo, el líquido amarillo goteando desde el pomo, me acerqué para saber qué demonios podría ser tan amarillo, un número, una fecha, una hora; se muere uno y es mera estadística, números, lo llenan de tubos, de números, hasta que no baste, entonces quitan los tubos y lo meten a uno en una caja, una caja gris, el amarillo es una mierda, el gris es todavía más mierda y siempre acaba venciendo, ciao, finito laburo, bye, au revoir, auf veidersehen, espérame en la eternidad. El viejo comenzó a murmurar algo, me acerqué, nombres, gente ya olvidada que regresa, aquelarre, comité de recepción. Eleuterio, Fernanda, Eduviges, Apolonia, eso murmuraba el viejo, nombres de otros viejos, muertos quién sabe cuándo. Llegó la enfermera, estuvo mirando algo en el pomo, la hora, el goteo, hurgó un rato para revisar el pulso. ¿Cómo está?, quise saber. ¿Eres de la familia? No, soy amiga del nieto. Se muere, no pasa de esta noche, dijo. Después se fue, contoneaba tanto las nalgas que no parecía estar en un hospital, yo nunca había logrado moverme así, lo había ensayado montones de veces, frente al espejo, en blúmer, desnuda, nada, nunca lograré moverme así, nunca, ni aunque me vista de enfermera. Beny regresó cuando cambiaban el pomo. ¿Cómo está?, ¿algo nuevo? Tuve la impresión de que esperaba un milagro, que el viejo se deshiciera de los tubos, pidiera un plato de tostones y puerco frito, que batiera palmas y volviera a casa. ¿Qué tiene tu abuelo? Cáncer, en los pulmones. La enfermera me advirtió que estaba mal. Lo sé. Que se muere esta noche, agregué. Beny quedó callado, sólo movió la cabeza de arriba a abajo, un rictus raro en los labios. A la muerte habría que forzarla a ser menos mierdera, se regresa a la casa, por ejemplo, y ahí, en la puerta, se recibe las buenas noches: hola, soy la muerte, uno se sorprende pero lo asume, sin aspavientos, la muerte que nada personal: sólo cumplo órdenes, ya, dice uno, esa es la vida, cumplir órdenes, ¿nos vamos?, uno desea unos minutos para despedirse de todos, hacer algunas llamadas, romper ciertos papeles que no vale que el resto lea, se pide a la muerte un gesto de buena voluntad, de caballero, se promete regresar, la muerte sabe que no hay salida y consiente, uno hace todo eso y al fin sale, la muerte se regocija de verlo de vuelta, no tener que perder orgullo y compostura rastreando debajo de alguna cama, estoy a sus órdenes, pues nos vamos, son las órdenes de la muerte, salen todos a decir adiós y la muerte ni empuja ni pone hierros a las manos, se va uno con ellas en los bolsillos, y en la esquina, sin falta, se vuelve para decir adiós. Así podría ser de idílico, de sencillo, no de esta otra manera, en cama de hospital, meado, el hule descolorido, la peste que repta hasta el techo, que de rebote regresa al suelo, tubos en los brazos, en la nariz, tubos y el aire que no llega, tubos y el líquido amarillo, tubos y la caja gris, aguardando, una mierda la muerte. Beny acercó la silla: te voy a contar algo, pero no puedes decirlo, a nadie, fíjate, es serio, a nadie. ¿Qué pasa? Beny mira a todos lados: hace una semana mi abuelo estaba consciente, todavía no tenía el oxígeno, todavía hablaba. Sí, le dije, se van deteriorando, ahora está muy mal. Beny movió la cabeza a todos lados y siguió: mi abuelo fue policía, de Batista. Miré al viejo, vaya tipo que había sido el abuelo, policía de Batista. Me contó que una vez, en octubre del 58… , oye, no puedes contarle nunca a nadie, prométemelo. Asentí. En octubre del 58… mi abuelo… mató a uno. Lo soltó y se me quedó mirando, yo tragué en seco, otra mirada al viejo que sobre la cama seguía esforzándose por arrancar un poco de aire al mundo. Mató a uno, repetí. Beny que sólo había matado a uno. La peste rebotaba y rebotaba y el viejo había matado a uno. Sólo a uno. Lo estaban torturando, no hablaba, entonces dijeron que había que matarlo. ¿Quién lo dijo? No sé, los jefes. ¿Tu abuelo lo torturó? No, nunca torturó a nadie, nunca volvió a matar, fue sólo una vez. El viejo tenía cáncer y apestaba y también había matado a uno. Sólo una vez. Beny se inclinó en el asiento: mandaron a un tipo a matarlo, mi abuelo fue con él, nunca lo mandaban a esas porquerías, sabían que él no era de esos, pero él fue, sin que lo mandaran, bajaron a un sótano y mi abuelo le pidió al otro que lo dejara matarlo. Miré al viejo que clamaba por más muertos: Anacleta, Gumersindo, Eleuterio. El viejo no era de esos, pero había pedido matarlo. Quise levantarme, darle con un hierro, duro, en la cabeza, el viejo seguía moviendo los labios, zarandeando el saco con todos los muertos dentro. Mi abuelo me lo contó aquí mismo, lloraba y me pedía perdón. ¿Te pedía perdón?, ¿a ti? Sí, y lloró, como un niño, hubo que inyectarlo para que se durmiera. ¿Y no habrá estado… no sé, alucinando, así como ahora? No, estaba bien entonces. Y..,¿quién fue el pobre tipo que mataron? No sé, no me dijo. Quise saber por qué después del 59 no habían juzgado al abuelo. El otro policía murió y nadie supo que mi abuelo había bajado al sótano, la orden se la dieron a otro, a mi abuelo nunca lo molestaron. Aquello parecía estar tan lejos, del otro lado, pero el abuelo estaba ahí, sobre la cama, el abuelo meado, de este lado, el abuelo como una elongación del tiempo, el abuelo entrando en aquella celda, el olor a sangre, a orine, la peste que repta del piso al techo, del techo al piso, dos tipos con pistolas. ¿Qué tú crees?, preguntó. Lo miré, miré al viejo que encontraba cada vez menos oxígeno allá en su cama. No sé, es tu abuelo, por encima de todo es tu abuelo. Logré decir aquello y Beny asintió: claro, es mi abuelo, por eso te pregunto. La peste no me dejaría mentir, si uno miente la peste puede hacer cualquier locura. Cualquiera. Pero era su abuelo. ¿Crees que haya que decirlo a alguien? ¿A quién? No sé, a alguien. Es tu abuelo, y se está muriendo, me lo dijo la enfermera. ¿Y qué hago? Nada, si fuéramos religiosos rezaríamos un poco, todavía me acuerdo de rezar, si quieres lo hago. No sabía. ¿Que? Que fueras religiosa. Creí en Dios casi hasta la adolescencia. ¿Y qué pasó? Lo que pasa siempre; Dios se fue. Beny miró al viejo: no, rezar no sirve, en todo caso habría que rezar para que se muera rápido y sufra menos. Dios siempre se va, pensé, Dios nunca se queda a oler la peste. A Dios no le agrada oler pestes. Supón que me lo hubiera confesado en la casa, sano, ¿qué debería haber hecho yo? Dios no estaba y yo no sabía qué responder. Y no me gustaba nada suponer. ¿El tiempo hace que dejen de importar los delitos, las mierdas? Era una pregunta llena de espinas, largas, enormes, las puntas muy filosas. Beny, yo creo que lo único que importa es que ese viejo que se muere ahí, en esa cama, es tu abuelo, eso es lo que importa, tu abuelo. La enfermera regresó con una jeringuilla, las nalgas del viejo estaban azules de tanta aguja. ¿Por qué lo mató?, ¿te dijo? Beny asintió: él veía que algunos mataban, quiso saber qué se sentía. El viejo tenía dentro más orine que sangre, el corazón bombeaba y bombeaba, el corazón y la peste, el corazón y Dios que se escondía, que no estaba. Miré el hule, el viejo no había vuelto a mearse, el viejo no era un nazi, pero había matado a uno, por curiosidad, era un asco. ¿Y te dijo lo que sintió? Beny suspiró: no, eso no me lo contó, que había vivido toda la vida con esa mierda dentro, que muchas veces había querido confesarlo todo, toda la vida le jodió eso. Yo había incurrido en algunas porquerías por curiosidad, porquerías menores, jamás se me había ocurrido matar a nadie, había que ser muy curioso para eso, malsanamente curioso. Dime la verdad, insistió Beny, ¿es un asesino, verdad? La mierda no me dejó mentir y asentí. Quedamos un rato callados, yo quería imaginar la escena en aquel sótano, ir del otro lado, pero no llegaba; no llega uno a todo el horror, no llega uno, Beny se fue a la ventana, después regresó, los ojos muy rojos, las orejas de un escarlata subido. Quedamos otra vez en silencio, le tomé las manos y parecía tener lava correteándole dentro, nos fuimos a la ventana, salimos al balcón, lo besé, rápido, en los labios, hacía dos meses que habíamos dejado de ser novios, él me abrazó con fuerza. El llanto caliente, lava fuera del cuerpo, Dios no estaba y yo lo dejé llorar, qué sé yo, uno debería rechazar menos el llanto, tomarlo como una terapia, fabricar salas para llanto cada diez cuadras, seríamos la única ciudad en el mundo con tales sitios, los turistas nos visitarían para venir a llorar una quincena, una semana, paquetes turísticos de llanto, habrían salas para turistas y para nacionales, como ahora todo acá, y las de turistas serían especiales, aire acondicionado y música dolby sistem, habitaciones privadas para llorar con room service y pernod ricard, todo un negocio. Beny se calmó: ¿tú crees que se muera esta noche? Le dije que estaba segura. Beny sacó un pañuelo y se limpió la cara, la nariz. ¿Por qué no bajamos a tomar algo? ¿Y el viejo?, quise saber. Es sólo un rato, bajamos, tomamos algo bien frío, el abuelo ni se mueve, no va a pasar nada. Bajamos, cruzamos la calle, pedimos unas maltas, estaban frías y Beny se reanimó. Gracias, Yani. ¿Por qué? Por estar aquí, conmigo. Es lo menos que puedo hacer, quisiera hacer más pero no sé. No se puede hacer más, aseguró Beny. No, pensé, nadie puede, Dios podría, pero no está, nunca está. Dios podría hacer regresar el tiempo, enrollarlo como se hace con un carretel de hilo, años y años hasta el 58, remover al abuelo, darle con un palo para que no baje a aquel sótano, pero Dios no suele hacer eso. El 58 está allá, nosotros aquí, y Dios quién sabe dónde. No, no se puede, admití, pero algo sí se puede. ¿Qué? ¿Te gustaría que volviéramos? ¿Adónde? Tú y yo, volver, estar juntos. Él me tomó las manos: sí, quiero. Yo también quiero, y eso sí se puede. Eché la cabeza hacia delante y lo besé, como allá en el hospital, en los labios, pero menos rápido. No me importó que no estuviera Dios. Para besar no hace falta Dios. Y lo volví a besar. Estoy preocupado, ¿por qué no volvemos? Regresamos, de la mano, Beny estaba preocupado por el abuelo, un viejo meado que cincuenta años antes había matado a uno, en un sótano. Pero sólo había matado a uno. El elevador se demoró bastante, frente a la cama habían puesto un biombo, corrimos. ¿Qué pasa? Se está haciendo lo imposible, aseguraron. Al menos el viejo no se moría en un sótano oscuro, húmedo, dos tiros en la cabeza. Todavía lucharon un poco detrás del biombo, un médico salió, le palmeó a Beny dos veces el hombro, repitió que habían hecho lo imposible, se fueron todos, detrás del biombo quedó la enfermera, el abuelo desnudo, muy flaco, el sexo pequeño, ahora ya no había peste. La enfermera me miró: ¿quieren que los deje un momento con él? Beny dijo que no y la enfermera tapó el cuerpo con una sábana. La sábana era verde y estaba bastante descolorida. Bueno, llamé para que se lo lleven. Nos hicimos a un lado, ella retiró el biombo, llegó una camilla vieja, oxidada, el tipo de la camilla y Beny cargaron el cuerpo, los muertos pesan, aunque estén flacos pesan, las mierdas pesan, y los sótanos, y los tiros, después el tipo empujó la camilla por el pasillo, un día van a llevarme así por un pasillo, una camilla igual de vieja y oxidada, un empleado igual de vulgar, y las ganas de llorar, por mí, por el abuelo, por Beny, por el muchacho allá en el sótano, por Beny que caminaba a un lado, una mano sobre la camilla, yo del otro, la enfermera delante, el contoneo de caderas que yo ni en sueños. Llegamos al elevador, Beny miraba el bulto sobre la camilla, yo le tomé la mano, se la apreté. Duro. Hay que recoger las cosas allá en la sala, avisó. Regresamos, lo metimos todo en jabas, alguien había hecho eso con Dios, lo había metido en una jaba. De nylon. ¿No se queda algo?, pregunté. Desde las jabas el hedor inundaba el aire, del piso al techo y del pecho al piso, el viejo estaba muerto pero la peste era muy terca y seguía molestando. En el lobby dijo que tenía que llamar a la casa. Lo dejé que fuera solo, y fueron hebras y hebras de hilo, y fueron las paredes sin pintura, las paredes de puro cemento, el pasillo lúgubre, húmedo, las rejas, los gritos, el olor a sangre, a orine, dos hombres que caminan por el pasillo, dos hombres que llegan frente a una reja, el manojo de llaves, el hierro que cruje, chirrea, entran, los dos hombres entran, también yo, les grito y ellos ahí, a cincuenta años y ahí, la celda tan oscura que no logro ver algo, tengo que esperar a que los ojos, a que la costumbre, a que en el suelo un bulto, uno de los hombres lo patea, una, dos veces, el ruido seco, como de golpe sobre saco: este ya ni siente ni padece, le vamos a hacer un favor, oye, que no dijo ni donde vivía el pipisigallo, y yo que pensé que iba a cantar más que el Bárbaro del Ritmo, lo volvió a patear. Déjame a mí, pidió el otro. A ti, ¿qué? Quiero hacerlo. ¿Hacer qué? Eso, tirarle. ¿Tú?, no jodas, Benito, si tú nunca has matado ni una mosca. Déjame, quiero saber qué se siente. El otro lo mira, con sorna, se ríe: carajo, Benito, ¿qué bicho te picó?, bueno, compadre, por una vez se empieza, mátalo si te da la gana, pero apunta bien, a la cabeza. El otro saca el colt, hay poca luz, dice. Para joder a este no hace falta tanta luz, tírale y ya, sepárate un poco, así, para que no te salpique la sangre, la cabeza explota que es un siquitraque. Yo grito, no dejo de gritar, grito y me separo, tampoco quiero que me salpique la sangre. Estás temblando, carajo, a ver si fallas, tírale de una vez, coño, si ya está casi muerto el gallito, le vas a hacer un favor, pero que le dé, coño, no vaya a ser que la bala rebote y se nos arme aquí la de San Quintín. El otro aprieta el gatillo, el ruido repta por las paredes, del piso al techo, del techo al piso, con mayor alevosía que el orine. Tírale otra vez, para asegurar, no vaya a ser….Otra vez el ruido que rebota, repta, apesta, lo llena todo, del 58 acá un fárrago, un eco, un caos que me agarra de los pies, me alza, me hunde, en aquel sótano, en el lobby del hospital, del otro lado, de este, dentro de la jaba yo, dentro de la jaba Dios, y yo que lo increpo, Dios y sordos los cuerpos, sobre la pared sangre, ya este pasó a mejor vida, chao, valiente. Escupieron, regresaron al pasillo, el otro canturreando un mambo, un aire de moda de Pérez Prado, Benito detrás, la cabeza gacha, el revólver todavía en la mano, la mano que es un temblor, dos temblores, y en la jaba Dios, lo mataste, Beny, te graduaste, carajo, te mereces un trago bien fuerte, nada de Canada Dry, esa mierda que tú tomas, una buena caña, coño, eso es lo que hace falta, de la buena. Hebras y hebras de hilo y de este lado Beny cuelga el teléfono, tenemos que esperar, mi papá viene, del otro lado la sangre, del otro lado la humedad, del otro lado los tiros, del piso al techo y del techo al piso, las paredes de puro cemento. ¿Ahora qué pasa? Ahora nosotros nos vamos a tomar una caña. No, con él, ¿qué pasa? Ah, ¿con ese?, ahora ese se va a poner tieso como carajo y no va a tomar más cañas. Benito que sube los escalones, el revólver todavía en la mano, las piernas que se le doblan, la respiración en un salto, y Dios ahí, en la jaba, y las manos, del otro lado, mierderas, alevosas, las manos, siguen temblando las manos.

 

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